martes, 12 de agosto de 2014

La Semana Grande y el helado




Yo tendría más o menos ocho años y del mundo sabía lo justo y necesario para esa edad, que la vida podía ser terriblemente injusta y deliciosamente agradable a la vez. Y en ese tema los helados forman parte importante de mi recuerdo. Comer pollo los domingos ya suponía un privilegio y si de postre había helado, entonces no se podía pedir más a la vida.

El helado, aquel lujo con el que soñaba toda la semana. Como no existían frigoríficos con congelador para degustar tal exquisitez no quedaba más remedio que recurrir a la inmediatez de la compra. En San Sebastián, en el barrio de Gros, existía un establecimiento que me fascinaba; una horchatería/heladería que abría únicamente de primavera a otoño y cuyos productos me gustaban más que nada en el mundo. “Heladería Española” era su nombre. Sucumbió al cansancio y al asalto de los helados industriales hace ya algunos años.

El domingo, si los vientos soplaban favorables, de postre había helado. Un helado que llegaba a domicilio, en un termo del abuelo del poliespán de color verde, de la mano de un repartidor en bicicleta.
Aunque también estaban “Los Italianos” y la heladería “Vesubio”. Estos dos establecimientos ubicados ambos en el Centro y en la Parte Vieja habiendo resistido uno de ellos –casi en su formato original- hasta el día de hoy.

Pero a lo que iba. Que tus abuelos te invitaran a un helado cuando salías a pasear con ellos ya consistía motivo suficiente para justificar toda una tarde dando vueltas y saludando a gente (ellos, no yo). Tomar un helado era un lujo; un lujo al alcance de casi todos pero un lujo en una época en la que no se acostumbraba a tomar fuera de casa prácticamente nada. A ninguna madre se le hubiera ocurrido dar a su hijo una merienda que no fuera el consabido bocadillo preparado en casa.

Así que el hecho de tomar un helado estaba relacionado con algo especial; como la Semana Grande o que te hubieran llevado al dentista. Y se salía de casa después de cenar y de postre te invitaban a un helado eso era un lujo. Como el pollo de los domingos.

Ahora, que todos somos igual de pobres y ya no estamos para lujos, se ha transmitido de abuelos a nietos el recuerdo de un placer que hoy en día ya no lo es más que en un recóndito lugar de la memoria nostálgica. Aunque todavía haya quien se engañe creyendo que es una tradición. Como el pollo de los domingos.

En fin. Esta noche, helado.

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La Semana Grande nos acecha



El calendario de Paris que tengo en la cocina me avisa irremediablemente: el sábado próximo luna llena y comienzo de las fiestas de Semana Grande. Tal conjunción está desde ya descolocándome y empezando a producirme una angustia que no sé yo si se podrá paliar de alguna manera. Que coincida el “cañonazo” en plenilunio ya es mala suerte también, hombre, con lo sensible que soy yo para estas cosas…

Una luna llena, que seguro será magnífica, disfrutable en la soledad de cualquier monte en compañía silenciosa –pero activa-, dejando que la piel y los sentidos se impregnen de esa luz única y mortal, un hito cada veintiocho días, que no es tanto para el amor… mezclarla con fuegos antinaturales (sinónimo de artificial), ruidos atorrantes, gentío y marabunta jugando al empujón antes y después de engullir grasa 100% de sabores diversos en cucurucho o tarrina, es algo de locos.

Y es que tengo la malísima suerte de no tener a dónde escaparme esos días, atada al “marco incomparable” en fiestas que me ponen de los pelos, quisiera huir como una cobarde y que me borren si quieren del padrón municipal por traidora, pero no puedo con ello, tengo más de cincuenta años, un poco de compasión…

La ciudad invadida –de día y de noche-, los trenes, topos y autobuses trasegando gente a paletadas de todos los puntos de la provincia, muchedumbre paseante, empujante, sofocante, atorrante, sin hacer nada más que dibujar círculos concéntricos entre la barandilla y el kiosko, puente arriba, puente abajo, consumiendo helados y bocadillos de tortilla (traídos de casa, a ver, con los precios que se gasta la hostelería), empujando cochecitos de niños de dos en dos, paraguas colgando por si llueve…

Quisiera que alguien me ayudase, por favor, mira que lo digo con tiempo, un alma caritativa que venga a rescatarme y, si hace falta, me agarre de la melena y me saque por la ventana y me lleve lejos, lejos…donde no llegue el ruido de la verbena, pero sí la luz de la luna…

En fin.

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lunes, 11 de agosto de 2014

Diseñando el "principe azul"



El post de hoy es una reconstrucción de algunos de mis mejores sueños imaginarios mezclados con retazos de realidad y cuarto y mitad de deseos inconfesables. Es decir, que no tengo ni idea de qué va a salir…

Está por ahí revoloteando el amigo “de toda la vida”que te cuida y te mima cada vez que sugieres que lo necesitas, ése que siempre está dispuesto a hacer un favor –o dos-, prestarte el coche, echar un vistazo al grifo de la cocina, acompañarte al médico…o darte un buen masaje en los pies. Pero que por la calle no te roza un pelo de la ropa y si se encuentra con un amigo no te presenta. Tampoco hace sus planes de vacaciones contigo excepto que tú le invites y le animes a compartirlos. Le pondría la etiqueta de “plato fuerte”, como el que soporta el peso de toda una comida siendo suficiente para calmar el hambre y aportar las vitaminas suficientes. Son personas –en este caso hombres- que hacen que su autoestima se sustente sobre la buena disposición y el servicio 24 horas a los demás. Se sienten estupendamente bien haciendo un favor –o dos-, pero no comprometerán su devenir vital contigo ni pergeñarán un proyecto en común. Son individualistas, no les saques de ahí, no sirven como compañeros para recorrer juntos el camino…

También conozco al modelo “compañero intelectual” con quien es una auténtica gozada ir al cine –por el “cine-forum” cervecero de después- o acercarse al Guggenheim a ver la última exposición y olvidarse de la hora de la comida comentando la jugada. Esa persona con la que quedas para hablar del último libro leído o de la obra de teatro que ambos desearíais presenciar. Se sueña con viajes o se viaja en sueños, se espolea y excita el intelecto; la mente disfruta con un buen partenaire…y luego cada uno a su casita tan ricamente a estirarse solitariamente en una cama fría y vacía. A este le llamaría –con mucho cariño- “entrante o entremés”- algo rico para picotear que te abre el apetito y las ganas de más. Suelen ser poco románticos y emocionalmente algo analfabetos y basan su autoestima en sí mismos, es decir, más bien tirando a un narcisismo un poco endeble, pero narcisismo al fin y al cabo. Tienen su punto y su “aquél”, qué duda cabe, pero para una vez cada quince días como mucho…

Luego está el “alma gemela”; esa persona –sigo hablando de hombres porque soy mujer- que siente muy fuerte el empuje de su propia esencia como ser humano y que busca y rebusca en su interior el camino hacia la luz universal que se le muestra pedregoso y lleno de dolor, pero que está dispuesto a recorrer de la mano de alguien tan sensible como él o, por lo menos, que asienta en silencio a los raptos espirituales que él dice sentir y que son inefables para los demás; es decir, de muy difícil comprensión. Es un “primer plato” estupendo, ligero y saludable, digestivo y apetecible, pero esta persona nos considera cercanas a sí mismo, con una especie de hermanamiento espiritual que jamás traspasará la frontera de lo etéreo para adentrarse en los prados verdes del romanticismo o del retozo. Llenan una faceta muy importante en el puzzle afectivo de la mujer, pero no siempre están dispuestos a bajar a la tierra y posar los pies en el suelo…

Y como última pieza importante de este pastiche lúdico/afectivo está “el postre”, pero yo no tomo, paso de postre, es una costumbre o manía, llámalo como quieras, así que me libro del tipo fuerte, seguro de sí mismo, controlador y macho alfa que en algún momento de la vida de una mujer, hemos podido desear durante diez minutos seguidos. Es esa persona que sabe siempre lo que hay que hacer, que no duda, que basa su autoestima en el control de los demás, que maneja estupendamente bien las situaciones conflictivas y que…no permite que nadie se interponga entre su pensamiento y el deseo de su acción. Es decir, inviable para una convivencia con alguien que no sea un sumiso total y absoluto al que, por otra parte, tendrá en poca consideración cuando se aburra de darse golpes en el pecho…

Con una pizca de aquí y otro poco de allá haría yo el hombre ideal, pero no tengo ese poder y no me (nos) queda más remedio que elegir entre el amplio abanico de posibilidades o, simplemente, sonreir, aceptar lo que la vida nos ofrece y disfrutarlo, dejando para otro momento la decisión. Que bien puede ser quedarse como una está y dejar de romperse la cabeza.

Hoy me ha dado por encadenar tonterías…basadas en cosas muy serias. Lo que no he sido capaz es de hacer el “pachtwork” equivalente a “la mujer de tus sueños”. Lo dejo a la imaginación de los lectores esperando que sonrían por la boutade.

Tenemos todo el fin de semana –que se presenta gloriosamente nublado, frío y ventoso a pesar de que se inaugura oficialmente la temporada playera- para “inventar” a nuestro propio príncipe azul.

En fin.

LaAlquimista

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domingo, 10 de agosto de 2014

Un perro llama a mi puerta


No sé lo que significa tener perro -en mi casa hablar del tema era como proponer que incorporásemos a la familia a un extraterrestre- vamos que no recuerdo yo en mi infancia o adolescencia que se planteara la cuestión. Por eso me quedé más que sorprendida cuando, hace un par de años, mi madre expresó el deseo de tener un chucho. Y llegó Elur, un precioso y dulcísimo bichón maltés que más parecía un perro de peluche que un animal con vida y afanes. Curiosamente, el perro siempre me ha demostrado cariño y me ha prodigado mimos y lametones, aunque supongo que es porque relaciona el olor de mi piel con los paseos por el barrio.

El caso es que, por una serie de desafortunadas y predecibles circunstancias, el perro no puede permanecer por más tiempo en el domicilio de mi madre y, en un rapto de inconsciencia temeraria del que no sé si me voy a arrepentir, me he ofrecido a quedármelo. Dije que a partir del martes 26 -¡es hoy mismo!- me lo llevaría a casa “a prueba” durante un mes y luego… pues ya se vería.

Y resulta que estoy temblando de miedo e incertidumbre porque me asusta la responsabilidad de tener un ser vivo indefenso y dependiente del que ocuparme, al que cuidar, mimar y hacer la vida agradable, además de reducir mi ración de libertad -¿qué haré cuando quiera irme de viaje? Dicen que los perros dan mucho cariño, que acaba uno sintiéndolos como algo muy cercano, que se sufre cuando enferman y se les añora cuando se van.

Mis dudas tienen que ver con el racionalismo, supongo que en mi fuero interno me niego a que Elur –tan blanco, tan dulce, tan mimoso- sea sustitutivo del cariño de cualquier ser humano que pueda yo desear, porque son tantas las personas que me han dicho que el cariño de un perro es incondicional, generoso y duradero y como son esas las cualidades que valoro en el ser humano me cuesta aceptar que puedan ser transferidas a un animal no racional.

Eso sin contar con que el pobre perro debe ser reeducado de principio a fin –hay que enseñarle a hacer sus cosas en la calle únicamente, debe acostumbrarse a comer su comida y no del plato de los humanos, aprender a dormir en su cama y no en el sofá del salón, reconocer la autoridad del amo y no campar por sus respetos como pequeño (y dulce) salvaje que se le ha dejado ser. Sé que me meto en un lío, sé que no tengo ni idea de tratar con perros, pero conozco a Elur y me resisto a que se lo lleven manos extrañas.

Creo que es la primera vez en mi vida que siento compasión por un animal… de cuatro patas. Me quedan pocas horas para acercarme a recogerlo, llevarlo a mi casa y contarle que se va a inflar de dar largos paseos hocicando hierbas y pateando adoquines de mi mano (de la correa preceptiva más bien), cómo explicarle que tendré que ser dura con él y castigarle e incluso darle (nunca con la mano) en el lomo para que aprenda a aliviarse únicamente en la calle y no en la alfombra del pasillo, que todo será por su bien porque es la oportunidad que me ofrece la vida de ayudarle… y estoy temblando del miedo que me da no saber hacerlo bien, no poder hacerlo bien, el lío en el que me voy a meter…

Necesito ánimos, lo juro. (Todavía estoy a tiempo de echarme para atrás y que se lo lleve otra persona realmente amante de los perros)

Siento que el Universo me pone a prueba –o se ríe de mí- por aquello que siempre dije de: “¿me echo novio o me compro un perro?”

En fin.

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Foto: "Elur" - C.Casado

*Post escrito y publicado en Julio 2011. Elur sigue conmigo...feliz.

viernes, 8 de agosto de 2014

¿Gorda yo...? ¡Eso no me lo dices en la calle!



Este invierno pasado he aumentado de peso un par de kilos, que sumados a los que agarré durante el verano más los que me traje de Mexico la última primavera dan un resultado –salvo error u omisión- de tres veces veinte más diez, (que dirían en algunos idiomas). Bueno, como soy más bien tirando a alta –según los parámetros de la postguerra- no anda mal la cosa; es decir, tengo de aquí y de allá y de todo un poco contando el buen humor y la pizca malvada.

El caso es que el otro día coincidí con una conocida tirando a amiga, de esas que no te ves más que de pascuas a ramos, pero que te paras en la calle para “dar el parte” en tres o cuatro minutos de obligado cumplimiento. Y va y me dice: “uy, chica, cómo has adelgazado desde la última vez que nos vimos…” y yo me puse la moviola y pensé que, no sé, igual me la encontré cuando iba a dar a luz a mi hija pequeña y se quedó con la copla de mi barrigota, así que puse cara de poker y enseguida me dí cuenta de porqué me decía aquello… ¡Porque ella había engordado una enormidad! Y claro, ante su comentario amable hacia mi persona, no me quedaba más remedio que decirle que “yo a ella la veía pero que muy bien”, aunque la verdad, estaba más que “de buen ver” de “mucho ver”, pero yo a una mujer que no sea mi enemiga no la llamo gorda ni loca.

Me contó de corrido que se había separado (novedad esperada durante casi diez años de verla cariacontecida) y que, al quedarse sola en casa–ya que los hijos mayores viven por su cuenta- le había dado por llenarse la barriga a la hora de la cena pues no tenía otra cosa que hacer como no fuera pelearse con el silencio. Al medio día no tenía problema porque come en el trabajo, se lleva el túper con algo de pasta o ensalada, pero a la noche…!ay las noches solitarias en el sofá demasiado grande frente a la tele!

Que si empezó con los yogures griegos con frutos secos, para luego pasarse a los pepinillos y aceitunas, para terminar de manera ominosa con todo tipo de galletas dulces y saladas, con o sin chocolate añadido. Un ejército invasor que destruye todo aquello que encuentra a su paso… Le conté mi truco para no cenar demasiado que es, simplemente, no cenar, pero como también me lo salto muchas veces no se me ocurría qué decirle para darle ánimos. ¿Un novio, un follamigo, clases de salsa y merengue?

¡Menudo problema, a los cincuenta y sin nada mejor que llevarse a la boca (nocturna) que carbohidratos chocolateados o fritos con sal marina! La tele creo que produce una sensación de vacío inmensa en el cerebro que va bajando de manera sibilina hasta la boca del estómago donde comienza a aporrear pidiendo con qué llenarlo, carnaza, por favor.

Un libro es lo mío cuando no tengo con quién compartir charla, pelea dialéctica o un tiempo sosegado, pero doy fe de que los libros también dan hambre. Si te los apoyas en el estómago van ejerciendo una presión incómoda que los fumadores llenan con el humo del tabaco y los que no fumamos no sabemos con qué llenar. Eso sin contar con la imaginación que suele hacer de las suyas cuando estás leyendo que los protagonistas van a cenar y el autor te describe el menú y te pone enferma de reacciones incontroladas, como el perro de Pávlov. Aunque si el libro es de amor y relata los pormenores de “los juegos de sábanas” también la hemos liado, porque todos sabemos que el chocolate es sustitutivo del sexo o aplacador de la libido, que me he fijado que en la caja del colmado de la esquina, muchos HOMBRES compran tabletas de chocolate negro 80% de cacao, jejeje, que les tengo pilladísimos…

El visionado nocturno de películas tiene un peligro mayor todavía: las palomitas de maíz engordan una enormidad, las bebidas con gas también y después de cenarte una pizza no suele ser bueno añadir nada más. Otro desastre doméstico/gastronómico.

Conclusión: que ahora me explico porqué están llenas las cafeterías donde dan todo tipo de bollitos dulces, salados, rellenos, crujientes, hojaldrados y cremosos. Que parece que somos un pueblo que pasamos hambre, aunque alguna carencia estaremos supliendo compensando con la ingesta excesiva de comida.

Ya me está apeteciendo picar algo… si es que no se puede ser tan sugestionable…

Por cierto, compañera antigua de colegio; si me lees no te ofendas ni te des por aludida. Yo te vi genial, de verdad, que más vale ser“gorda feliz” que “modelo desgraciada”.

En fin.

LaAlquimista

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*Post escrito y publicado en Julio 2013


Cómo burlar la Justicia y reirse de un ex-marido



Yo creía que estas cosas ya no pasaban en mi tierra, que habíamos contraído una conciencia mínima de la decencia y que personas adultas de cincuenta años ya no se permitían hacer ciertas cosas, más que nada por el sentido de la propia vergüenza. Pero parece ser que sigo siendo una ingenua. Y me explico.

Esto va de divorcios y sentencias judiciales. Esto va de que cuando una pareja con hijos se separa se firma un Convenio Regulador –que luego puede convertirse en Sentencia de Divorcio- en el que queda bien claro que el uso de la vivienda familiar seguirá siendo del disfrute de la esposa en tanto en cuanto ella tenga la custodia de los hijos y estos no se emancipen o cumplan la edad de veintitrés años. Hasta ahí todos más o menos de acuerdo sin entrar a valorar el hecho de que el padre/marido se tiene que largar a la calle, pagarse un alquiler y seguir pagando la parte de la hipoteca del piso que se ve obligado a abandonar –que para eso es suyo al 50%.

Pero resulta que cuando los hijos mayores ya abandonan el hogar, la esposa/madre –que se ha vuelto a casar y vive de alquiler con su marido en otro lugar- se vuelve a empadronar en el piso del anterior matrimonio que hay que sacar a la venta- y no hay abogado en San Sebastián que quiera darle al hombre expoliado la más mínima esperanza de ganar un pleito porque le dicen –previo pago de sustanciosa cantidad en la consulta del letrado correspondiente- que “ningún Juez va a ejecutar la Sentencia de Divorcio permitiendo que la vivienda se ponga a la venta mientras la ex esposa esté empadronada allí”. Aunque ella viva en otra parte.

Pero vamos a ver. ¿Y qué gana esta señora impidiendo que el piso común se venda? Ah…pues muy sencillo y elemental: fastidiar. Es decir, yo me dejo sacar un ojo con tal de que a ti te saquen los dos.

El piso, mientras tanto, criando telarañas, vacío y sin alquilar ni vender; el ex marido y copropietario del piso buscándose la vida por su cuenta sin poder acceder al piso del que es copropietario y la buena señora viviendo con su marido en otro lado, pero EMPADRONADA en la vivienda anterior para que ningún Juez le quite el derecho a vivir ahí…si le apetece algún día volver. Los hijos flipando de la actitud de la madre y el buen hombre a punto de tirarse al estanque de la Plaza de Guipúzcoa.

Bromas aparte –es que si no me enciendo-, parece ser que no se estila mucho en este país EJECUTAR sentencias firmadas hace años, sino REVISARLAS y con eso hacemos que “donde dije digo, digo Diego”. Y el ciudadano que ha pagado religiosamente pensiones de alimentos, el 50% de la hipoteca y todos los impuestos del piso que ha utilizado su ex durante años mientras que él pagaba otro alquiler, se queda con cara de “pasmao” cuando el abogado de pago le dice que no hay nada que hacer, excepto que contrate a un detective privado que demuestre que esa señora no vive en el piso en cuestión y se le ponga una denuncia y el Juez –cuando llegue a su mesa el caso- presuma y acepte la mala fe y diga que sí, que ya se puede poner ese piso a la venta.

Son venganzas miserables que los humanos –en este caso una mujer contra un hombre- tienen el gusto de llevar a cabo por aquello de …”ésta me la pagas así que pasen cien años”.

Tengo el permiso y el beneplácito del hombre “abusado” para sacar el tema a la palestra –no lo haría de otra manera- y la lástima suya es la de no poder poner los nombres y apellidos de la ciudadana abusadora, dueña de un comercio en la capital, que se ríe a carcajadas de la Ley, del sistema judicial, del padre de sus hijos, de sus hijos mismos y de un buen amigo mío.

¿Qué mueve a ciertas personas al rencor, la venganza, el odio a ultranza? ¿Es tanta la satisfacción que se obtiene machacando al otro aunque sea a costa del propio beneficio? Entiendo que en un divorcio se genere dolor y sufrimiento y que hay que tener mucha “categoría humana” para decir honestamente: “borrón y cuenta nueva”. Pero si ya se ha conseguido rehacer la propia vida, casándose de nuevo y creando un nuevo núcleo familiar…¿Por qué seguir haciendo daño, después de tantos años a alguien a quien una vez se amó?

¿Acaso no sería una forma de conseguir paz interior pasar página y perdonar al otro y perdonarse a sí mismo todos los errores cometidos? ¿Qué nuevo camino de peleas, odio y dolor abre esa mujer ante sí misma? ¿Valdrá la pena la satisfacción de fastidiar al otro? ¿Desde cuando la felicidad consiste en hacer daño?

Ni lo entiendo ni lo entenderé, excepto que alguien me lo sepa explicar muy bien.

Ahí lo dejamos.

En fin.

LaAlquimista

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*Post escrito y publicado en Julio 2013



¿Estoy sana porque soy feliz o soy feliz porque estoy sana?



Mañana me tengo que someter a una intervención oftálmica, las famosas “cataratas” que yo creía que eran cosa de abuelas y he descubierto que te pueden ocurrir a cualquier edad.

Para esta operación, molesta aunque no grave, me obligan a hacerme un pre-operatorio, ya que habrá anestesia, con electrocardiograma, analítica e interrogatorio. Lo primero y lo segundo va rápido y sin problemas, pero el protocolo para rellenar el historial sanitario es desconcertante y aburrido. No sé si es porque tengo un seguro privado y quieren agarrar los posibles flecos, pero el caso es que estuve el otro día sentada delante de una administrativa durante más tiempo hablando que haciendo las pruebas clínicas en sí.

Historial familiar de enfermedades y luego lo personal. ¿Enfermedades? Ninguna. ¿Alergias? Tampoco. ¿Medicación? Cero patatero. ¿Fumadora? No. ¿Bebedora? Tampoco. Sin colesterol, ni azúcar, los triglicéridos en su sitio, el índice de esto y de lo otro también. En mi peso, con mis dientes, con mi pelo…

La interrogadora me mira sonriente.

-“¿Trabajas?”

–“Ya no” –le contesto.

-¿”Casada”?

–Tampoco, le digo.

-“Pues ahí estará el truco” –me espeta, con el amago de un guiño amable…-”No es lo habitual, a tu edad”

- “¿El qué? –pregunto a punto de mosquearme…

Y según estoy volviendo a casa me pongo a pensar en la buena suerte que –parece ser- tengo por tener pocos achaques, ninguna enfermedad declarada y las limitaciones mínimas para moverme a mis anchas con el cuerpo de casi sesenta años que llevo a cuestas.

Aparte del chiste facilón, ése de tener menos enfermedades por no estar casada o viviendo en pareja, no puedo evitar repasar las mil y un conversaciones tenidas con mis amigas “con habitación propia” y mis amigos“solterones” en las que destacan la supuesta relación de conflictos relacionales con patologías desestabilizadoras.

El típico dolor de estómago del marido frente a los ataques de histeria de la esposa. Las arterias endurecidas de él frente a la melancolía depresiva de ella. Achaques en la próstata vs quistes en los ovarios. El corazón hecho polvo y las mamas invadidas. Enfermedades “típicas” de hombres o de mujeres que a veces, tan sólo a veces, se corresponden con las consecuencias infelices de parejas mal avenidas y que se hacen sufrir el uno al otro.

Igual resulta que una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra, no puedo saberlo, la empleada de la clínica me lo quiso hacer notar sin embargo, relacionando el hecho de “no estar casada y no trabajar ya” con los buenos auspicios de mi aparente buena salud.

Pongo a funcionar la moviola y actualizo los recuerdos que aún me quedan para constatar que las únicas veces que he estado enferma en mi vida –dos asaltos a mi organismos con diez años de diferencia entre una invasión y la otra-, coincidieron con las épocas más agitadas, tristes y dolorosas de mi vida afectiva y emocional con los hombres.

Igual resulta que es verdad eso de “muerto el perro se acabó la rabia”. No sé. Tengo que seguir pensando…

En fin.

LaAlquimista

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*Post escrito y publicado en Julio 013