lunes, 8 de septiembre de 2014

Violencia machista. "Aquí te pillo, aquí te mato"


Ya vuelvo a tener conexión a Internet; ya vuelvo a leer la prensa diaria. En veinticuatro horas tres mujeres han sido asesinadas a manos de quienes –otrora- las amaron. En Hernani, en Zaragoza, en Barcelona. En presencia de sus hijos, a lo bestia, en un “aquí te pillo aquí te mato” terriblemente literal. Con el derecho que asiste a esos hombres de decidir que o eres mía o de nadie –como canta la canción que todo lo perdona, la maté porque era mía- y una sociedad que se escandaliza y juega a decir tonterías –que si la violencia doméstica la practican más los que vienen de aquí o de allá- y que la justicia los va a poner en la calle dentro de nada por buena conducta.

Pero es triste consuelo que a tu madre la mate un ciudadano que antes durmió con ella, la arropó entre sus brazos y la hizo reir cuando todo eran sombras alrededor. Es terrible que los labios que prodigaron besos vomiten amenazas, que las palabras dulces se conviertan en ácido veneno, que las caricias que dieron vida desgarren ahora, que lo que quisieron llamar amor hoy sólo pueda ser un terrible titular en el periódico.

¿Qué mueve al ser humano a dejar que el odio domine sus actos? ¿Locura transitoria, efecto de drogas o alcohol, desesperación por el amor despechado? ¿O simplemente… maldad?

En días como el de hoy –que ya es ayer- que no me vengan con que el ser humano es bueno por naturaleza, que no me repitan la milonga de que hay una esperanza de que el amor todo lo salve y de que, a pesar de todo, la justicia cumplirá su supuesto cometido.

Esos hombres que han matado, esos hombres que han truncado vidas, ilusiones, sueños y esperanzas, esos hombres locos, torturados por mil demonios insospechados, esos hombres, digo, tienen madre y padre, hijos, hermanos, familia, amigos que tendrán que soportar durante toda su vida el dolor colateral de tener un hijo asesino, un padre torturador, un hermano condenado. Pobres madres las de esos hombres que en el día de hoy han salido en el periódico –sin nombre ni apellidos, protegidos por una ley que ampara la presunción de inocencia a pesar de haber quitado la vida de otro ser humano en la plaza pública, a cuchilladas, a la vista de testigos, con luz y taquígrafos-, pobres padres que ya para siempre vivirán con el dolor debajo de la almohada.

El amor se convierte en odio con demasiada rapidez y demasiada frecuencia. Sé que no hay más asesinatos por miedo a las represalias, a la condena, a la justicia. El hombre lleva el odio en su corazón y la mujer un amor mal entendido, lleno de miedo y sombras para bailar la danza macabra de lo que la sociedad llama relación pasional que desemboca en el crimen pasional.

Pobres todos ellos, víctimas del odio; pobres todas ellas, víctimas del miedo.

En fin.

http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

LaAlquimista

domingo, 7 de septiembre de 2014

La ley de las compensaciones




Todo en esta vida no se puede tener –de hecho, ni siquiera la mitad-, así que hay que estar muy atento a cuáles son los dones que nos han sido ofrecidos, la “buena suerte” con que hemos sido agraciados, para compensar con la cruz que todo hijo de vecino carga a cuestas.

Suele ocurrir que quien ha sido favorecido con un C.I. digno de mención arrastra alguna deficiencia física insalvable, tipo Stepehn Hawking. O quien disfruta de una belleza externa magnífica, adolece de los mínimos necesarios exigidos para comprender el Teorema de Pitágoras (aquí no pongo ejemplos por no crearme enemigos).

Pero entre la gente común y corriente no hace falta llegar a extremo alguno; quien más, quien menos, cuenta en su haber con suficientes bonuspara compensar sus malus. Así vemos al “triunfador” que gana mucho dinero, se casó con la más guapa del pueblo, sus hijos montan a caballo y esquían, cambia de coche cada dos años, tiene casa en el campo y apartamento en la playa, pero la naturaleza le ha dado “a cambio” una malísima salud. O al profesional independiente que pisa fuerte, tiene ideas y carácter, crea opinión cuando habla, se relaciona con los demás sin esfuerzo aparente, pero en su intimidad se le ríen a la cara.

Quizás la vida ponga en bandeja extraordinarias oportunidades a quien las puede aprovechar y, a cambio, le niega el bálsamo del amor, el consuelo de sentirse querido. O toque nacer en un clan unido y amoroso, pero los impulsos cerebrales vayan cada uno por su camino y se acabe siendo carne de psiquiátrico.

Cada acción que llevamos a cabo, cada decisión que tomamos, nos da o nos quita algo… a largo plazo. Y cuando más confiados estamos de nuestra abundancia –espiritual, intelectual, material- la mariposa mueve sus alas en Brasil y el tsunami se origina en el otro lado del mundo… o en nuestro pequeño mundo. Y nadie sabe el porqué aunque Edward Lorenz lo explicó muy bien en su Teoría del Caos.

Siento en lo más profundo el convencimiento de que las mejores bondades que me han acaecido han sido para “compensar” el sufrimiento y el dolor que también he tenido que padecer. Hago chistes con mi currículum y digo que la suerte que no tuve con mis maridos la tuve con mis hijas. O que los sobresalientes que me quitaron por mal comportamiento en la Universidad, me los devolvieron con un buen sueldo durante mi vida laboral. Compensaciones.

Durante la primera mitad de mi vida (suponiendo que llegue a los ochenta, que ya es mucho decir) sufrí abandono afectivo y maltrato psicológico, también físico en alguna ocasión. Pero luego el equilibrio se estableció milagrosamente y toda la energía a mi alrededor se convirtió en positiva, benéfica, amorosa. Mi “paso del ecuador” vital fue traumático en muchos aspectos: salud, divorcio, muerte del padre. Y aquella balanza desequilibrada que era mi vida, empezó –empecé- a levantarla de a poquitos consiguiendo que el fiel de la misma marcara un equilibrio casi siempre estabilizado.

La última de las compensaciones que me ha dado la vida ha sido muy curiosa: soñaba con disfrutar del mar y del sol cuando llegara a la edad de la jubilación o cerca de los sesenta y cinco. Pero la crisis económica me dejó sin trabajo a los cincuenta y cinco, es decir, me ha regalado “diez años” de vida intensa y fructífera. A cambio, como no podía ser de otra manera, una queratosis actínica me impide exponerme al sol el resto del tiempo que me quede de vida.

Pura Ley de las Compensaciones. Es bueno ser consciente de todo cuanto tenemos, de todo cuanto disfrutamos…

En fin.

LaAlquimista

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sábado, 6 de septiembre de 2014

Chapuzas a domicilio



La pequeña herramienta no tiene misterios para mí. Destornilladores, llaves ajustables, Allen o de las otras; brocas, alcayatas, puntas, tornillos, arandelas (Grower o de las otras). Y sobre todo el martillo; pues toda esta parafernalia “masculina” donde las haya a mí me encanta. Supongo que heredé de mi padre el gusto por “salsear” y, cuando el lavabo dice que no, que ya no da más de sí, agarro lo que haga falta y me pongo a ello.

Pero con los imprevistos no tengo nada que hacer. Imprevisto es que lo desmonte y luego no pueda volver a encajar el enganche del codo porque no tengo más que dos manos y están más acostumbradas a acariciar que a aporrear.

Así que, en contra de mis principios en defensa de los gremios, en vez de llamar al linternero de turno, llamo al amigo manitas que va a venir enseguida y encima contento de poder hacerme una “chapucilla”.

Como en las películas, oyes, divertidísimo. Llega el buen hombre, me da un abracito de compromiso, que qué tal estás y todo eso y me lo miro de soslayo, -vaya éste ha adelgazado, está mucho más… eso. Y él que qué bien te sienta el reflejo del sol de la tarde en los ojos…y se mete en harina con la pistola (de silicona) que las juntas tóricas están ya para pocos trotes.

Ahí estamos ambos dos, en el cuarto de baño, él sumergido en las profundidades oscuras de debajo del lavabo y yo sentada encima de la tapa del uvecé, qué poco glamour, por dios, dándole palique mientras observo su trasero moviéndose y buscando la postura adecuada para terminar el ensamblaje.

Acaba pronto, demasiado pronto y, total ya, “ya que estás aquí”, pues lo mismo me miras el lavabo del baño del pasillo que parece que pierde un poco… y él encantado, faltaría más, ya sabes para eso estamos los amigos y vaya que si estás guapa, oye, tiempo que no te veía, ¿cuánto, casi un mes, no? y mientras hablaba yo ya me lo veía venir, claro está, si es que los hombres son previsibles y transparentes…

Así que compruebo mis provisiones de limones y tónica (ginebra nunca falta) porque algo le tendré que ofrecer al muchacho y ya cuando acaba, emerge de las profundidades acuosas en todo su esplendor (estaría yo pensando en Boticelli, digo) y le ofrezco –con mi mejor sonrisa- una copa, un té, un vaso de agua, vamos, lo que quieras, se me azora, tartamudea un poco, no sabe a qué atenerse, seguro que le da miedo a meter la pata (los hombres, siempre con sus miedos) y entonces viene Elur a arreglar la cosa, y le caracolea alrededor, haciendo que se relaje y se sienta un poco más distendido.

La tarde ha seguido su camino sin reparar en nosotros y el sol parece que calienta un poco más que antes. No hay nada mejor que improvisar el deseo y dejar que fluya sin cortapisas. No hay nada mejor que permitir que una emoción positiva nos alegre el día, la tarde, la noche. No hay nada mejor que seguir soñando a partir de los cincuenta, vamos, a cualquier edad nos viene bien una “chapuza a domicilio”.

¡Menos mal que no llamé a un fontanero de verdad!

En fin.

LaAlquimista

 

 

viernes, 5 de septiembre de 2014

Malditas y estúpidas suposiciones


Despierto en la mañana con el golpeteo de las contraventanas contra el muro; hace un viento endiablado que parece que quiere quitarle a la casa el tejado para airear lo que hay dentro. Mientras preparo el desayuno me imagino que la playa -a la que voy cada día a la hora en que antes fichaba para comenzar mi jornada de trabajo- estará revuelta de arena que dificultará en gran medida el largo paseo que me reubica en el mundo. Visualizo en mi mente los pequeños torbellinos de polvillo fino y dorado arremolinándose junto a mis pies y manchando toalla y enseres. Si el viento es tan fuerte supongo que la mar estará agitada, con olas que nada me agradan en el momento de la zambullida en el mar ya que no soy buena nadadora y me siento insegura si la calma no es imperante.

Así que decido –a regañadientes- poner en práctica el plan “b”, que consiste en atuendo andarín, gorra y pinganillo y a darle a la zapatilla media docena de kilómetros antes de empezar con otra cosa. Mientras me visto, noto cómo mi ánimo va ensombreciéndose y casi, casi poniéndome de mal humor. Me gusta mi rutina marítima y mañanera, me fastidia que los elementos (esta vez el aire) manejen esta feliz libertad en la que me hallo inmersa.

Mientras me ajusto el podómetro –soy chica disciplinada- constato, esta vez sin ninguna duda- que voy a salir de casa con la sensación de que se me ha fastidiado el día, tanto era el gusto y la necesidad de darme el baño diario, matutino, fresco y vivificante.

Aun y todo me dirijo caminando hacia la playa pensando en sacarle rendimiento a lo que la vida (y la naturaleza en este caso) pueda ofrecerme. En menos de cinco minutos me doy cuenta de lo estúpida que he sido esta mañana: la mar está calmada y una ligera brisa mece los árboles que bordean el paseo.

Doy media vuelta y vuelvo a casa mascullando nada amigables conceptos acerca de la maldita capacidad que tenemos los humanos para hacer suposiciones y darlas por sentado –como hechos irrefutables- a partir de datos básicos que nada tienen de fiables.

En mi casa hacía viento, en la playa, no. El resto, una película que me he montado yo solita.

Afortunadamente, tengo más que activa la capacidad de rectificar a tiempo; dos zapatazos y ya estoy de nuevo en la playa, con los pies bien metidos en el agua, contando granos dorados de arena en dirección hacia donde sale el sol. Lo terrible es si esa suposición negativa que he hecho hubiera afectado a otra persona o –lo que es peor- a mi relación con ella. A ver si este viaje me aprendo bien la lección de que no hay que dar nada por supuesto…

En fin

Laalquimista

jueves, 4 de septiembre de 2014

Hoy tengo día raro y ya sé porqué

 
 
Y no es porque haya dormido mal, que ese es un problema que no me afecta desde que dejé el trabajo remunerado, sino porque creo que mi mente le está mandando a mi cuerpo algún mensaje que este no sabe descifrar y, en busca del código adecuado, se queda la mirada mustia y el ritmo ralentizado. O será que hoy empieza el verano y, ya se sabe, hay que empezar a sudar un poco más por decreto ley y a comentar en el ascensor con los vecinos el tiempo meteorológico que nos han vaticinado (más calor que nunca). ¿Ascensor? ¿He dicho ascensor…?

Antes de la pre-jubilación, el verano era el tiempo de las vacaciones por excelencia –aunque siempre he sido de viajar fuera de fechas-, entre junio y agosto había un par o tres de semanas en que me venía a este mi otro mar sin más pretexto y deseo que pasarme todo el día sin hacer nada para luego descansar. Paseos matinales por la orilla del mar, sesiones indecentemente largas de exposición al sol, comidas livianas y fresquitas en la terraza, la siesta de rigor, el jardín y la lectura, las noches de rímmel, fideuá y gintonic.

Luego pasó lo que pasó; que tanto sol empezó a comerme la piel y a descomponer el ADN dichoso y si quiero ir a la playa tengo que hacerlo con burka. (Tampoco llamaría tanto la atención con la diversidad étnica de la que disfrutamos por estos lares, que te acercas a la arena y entre paisanos vendiendo vestidos vaporosos, senegalesas ofreciendo trencitas, subsaharianos cargados de bolsos de marca china y chinas con la marca del botellín de aceite en la mano para ver si pica alguien y se deja dar un masaje pringoso y peligroso, parece esto el paraíso de diversidad soñado por el señor presidente del gobierno, ya podía él venir a veranear aquí…)

Pero a lo que iba; que hoy estoy rara. O será porque se han ido todos y ahora me quedan unos días de beber gazpacho y pelar gambas sin más compañía que la de Emidio –que ese no se va ni con agua caliente- y la del libro que voy a empezar ahora mismo “Y punto” de Mercedes Castro, seiscientas veintiséis páginas que van a ser mi apoyo logístico hasta que alguien tire piedrecitas al cristal de las ventanas.

Aprovecharé para darle un barrido –o dos- a la casa y ponerles miguitas a los pájaros (las hormigas ya se encargan por sí solas de encontrar el camino hasta las sobras culinarias), para hacer inventario del frigorífico y terminarme las frutas y verduras que fueron rechazadas en el casting nutricional que se lleva a cabo cada día a la hora de comer y para contestar el correo amontonado en la bandeja de entrada.

(Pasa por delante de la puerta el payés de los melocotones y me pregunta si necesito más. Le saludo amigable y le digo que no, que gracias… pero le estoy mintiendo y sólo yo lo sé).

En fin.

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Post escrito y publicado en Julo 2011

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Gran peligro: sueños hechos realidad

 
Desde hace más de veinte años he podido disfrutar del privilegio de pasar las vacaciones de verano en lo que llamo “mi otro mar”. Un par de semanas cada año lejos de adoquines y teniendo que caminar durante casi diez minutos para ir a comprar el pan, así que una deja de comer pan y se olvida de la civilización. Esas dos semanas intensas y sagradas conformaban un tiempo para el recuerdo durante el otoño y el invierno, una especie de alivio psicológico saber que, de nuevo, como cada año, volvería a bañarme en el mismo mar de todos los veranos. (Guiño a la Tusquets)

Y soñaba en los paseos matutinos por el borde del mar y en las andanzas vespertinas entre pinos y flores con venirme a vivir a este otro mar cuando me jubilara; con una casita compartida en alguna pequeña urbanización dejada de la mano de bares y colmados donde disfrutar de la naturaleza e invitar a los nietos a pasar los veranos. Un espacio peculiar, el espacio de la mujer, la madre, la abuela, la amante, la amiga, la compañera… un sueño a realizar a los sesenta y cinco, cuando mandaban los cánones y estipulaban los contratos.

Pero la vida nunca sale como uno se la programa, hay tantas variables que modifican el resultado final, el orden de los factores sí que altera el horario de salida de los trenes… diez años antes de lo previsto ya estoy vista para sentencia, libre de polvo y paja, mi vida no tiene escudos ni defensas para afrontar lo por venir. No tengo nietos ni marido, tan sólo a mí misma y la compañía amorosa e intermitente de mis hijas y de algunas personas que me quieren…de visita.

El otro mar sigue bañando mi soledad tantas veces exorcizada y las nubes negras que anuncian la tormenta lejana –será eléctrica, como casi siempre, exagerada (como la vida) y más aparatosa que eficaz (como la experiencia)- y como los sueños soñados y hechos realidad antes de tiempo, regalando tiempo, derrochando vida, reajustando esquemas y rompiendo paradigmas que ya no sirven para nada, volverá mañana por la mañana a mojar mis pies y a recordarme que el privilegio de estar viva es todo lo que tengo. Y lo mejor, sin duda alguna.

Ha cesado el viento. La luna se ha enfadado conmigo por ser tan tonta y se ha ocultado detrás de unas enormes nubes negras. Me lo merezco.

En fin.

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martes, 2 de septiembre de 2014

Lo que da de sí el sueldo en la prejubilación

En casa me enseñaron que era de mal gusto hablar de dinero y por eso me tenía este tema muy calladito, pero ahora me apetece contar un par de cosas que estoy padeciendo en mis propias carnes.

Pues resulta que como me he venido a pasar una temporada al otro mar –como yo le llamo- mis días despiertan en catalán por los cuatro puntos cardinales, y no lo digo por el idioma dominante y absoluto –que ese es otro tema, que aquí les hablan en catalá hasta a los guiris para que se enteren de dónde están- sino porque estoy rodeada del producto de la tierra que tiene preferencia absoluta frente a lo que viene de “otros sitios”. De eso me he dado cuenta mirando las etiquetas de lo que compro y…bueno, pues que me parece estupendo. Pero lo que yo quiero contar es que, a la hora de hacer la compra diaria, mi dinero, mis euritos del alma, han sufrido un estiramiento, como si fueran más dúctiles, mejor aprovechados.

Porque aquí una “baguette” cuesta 40 céntimos de euro si las compras de tres en tres (o 45€ de dos en dos y 50€ por unidad suelta); el melón no es de Villaconejos sino del payés de al lado y está el kg. a precio de regaliz. Los boquerones (que es como se llaman aquí a las antxoas) no serán “del país”, pero saben igual de ricos y al módico precio de 1,99€ el kg. de 1.000 gramos. La fruta, las verduras, los huevos de gallina, la carne (que no consumo apenas), el embutido típico y la pastelería del lugar… todo, absolutamente todo cuesta aproximadamente entre un 30% y un 50% más barato que en mi Donosti amada; hasta la peluquería (mi único vicio necesario) me hace ahorrar 15€ del ala cada vez que voy.

Mi amigo el payés –con el que he departido de buena mañana a la vuelta del mercado me explica que es que “allí tenéis el Eroski y aquí el Mercadona” y además, “ya se sabe, los vascos siempre habeis tenido fama de todo más grande, más caro, más mejor. Y claro, eso se paga.”

En el bar más cercano a mi residencia un quinto de estrella –que es un botellín de esa marca-, en una terracita con platillo de cacahuetes sube hasta 1,20€. Si es en el paseo marítimo, la gracia llega a los 1,80€. En la taberna más moderna y pija frecuentada por gente vasca un tinto del país con un “montadito” de lo que sea cuesta 2,20€ y si es con copa de cava de la tierra se abarata a los 2€ redondos. ¿Qué pasa aquí? ¿Son más listos ellos o más tontos nosotros?

Por supuesto que hay restaurantes donde una buena cena cuesta igual o más que en todas partes –aunque no tengan estrellas de caucho-, porque sitios para los ricos hay por doquier, lo difícil es encontrar sitios para las personas normales que, como yo, no somos ni ricos ni pobres sino todo lo contrario. Sin embargo, lo más habitual es salir a cenar por la módica cantidad de 20€ -con vino incluido- y que por encima de ese listón se sitúen la exquisiteces de los sitios elegantes y los platos de autor de los sitios con nombre.

Lo dicho, que mi sueldo baila sardanas de alegría cada vez que vengo por estos lares.

En fin.


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