sábado, 13 de septiembre de 2014

Reflexiones a la orilla del mar. "Lo poco que cuesta ser simpático


 


Hoy he tenido que ir a primera hora de la mañana al super más cercano. Me he despertado con ansia de comer melón y he caminado casi veinte minutos para proveerme de mi desayuno favorito.

Provista ya de mi melón –con muchas rayitas circulares en los bordes, señal de madurez interior (lástima que las arrugas en las personas no sean signo de “dulzura”)- me acerco a la caja seguida de un señor que portaba un cestillo con dos bolsas de fruta. El buen hombre, para ayudar, ha sacado la fruta y depositado el cestillo en el montón, a medio metro de la cola en sí, y ése ha sido el momento elegido por una mujer de mediana edad que estaba inmediatamente detrás, para depositar sus productos en la cinta de caja.

El hombre, muy educadamente, le ha dicho, blandiendo una enorme sonrisa: -“disculpe, pero estoy yo antes…”. La mujer, al darse cuenta de tal hecho, ha fruncido el morro (cuando una persona se pone con gesto agrio deja de tener boca para pasar a tener morro) y con voz glacial le ha contestado: -“Pues pase usted si usted está primero”.

El hombre, sonriendo todavía e intentando ser conciliador, le ha dicho que en realidad daba lo mismo, que pasara ella primero. A lo que la ciudadana, levantando la voz a la vez que retiraba bruscamente sus productos de la cinta, le ha espetado: -“¡que pase usted, que yo no tengo ningún interés en colarme de nadie”!

Yo les he mirado a ambos: el hombre, un poco abochornado, seguía sonriendo; ella, con cara de pocos amigos, seguía con la mirada dura, el morro torcido y emanando energía negativa por todos los poros de su piel.

Al salir, me he despedido con mi habitual:-”Que tengáis un buen día”, correspondido por la cajera y el cliente. La esfinge, en lo suyo, ni mú.

Luego me ha dado por pensar que si a las ocho y media de la mañana ya estás de mal humor, te puede esperar por delante todo un rosario de dificultades, malos entendidos, inconvenientes y hasta percances. Porque es evidente que la actitud influye tantísimo en el resultado de nuestros actos…Esa mujer podría haberle sonreído al hombre del supermercado, ninguno de los dos llevaba alianza, los dos de parecida edad, altos, con aspecto de salud, quién sabe si la situación no estaba creada para que ellos se encontraran y la aprovecharan, quién sabe…

¿Dónde conocer a cualquiera de las muchas almas gemelas que nos corresponden en esta vida? ¿En una página de contactos o en la cola del súper?

No se me quitaba de la mente la cara de pocos amigos de aquella mujer aunque ya habían pasado varias horas desde el incidente. Pensando, una y otra vez, en los tiempos en que me permitía estar de mal humor al empezar el día, arrastrando decepciones o sinsabores de la cama al despacho, asustando–quizás- a cuanto personal se cruzaba conmigo en el ascensor, un semáforo, el reloj de fichar… transmitiendo mi antipatía incluso por teléfono…

Quiero ahora pensar que fueron tiempos pasados, que he cambiado para mejor. Me observaré para cuando me levante de mal humor…

Estaba yo en lo mío, a la orilla del mar, en una de las lejanas playas de Poniente, pensando en cómo somos los humanos…antipáticos sin necesidad alguna, insolidarios simplemente por inconsciencia, maleducados aunque sepamos que lo estamos haciendo mal.

Vi entonces acercarse a un paseante que pisaba la arena a paso ligero; su silueta me era familiar aunque tardé unos segundos en ubicarla en mi mente. Al acercarse, sonrisa en ristre, detuvo su carrerilla, hizo sombra con la mano sobre sus ojos, me miró y me dijo:

-“¡Qué casualidad, nos volvemos a encontrar! ¿Estaba rico el melón…?”

Y es que…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





viernes, 12 de septiembre de 2014

Reflexiones a l orilla del mar. "Mujeres en la playa"



La temporada de playa ya ha empezado oficialmente por estos parajes mediterráneos. A partir de San Juan es como si se disparara el cohete de salida y son miles los parroquianos de las suaves y blancas arenas. Si hasta entonces podía decir, sin caer en la exageración, que “la playa es mía”, desde hace un par de semanas se ha hecho verdad el “quítate tú para ponerme yo” y para gozar de un poco de sosiego frente al mar tengo que coger el coche y desplazarme lejos de hoteles en primera línea y aparcamientos municipales.

En tan sólo cinco kilómetros vuelvo a encontrar un sitio de mi agrado, quizás un poco menos cuidado, quizás un poco menos solicitado, pero con el encanto de tener “algo más” que ofrecer que no se aprecia a primera vista. Al igual que con las personas, sé que los lugares guardan su secreto, su valor especial y único sin necesidad de hacer publicidad de él.

Son playas nuevas, robadas al mar, creadas entre rocas y pinos, agreste el entorno todavía frente a unas aguas con algas y piedras, pero que ofrecen el toque que yo necesito: la discreción y tranquilidad. Las he ido descubriendo poco a poco, dejándome envolver por su encanto, sin tener en consideración las molestias para acceder a ellas. Igual que con algunas personas.

Me gusta sentarme frente al mar, bien tapada y protegida por la sombrilla y dejar que mi vista vague por el horizonte y mi mente divague un poco más acá.

Hoy no he podido sacar fotos porque voy a hablar de unas personas concretas, así que tendré que esforzarme por adecuar mis palabras a la imaginación del lector.

He visto venir a una pareja con un niño pequeño. Han dejado las toallas en el suelo, el padre ha inflado una pequeña colchoneta después de ponerse en traje de baño y la madre ha desnudado al niño de unos tres años. Ella misma ya venía vestida para la playa con una camiseta de manga larga y pantalones tobilleros de pseudo-neopreno y gorro a juego. Le he comentado a mi hija: “mira, una nadadora profesional”y ella, sonriendo, me ha contestado: “no, ama, una musulmana…” Qué verdad es que nuestras suposiciones más básicas toman forma del acerbo cultural de cada persona. ¿Por qué he pensado lo que he pensado y no otra cosa? ¡Porque estoy condicionada a mi entorno socio-cultural, donde no he visto nunca (todavía) a una mujer musulmana en una playa occidental vestida de esta guisa. La ropa que llevaba, supongo que también es algo irremediable, de color negro.

El marido y el niño hablaban en árabe entre ellos y la madre con el niño en catalán. ¿Integración?. ¿Multicultura?. Todo eso.

Entonces se ha incorporado a mi campo visual una pareja rubia. Rondando la treintena. Caminando de la mano y embarazadísima ella. En top-less y con tanga. Toda una ofrenda al astro rey de la vida dentro de la vida. Ha habido un momento en que han coincidido ambas mujeres en mi encuadre visual. ¡Qué oportunidad de foto perdida! Aunque, obviamente, ni se me ha ocurrido echar mano a la cámara que siempre llevo a mano.

¿Qué habrán pensado la una de la otra? ¿Cuál de ellas habrá sido más dura en su juicio sobre la vestimenta (o ausencia de ella) de su congener?

Con sutileza y nada de descaro se han mirado sin reconocer en ellas ningún nexo en común. Quizás el hecho de la maternidad podría unirlas… pero no en la situación en que se han encontrado en el mismo plano.

Mi reflexión me ha llevado a darme cuenta de que una de ellas habría podido ser apedreada en el país de la otra…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:



jueves, 11 de septiembre de 2014

Reflexiones a la orilla del mar. "El que fue a Sevilla perdió su silla



El refranero español tiene sus profundas raíces enredadas entre la sabiduría popular y la ignorancia individual. A veces da en el clavo con lógica cartesiana, otras con verdades de Perogrullo, las más no son más queboutades simpáticas.

Esto de que, si me levanto y dejo mi sitio viene otro y me lo pilla me tengo que aguantar se usa mucho en este país de maleducados e incívicos ciudadanos. Pero rizar el rizo, como observo que hacen en las playas de este Mediterráneo de mis entretelas, es algo que se sale de mi comprensión. (Más bien, no entra)

Lo cuento.

Pues resulta que hay una playa de kilómetros, de arena fina y bastante limpia (bandera azul 2012) en la que, matemáticamente hablando, podrían caber –con poco margen de error- un millón largo de personas. Es decir, que hay sitio para tirios y troyanos.

Sin embargo, unas docenas de personas, SE RESERVAN su sitio preferido cada mañana; cerquita de la orilla, cerquita del chiringuito, de la ducha, del wc. Y para ello, bajan hasta la playa a muy temprana hora. Hasta aquí todo correcto, porque “al que madruga Dios le ayuda”.






Pero la sorpresa llega cuando observas que estas personas–hombres en su totalidad, que llegan arrastrando una especie de porta-equipajes con ruedas en el que se amontonan tumbonas, sillas y sombrillas varias,-depositan este “mobiliario urbano” al borde del mar y…!se van tranquilamente!. Es decir, “acotan” su espacio, dejan “su marca”, reservando sin ningún derecho y con menos vergüenza todavía unos metros cuadrados de playa pública “para cuando llegue la familia”.

He hablado con ellos en un par de ocasiones, así en plan simpático y tal, -“vaya, bon dia, ya le ha tocado otra vez acarrear los bártulos ¿eh?” -pues sí, es que mi señora se empeña en que venga aquí a coger sitio…- hombre, ya, claro, pero es que resulta que luego el que viene detrás…!se lo encuentra todo pillado y no hay nadie! – ah, pues mire usté, ya se sabe , el que venga atrás..!que arrée!

Así que ayer me puse a sacar fotos sin encomendarme a dios ni al diablo, de estas sillas –casi todas viejas y cutres- que los cívicos ciudadanos de este país van dejando por la playa. Luego llega la mirada atónita de los “guiris”, porque es obvio que quien esta práctica abusiva realiza no son extranjeros sino gente que vive por aquí cerca, con apartamento alquilado o en propiedad, pero más españoles que la tortilla de patatas.

Mi paseo matinal –muy matinal- comienza a las 8 de la mañana y termina hacia las 9 y media. En ese tiempo recorro tres kilómetros de playa hacia el este y otros tres de vuelta hacia el oeste. Voy por la orilla del mar, mojándome si hay olas y procurando no pisar las porquerías de plástico del día anterior que todavía no han retirado los del servicio de limpieza playero que tiene el mismo horario que yo. Nos saludamos ya…




Foto va y foto viene, a la vuelta, viéndome desde lejos, un hombre salió del paseo y se acercó en perpendicular para tropezarse conmigo.

Sin saludar ni prolegómeno alguno me espetó: -“Ustépor qué ha sacado fotos de mis sillas?”- ¿SUS sillas? –Sí, MIS sillas! –ah, pues mire, me alegro de que me haga esta pregunta porque van a venir con el camión de la basura a retirar todo esto que hay por aquí…

-Pero, ¿usté trabaja para el ayuntamiento o qué?... Entonces, fue el momento de guiñarle el ojo y decirle…”nada, nada, ya sabe“usté”, que el que fue a Sevilla perdió su silla!

Y aquí paz y después gloria.

Al día siguiente…más de lo mismo, pero… ¡el buen hombre estaba sentado en una de sus viejas tumbonas leyendo el periódico a las ocho y media de la mañana!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:


miércoles, 10 de septiembre de 2014

Reflexiones al borde del mar



Una de las diferencias básicas entre el Cantábrico y el Mediterráneo estriba en que en el primero no puedes sentarte a meditar cerca de la orilla por más de un rato relativamente corto: los paseantes te atropellarán o la marea –si es que está subiendo- te empapará. Pero en el Mediterráneo la cosa cambia sustancialmente; puedes sentarte casi con los pies metidos en el agua y no te avasallará una turbamulta paseante ni el agua dejará de mantener su ritmo cadencioso. Aquí la gente pasea por el paseo marítimo al caer la tarde y en la playa se limita a tomar el sol, jugar en el agua y dar de comer al dueño del chiringuito más cercano.

Esta situación es perfecta para las personas que, como yo misma, van a la playa únicamente por el placer de oler el mar, escuchar el mar, contemplar el mar. Y dejarse llevar por esos sentidos corporales y que el ánimo se acomode a un pensamiento volandero o a la simple y sencilla divagación.

Este año mi estadía en “mi otro mar” está teniendo una peculiaridad que me es ingrata; me refiero al hecho de que la temperatura del agua está tan baja que es muy difícil permanecer en ella más de los contados minutos que median desde el grito inicial por el contacto con el frío mar hasta que se nota que la piel sigue erizada, el cuerpo comenzando a acalambrarse y la voz de la prudencia te susurra que mejor salir del agua, al solecito acariciador. Así que, visto lo visto, paso más tiempo debajo de la sombrilla que dentro del agua.

Y eso me permite observar a diestro y siniestro porque no es la playa el lugar idóneo –a mi entender- para leer un libro (cualquier clase de libro). El reflejo del sol daña la vista y el cansancio ocular aflora enseguida. Como revistas no leo y sudokus no hago y tampoco me expongo al sol en plan lagartija ni me quedo dormida no me queda otra que mirar al horizonte y perderme en ensoñaciones.

Ayer mismo, de vuelta de dar un largo paseo por la orilla–somos cuatro los paseantes- fui observando que, a la altura de los hoteles que festonean la costa, la masa humana se concentra como si les acuciara la necesidad de agruparse frente a un hipotético enemigo. Un poco más allá, tan sólo cincuenta metros, extensiones de playa limpia y virgen dormitan al sol sin pies que profanen la arena ni gritos que asusten a los cangrejos. ¿Por qué se hacina la gente cuando tiene la posibilidad de ubicarse en espacios grandes? ¿Será por miedo o por pura vagancia? Todos los rusos juntos. Todos los alemanes juntos. Los catalanes de la zona a la altura del aparcamiento. Los turistas nacionales, alrededor del chiringuito.

Casi nadie se baña; ya digo, el agua está demasiado fría. Algunos, emocionados, como yo misma el primer día, hacen un amago de chapuzón que no siempre llega a consumarse: retroceden, como quien reconoce que va a cometer un gran error y dan media vuelta hacia la tumbona en la arena.

Las tumbonas. Esos mamotretos que alguna empresa con monopolio municipal –todas azules, todas cada año un poco más viejas- se alquilan al módico precio de 4€. Si te vas a casa y luego vuelves hay que volver a pagar el alquiler aunque sea en el mismo día. A primerísimo hora de la mañana, cuando gusto de pasearme el entorno solitario y hermoso, observo a los“tumboneros” colocando su mercancía, de dos en dos, en las mejores posiciones cerca de la orilla del mar y orientadas hacia el astro rey. Luego van llegando los de casa y protestan, “eh, que la playa es pública” y van acomodándose alrededor de las solitarias y vacías tumbonas que están esperando a que alguna pareja de despistados abone los 8€ correspondientes por tumbarse sobre una superficie plástica, oliendo a aceites de mil cuerpos pretéritos. Las utilizan los subsaharianos ilegales para esconderse debajo cuando asoman por el paseo los chalecos reflectantes de la guardia municipal de playas.

Ahí llegan: los vendedores ambulantes en la playa. Esa es otra y no de tamaño pequeño. Estando como está absolutamente prohibida la venta ambulante –no sólo en la playa sino en todo el pueblo- los subsaharianos ilegales pululan por la arena ofreciendo sus mercancías made in china pero con marcas francesas imitadas. Cuando se acostumbran dejan de mirar los pechos de las adoradoras de Helios y se dedican a lo suyo: a ganarse la comisión que la mafia de turno les ofrece por cada bolso, cartera, gafas o gorra vendida. Los municipales miran desde lejos y no hacen nada porque no tienen orden de hacer nada, lo que siempre me ha llevado a pensar si el tinglado de venta ambulante en la playa no está dirigido por algún concejal con sonrisa de conejo por delante y muchos votos por detrás.

Me desconcentran. Luego vienen las familias con sus niños y sus suegras y cuñadas –que son las que más gritan después de las madres. Los niños molestan bastante menos que sus mayores.

Es entonces cuando llega el momento de marcharme con viento fresco –que es como es aquí el aire de Junio- y cuando echo la última mirada a la playa repleta, se me ocurre pensar que la crisis empuja al que no tiene dinero a disfrutar de un espacio lúdico, hermoso y natural que es gratis a la vez que los hoteles están repletos hasta la bandera de foráneos que vienen a dejar sus rublos en esta tierra maltratada por tanto y por tantos.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





martes, 9 de septiembre de 2014

Blog abierto por vacaciones







Parece un sinsentido hablar de vacaciones desde el punto de vista de una persona prejubilada que, a efectos prácticos, ya no tiene que acudir a fichar ni un solo día más de su vida. Es decir y como he empezado a pensar hace un tiempo, es una situación en la que “todos los días son víspera de fiesta”. Sin embargo, la mente elige sus propios derroteros y no siempre son los que figuran en el mapa emocional.

Por ejemplo: lo de madrugar. Que durante treinta y seis años lo haya hecho por obligación y ahora lo siga haciendo por devoción. ¡Pero si no tengo prisa, si me puedo quedar en la cama hasta que me dé la gana! Pues nada: a las siete menos veinte, PLAF, ya estoy con las pilas puestas; pero no me importa, porque lo que verdaderamente condiciona es el hecho de que, cuando te acuestas, SABES que no hay prisa, SABES que no conectas el despertador y ahí está la gracia y el disfrute. (Entre otras cosas)

Con el tema de las vacaciones pasa tres cuartos de lo mismo, que no tienes marcados en rojo en el calendario los días anhelados en los que vas a hacer tal o cual viaje sino que se presenta ante ti –el calendario“laboral”- como una vasta extensión de posibilidades que, hay que saber“montárselo”, porque si no espabilas se puede convertir en el desierto del Kalahari. Así que le doy a mi mente el alimento al que está acostumbrada desde hace lustros y empiezo a hacer las maletas unos días antes del solsticio de verano y me voy de vacaciones a mi otro mar, el Mediterráneo.

Estar de vacaciones significa en mi código personal desconectar de las cargas vitales habituales. Parar el ritmo –a veces frenético- que nos imponemos y seguir bailando con otra música; puede que sea un lánguido bolero o un frenético rock, pero será mi nuevo ritmo, el elegido únicamente por mí, sin interferencias ni imposiciones ni compromisos.

Es un privilegio que se adquiere con la edad. Los hijos crecen y ya no hay que llevarlos a la playa o a la piscina o al parque temático; ni dar largos paseos en bicicleta ni mucho menos esperar a que den las doce de la noche para que se vayan a la cama y entonces disfrutar de un tranquilo gintonic en la oscuridad fresca de la terraza casera. Ahora es el tiempo de elegir libremente o de consensuar generosamente, según el caso.

Sin embargo, hay no pocas personas para las que el concepto“vacaciones” significa únicamente dejar de trabajar; con eso les basta y no les critico, aunque a veces me he sorprendido cuando me contaban que no hacían nada especial en ese período no laborable porque nada especial les apetecía hacer. Bueno, está claro que no he contado con ellos nunca para mis planes…

Mi “trabajo” en esta nueva época de mi vida es mantener este blog, -y alguna que otra “chapucilla intelectual”, pero me han dicho que ya está bien de no cerrarlo por vacaciones en casi cuatro años, que ya va siendo hora de que tome un poco de distancia de mis “pequeñas filosofías en zapatillas”y de las palabras cotidianas que unas veces son reflexivas y otras sencillamente livianas.

Así que escucho a mi voz interior –que sabe mucho más que mi ordenador central de ahí arriba- y le hago caso. Pero en vez de dejar el blog cerrado lo voy a dejar abierto, para que quien así lo desee pueda darse una vuelta por el “parque común”, hacer sus comentarios, pisar el espacio solitario que queda un poco en penumbra pero cuya puerta sigue abierta para los visitantes amables. Como es de todos, todos lo podremos usar, incluso yo misma, vendré algún día a dejar una pequeña flor en la pantalla para recordaros que, aunque esté de vacaciones, sigo ahí, aquí…

Ahora que ya hemos aprendido a estar en contacto de muchas otras maneras…lo virtual es únicamente un agradable efecto colateral.

Abrazos, bendiciones y cariños.

Por fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:





Una pareja "multiusos"



Sí, ya sé que suena un poco raro el título, pero a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre. Las mujeres casadas –legión de la que formé parte en dos ocasiones- suelen “utilizar” al marido de muy variadas formas y para variopintos menesteres. Situación que también se da vicevérsicamente, entendiéndola como específica del matrimonio y no por tolerada, menos desagradable en muchas ocasiones.

Pero lo inteligente sería poder “disponer” de una pareja (léase hombre o mujer) que ofrezca todas las prestaciones de un marido o una esposa sin tener que firmar papeles o compartir cuarto de baño. Hablo desde el humor, el respeto y las ganas de compartir algo bueno. Tampoco hablo de una experiencia personal -¡qué más quisiera yo!- sino de testimonios, ejemplos y vivencias que he recogido de aquí y de allá, pero me temo que sólo voy a hablar de los hombres…

Se parte de la base de que personas mayores de cierta edad, divorciadas en su mayoría, no dependientes, ni afectiva ni económicamente, ya no tienen muchas ganas de volver a pasar por la maravillosa experiencia de cualquier tipo de convivencia. Como, afortunadamente, las cosas no tienen porqué ser o blancas o negras, se puede elegir entre una extensa paleta de colores y apaños afectivos. Con la regla de oro de “cada uno en su casa y dios en la de todos” imagino combinaciones muy interesantes…

Modelo navaja suiza.

Este es el chico que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, para un barrido que para un fregado, es decir, arreglar enchufes, apretar tuercas, clavar clavos y chapuzas diversas. Suelen tener seis o siete habilidades que realizan con mucho aspaviento y alharacas, tal que si fueran ingenieros aeronáuticos. Arreglar, arreglan las cosas, pero sin garantía alguna. Se conforman con una cerveza y unas rodajitas de fuet.

Modelo perdonavidas.

Son los que saben algo de informática y vienen a instalarte una aplicación en el ordenador como si estuvieran manipulando la computadora de un cohete espacial. Dan muchísimas explicaciones que no se entienden ni por el forro y deciden que hay que hacer limpieza en la base de datos y borrar las fotos de las vacaciones, porque pesan mucho. Son los chapucillas modernos. A estos hay que darles de cenar en toda regla, si no se mosquean.

Modelo 7 semanas y media.

Este hombre ya sabe a lo que viene. Tú le has llamado para tantear el terreno, con aquello tan típico de “¿qué es de tu vida, tanto tiempo sin vernos?” y el sabe leer entre líneas. No se anda con subterfugios y entra directamente “hasta la cocina” que, curiosamente, está al fondo a la izquierda. Lo bueno es que no se queda a cenar y se va sin que haya que invitarlo a hacerlo.

Modelo Intereconomía.

Este no se sabe muy bien lo que quiere, pero quiere algo, eso seguro. Suele aparecer a media tarde, con sonrisa de conejo y ojos de cordero degollado (alternativamente). Opcionalmente, trae unas flores o unos espárragos de la huerta de su padre. No arregla nada, y habla demasiado, pero nunca está de más que le recoloquen a una la autoestima. Suele querer quedarse, no capta las indirectas, es de los que juegan a “dar pena” por si cuela…

Modelo amigo del alma.

A este hay que llamarle ya de noche, que es la hora de las grandes penas y los grandes alardes. A la vuelta de una juerga, por ejemplo, y decirle que has estado pensando en él toda la noche. Si es listo, cogerá la moto (estos chicos siempre tienen una moto grande por ahí) y se aparcará en tu cama sin muchas explicaciones. Hay que darles de desayunar, pero de bien nacidos es ser agradecidos.

Modelo “crisis”.

Este sirve para poco –como su propio nombre indica- pero hay que pensar en las emergencias. Una película, un paseo higiénico, una cervecita en un bar, un poco de compañía un domingo por la tarde, esas horas tontas que todos tenemos y que es tan habitual querer compartir, sin hablar de nada especial, sin pedir nada, ni esperar nada. Lo que se llama aburrirse en pareja, vamos.

Pero a mí el que más me gusta es uno que yo conozco que es el:

Modelo torrijas.

Este es un chico espabiladillo que se las sabe casi todas y que cuando hace torrijas –o un bizcocho o una tortilla de patatas- te llama por si te apetece compartir con él. Y este es el mejor, porque no hay que pedirle nada, que todo lo da generosamente y se pone contentísimo si le haces la ola…Se va feliz como una lombriz y no te llama al día siguiente.

Aunque si existiera la posibilidad de encontrar una pareja que tuviera una pizquita de cada uno de los modelos citados, sería poco menos que el orgasmo perpetuo, pero…

En fin.

Tonterías.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:













Sí, ya sé que suena un poco raro el título, pero a mí me gusta llamar a las cosas por su nombre. Las mujeres casadas –legión de la que formé parte en dos ocasiones- suelen “utilizar” al marido de muy variadas formas y para variopintos menesteres. Situación que también se da vicevérsicamente, entendiéndola como específica del matrimonio y no por tolerada, menos desagradable en muchas ocasiones.

Pero lo inteligente sería poder “disponer” de una pareja (léase hombre o mujer) que ofrezca todas las prestaciones de un marido o una esposa sin tener que firmar papeles o compartir cuarto de baño. Hablo desde el humor, el respeto y las ganas de compartir algo bueno. Tampoco hablo de una experiencia personal -¡qué más quisiera yo!- sino de testimonios, ejemplos y vivencias que he recogido de aquí y de allá, pero me temo que sólo voy a hablar de los hombres…

Se parte de la base de que personas mayores de cierta edad, divorciadas en su mayoría, no dependientes, ni afectiva ni económicamente, ya no tienen muchas ganas de volver a pasar por la maravillosa experiencia de cualquier tipo de convivencia. Como, afortunadamente, las cosas no tienen porqué ser o blancas o negras, se puede elegir entre una extensa paleta de colores y apaños afectivos. Con la regla de oro de “cada uno en su casa y dios en la de todos” imagino combinaciones muy interesantes…

Modelo navaja suiza.

Este es el chico que lo mismo sirve para un roto que para un descosido, para un barrido que para un fregado, es decir, arreglar enchufes, apretar tuercas, clavar clavos y chapuzas diversas. Suelen tener seis o siete habilidades que realizan con mucho aspaviento y alharacas, tal que si fueran ingenieros aeronáuticos. Arreglar, arreglan las cosas, pero sin garantía alguna. Se conforman con una cerveza y unas rodajitas de fuet.

Modelo perdonavidas.

Son los que saben algo de informática y vienen a instalarte una aplicación en el ordenador como si estuvieran manipulando la computadora de un cohete espacial. Dan muchísimas explicaciones que no se entienden ni por el forro y deciden que hay que hacer limpieza en la base de datos y borrar las fotos de las vacaciones, porque pesan mucho. Son los chapucillas modernos. A estos hay que darles de cenar en toda regla, si no se mosquean.

Modelo 7 semanas y media.

Este hombre ya sabe a lo que viene. Tú le has llamado para tantear el terreno, con aquello tan típico de “¿qué es de tu vida, tanto tiempo sin vernos?” y el sabe leer entre líneas. No se anda con subterfugios y entra directamente “hasta la cocina” que, curiosamente, está al fondo a la izquierda. Lo bueno es que no se queda a cenar y se va sin que haya que invitarlo a hacerlo.

Modelo Intereconomía.

Este no se sabe muy bien lo que quiere, pero quiere algo, eso seguro. Suele aparecer a media tarde, con sonrisa de conejo y ojos de cordero degollado (alternativamente). Opcionalmente, trae unas flores o unos espárragos de la huerta de su padre. No arregla nada, y habla demasiado, pero nunca está de más que le recoloquen a una la autoestima. Suele querer quedarse, no capta las indirectas, es de los que juegan a “dar pena” por si cuela…

Modelo amigo del alma.

A este hay que llamarle ya de noche, que es la hora de las grandes penas y los grandes alardes. A la vuelta de una juerga, por ejemplo, y decirle que has estado pensando en él toda la noche. Si es listo, cogerá la moto (estos chicos siempre tienen una moto grande por ahí) y se aparcará en tu cama sin muchas explicaciones. Hay que darles de desayunar, pero de bien nacidos es ser agradecidos.

Modelo “crisis”.

Este sirve para poco –como su propio nombre indica- pero hay que pensar en las emergencias. Una película, un paseo higiénico, una cervecita en un bar, un poco de compañía un domingo por la tarde, esas horas tontas que todos tenemos y que es tan habitual querer compartir, sin hablar de nada especial, sin pedir nada, ni esperar nada. Lo que se llama aburrirse en pareja, vamos.

Pero a mí el que más me gusta es uno que yo conozco que es el:

Modelo torrijas.

Este es un chico espabiladillo que se las sabe casi todas y que cuando hace torrijas –o un bizcocho o una tortilla de patatas- te llama por si te apetece compartir con él. Y este es el mejor, porque no hay que pedirle nada, que todo lo da generosamente y se pone contentísimo si le haces la ola…Se va feliz como una lombriz y no te llama al día siguiente.

Aunque si existiera la posibilidad de encontrar una pareja que tuviera una pizquita de cada uno de los modelos citados, sería poco menos que el orgasmo perpetuo, pero…

En fin.

Tonterías.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:
































"Tea-party" a la donostiarra

Ayer acudí a una “cita a ciegas” en grupo. Dicho así parece que se preveía una orgía de esas que muchos creen que sólo se hacían en tiempos de los romanos, pero en realidad no iban por ahí los tiros y, por si las moscas, -que nunca se sabe lo que puede pasar- la reunión tuvo lugar al aire libre, con mucha luz pero sin taquígrafos, aunque las fotos ya están circulando.

Dar el salto de lo virtual a lo real es una de las asignaturas pendientes que se les están quedando a muchos en el tintero. Después de haber aceptado –unos mejor que otros- que la forma de comunicarnos, que la relación entre las personas ha dado un paso de gigantes con la incorporación a nuestra vida de Internet y las redes sociales, creo que hay que plantearse seriamente de qué lado de la pantalla queremos estar: si detrás del teclado únicamente o a este otro lado, donde hay caras, sonrisas, voces, personas.

Estoy absolutamente convencida de que dentro de un tiempo –pocos años espero- el acceso a foros, blogs y todo tipo de redes sociales cibernéticas estará perfectamente personalizado; es decir, que tiene que desaparecer el anonimato donde tantas veces se esconde una cierta clandestinidad. Porque nosotros vamos de legales, participando en un blog demasiado políticamente correcto y que nos depara un rato de solaz cuando nos apetece, pero existe otro mundo paralelo que hace uso de esta maravillosa tecnología para maquinar atentados, explotar a inocentes, corromper a menores, vender humo que estalla y engañar a sus semejantes.

Pero mientras llega el momento de tener un chip cibernético público o interfaz (la I.P. no es identificable para el usuario común) a un grupo de personas nos apeteció ayer “dar la cara”, mejor dicho, poner cara a algunos “nicks” de este blog. Y nos gustamos todos porque todos acudimos a la “cita a ciegas” con la mejor de nuestras sonrisas, con la naturalidad y sinceridad que da hacer uso del libre albedrío para compartirnos con los demás desde un punto un poco más cercano.

Hubo sorpresas y todas agradables; la pena de alguna ausencia que quiso y no pudo y el brindis por quienes pudieron y no quisieron. Porque el pequeño “tea party” de ayer –casualidad también con el nombrecito norteamericano- nos dará a muchos de nosotros, cada vez que abramos el blog y encontremos un comentario amigo, el regalo de ver y sentir a la persona que escribe en vez de tan sólo imaginarla.

Mil gracias de mil amores a las chicas que fuisteis generosas mostrándoos, otro tanto para los chicos, que además de generosos fuisteis valientes, -ya sabemos que para estas cosas los hombres son mucho más “coitados”. Cada uno se llevó algo de los demás y entregó algo a cambio; más allá de lo puramente material ayer compartimos unas horas de cariño y alegría que me hicieron volver a casa sintiendo lo privilegiada que soy de haber conocido a gente estupenda.

(Tan contenta estaba que ni se me hizo duro sacarle a Elur a su paseo nocturno).

Gracias a todas y a todos por vuestra amistad. Nada quiero sino poder estar a la altura.

http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

LaAlquimista