lunes, 18 de enero de 2021

"Coronavidad"

 

Coronavidad”

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Soy resistente por naturaleza, racionalista de formación y optimista por vocación. Buena persona a ratos y un bicho cuando se me cruzan los cables. Hay días en que me levanto con buen pie y otros, como estos navideños, en que se me activa la lupa mental de escudriñarlo todo.

El planeta está dando boqueadas y sus habitantes sucumbiendo a los embates de un virus. Ahora mismo la realidad supera cualquier ficción y esto quiere decir que las cosas en el día a día son muchísimo peores de lo que alguna vez habíamos podido imaginar. Además de contundentes, tremebundas y mortales.

Sin embargo, al llegar el tiempo navideño, el ser humano necesita inventarse un paréntesis para poder seguir aguantando la hartura que ya todo lo está invadiendo. El ser humano, esa persona que es tu vecina, tu compañero de pupitre, el colega en el trabajo; los que llevan tu misma sangre y los que acatan el mismo credo. Y también otros miles de millones a los que no conocemos da nada. Todos estamos igualados este año por la vulnerabilidad ante el coronavirus; no somos hermanos en Cristo o en el amor universal, sino que lo que nos une hoy es el miedo a “la peste del siglo XXI”.

En esa tregua unilateral que los humanos nos hemos sacado de la manga, vamos a darle un puñetazo en mitad de los ojos al sentido común, un hachazo a la parte del cerebro que se usa para pensar y lo remataremos con un muy poco digno corte de mangas hacia quienes van a tener que cuidarnos cuando se manifiesten las consecuencias de haber sido tan temerarios e inconscientes.

Todos tenemos mucho que perder al irnos de fiesta en medio de una guerra. También durante las dos guerras mundiales el calendario señaló las fechas navideñas y no hay testimonios de que la gente se siguiera reuniendo con alegría desaforada mientras caían bombas desde el cielo. Más bien estaban en el fondo de la cueva cruzando los dedos para que no les cayera el cielo sobre la cabeza. Esta vez las bombas son invisibles y los obuses silenciosos. Por eso estamos tan confiados.

Ya dije al principio que soy resistente y así vivo, con la conciencia total y absoluta de que no debo relajarme. Y que soy racionalista por lo que tengo ganada la batalla contra los mensajes estupidizantes de los conspiranoicos. Me queda el optimismo que no quiero que me flaquee. Ahí está mi talón de Aquiles, el punto débil por donde se me escapa la sonrisa.

Yo no cuento muertos ni contagiados –que ya se ocupan otros de hacerlo por mí-, pero lo que siento profundamente  es que en esta “coronavidad” estamos comportándonos de forma poco positiva para salvar el mínimo optimismo necesario que nos impida caer en el foso, en cualquier foso.

El mío, mi optimismo, está haciendo aguas a pasos agigantados desde hace unos días viendo cómo se va bajando la guardia que debería estar más atenta, presta y fuerte que nunca. Parece que nos quedamos solos los “viejos guerreros” con el discurso de la precaución solidaria y el sacrificio que conlleva.

Démosles a los niños lo que se pueda en esta Navidad; por amor y sentido común. Dejemos a los mayores que decidan ellos si quieren estar solos o acompañados. Y a los de en medio… deseémosles con mucha fuerza que no les falte la luz para alumbrar el camino que lleva al final de la pandemia.

Este año me salto la Navidad con pértiga. Y con dos dedos de frente… y dos ovarios.

Felices los felices.

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Aquellas Navidades de los 60

 

Aquellas Navidades de los 60

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Poniendo orden en mis cajones han aparecido unas fotos de hace tropecientos años en las que está en primer plano el belén navideño en casa de mis padres. Las figuras desleídas por el tiempo me empujan a los recovecos de la memoria donde dormita el recuerdo; lo zarandeo un poco para que se espabile y me dicte los siguientes párrafos…

Mis Navidades de los años 60 eran esplendorosas como la luz del faro para el navegante perdido. Creía a pies juntillas que el niño Jesús era el protagonista principal de la película dramática con final feliz que nos contaban: la huida desesperada de una familia, pobres sin amparo en tierra ajena, despreciados por ser extranjeros y arrojados al miserable cobijo de un chamizo donde la mujer da a luz en penosas condiciones. ¿De qué me suena esto?

Ni idea tenía yo de lo que era el solsticio de invierno ni de los tejemanejes que hizo el Cristianismo para arrimar el ascua a su sardina, así que me tiraba de cabeza –como casi toda la población de la época- a la piscina del buenismo por imposición del calendario. Yo me conformaba con comer turrón, que no me cayeran collejas y cruzar los dedos para librarme del amenazador carbón del día de Reyes.

Porque en aquella época navideña todos éramos buenos en apariencia, mi sambenito de “trasto inaguantable” con el que me definían el resto del año mis padres y maestras monjiles entraba en modo tregua hasta el 7 de Enero. Mis abuelos ejercían de “buenos” y daban limosna a “sus pobres”, que venían a la puerta de su casa a recogerlas “a domicilio”, una “caridad” take away. El salón se llenaba de cestas con manjares leídos en los cuentos para los ojos de una niña de ocho o nueve años. (Mi abuelo materno fue director de una sucursal bancaria con los privilegios ¿? que imagino conllevaba el cargo) ¿De qué me suena esto?

Íbamos a la calle a pasear y a “ver las luces”, divertimento provinciano que ha resistido el paso de los lustros. En la plaza frente a la Diputación colocaban un Nacimiento arrasando los jardines y era de obligado cumplimiento atravesar el puente para ir a ver tamaña birria (según dictaminaba mi amona Julia). También ese nacimiento sigue desafiando la estética aunque sus figuras originales de cuerpos maltrechos, madera sin pulir, trapos y capas de plástico, hayan sido sustituidas por unas tablillas planas pintadas con la gracia del siglo XXI.  Sin olvidar el recorrido por las iglesias para “ver los belenes”.

Sí, todo era “mirar y ver” en la distancia. Muy típico del carácter vasco que siempre ha tenido a gala ser serio y aburrido. Mis abuelos me paseaban vestida de domingo por toda la ciudad sin gastar más que en el cucurucho de castañas asadas que me calentaban las manos y el corazón. La víspera de Nochebuena caía una gloriosa merienda de chocolate con churros. Nos conformábamos con bien poco. ¿De qué me suena esto?

La Paga Extra de Navidad era el mejor regalo para las familias trabajadoras y se gastaba como si no hubiera un mañana. Comprar algo a plazos firmando letras de cambio; tapar algún que otro agujero y jugar un buen pellizco a la Lotería de Navidad, tradición sin par que hermanaba a ricos y pobres en sueños similares. Mi amona Julia se armaba un lío impresionante con participaciones, décimos compartidos. ¡Qué tiempo aquel que había que esperar a comprar el periódico del día siguiente para saber si te había tocado la pedrea!

Aunque, para qué engañarnos: en aquellos años 60 lo verdaderamente importante de las Navidades era que había más dinero para gastar y más ganas de gastarlo; ya se ahorraría el resto del año. Unos gastaban en Möet y otros en sidra champán el Gaitero, famosa en el mundo entero (menudo departamento de marketing); unos ponían un pollo en la mesa –los langostinos no se habían inventado todavía- y otros un capón relleno de foie y ciruelas. Pero el caso era comer, COMER con mayúsculas, comer hasta reventar, ponerse las botas con lo que fuera: de indigestos huevos duros rellenos de atún y mahonesa –que creo que no han muerto aún-, las croquetas hechas de víspera, las sopas sabrosas y escandalosamente grasientas, el cardo barato y tradicional y de plato fuerte cada uno lo que pudiera. A veces era un buen besugo, las angulas o un corderito y en otros lugares un txitxarro (pariente pobre del besugo) o un pollo de los de verdad, amarillo. En el postre no había discusión: turrones y compota. ¿De qué me suena esto?

Mi madre se volvía loca comprando latas: de espárragos, aceitunas rellenas, alcachofas, de piña y melocotón en almíbar… Y turrones de los que anunciaban en la televisión: del duro, del blando y aquel bombazo del turrón de chocolate al que le llovieron críticas y funestos presagios de continuidad. Mazapanes, polvorones y almendras forradas de azúcar de colores. Frutas escarchadas, higos secos y dátiles dulces. Todo esto tenía mi madre que esconderlo bajo llave en el armario de las toallas para defenderlo de los asaltos nocturnos de su prole. (Me saltan ahora a la memoria las canciones publicitarias ”turrón de chocolate, que sabe a Navidad”)

A pesar de ser unos cuantos a la mesa no cantábamos villancicos ni jugábamos al parchís ni a las cartas ni se emborrachaban los adultos antes de llegar al postre. Éramos serios –un rollo, ya digo- y se imponía en casa el SENTIDO DE LA NAVIDAD. Un sentido religioso por encima de todo, de mirar con arrobo al niño medio desnudo en el pesebre aun sabiendo que en pocos meses asistiríamos impasibles a su tortura y muerte.

En comparación con lo de este siglo aquello podría ser considerado una porquería de celebración, pero yo lo pintaba de colores con mi inocencia infantil. Guardé en la memoria la lección para no repetir la historia, y a mis hijas les ofrecí unas navidades de risas, canciones, bailes y mucho champán de verdad para brindar.

Este año las copas se llenarán de esperanza y de alegría también porque el presente sigue siendo un “regalo”; navideño o de cualquier fecha.

Felices los felices.

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Mi buena amiga soledad

 

Mi buena amiga soledad

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**”Morning sun” Edward Hopper

“La soledad es un premio, un auténtico premio para quienes hemos elegido su compañía. Ella no nos engaña ni nos defrauda. Además, tampoco es celosa porque cuando decidimos dejarla de lado un tiempo y dedicarnos a otras cosas no se enfada; cuando volvemos siempre está ahí, acogedora.”

Copié este texto de algún libro que estaba leyendo y que me impactó por su aparente lucidez. Luego olvidé el nombre del libro y de la autora (era una escritora, de eso sí me acuerdo), quizás “La buena suerte” de Rosa Montero, no puedo asegurarlo, pero bien le cuadraría a ella esta sencilla sabiduría.

Ahora que ya he superado el lustro de vivir conmigo y con mi sombra (el querido perrillo Elur falleció hace poco más de un año), de repente me entran las ganas de hacer un pequeño balance, por aquello del fin de año que se avecina.

La SOLEDAD –así con mayúsculas- ha sido siempre el monstruo bicéfalo, la Gorgona petrificadora, la Esfinge devoradora de cualquier espíritu. Desde el bíblico “no es bueno que el hombre esté solo” hasta los cínicos parámetros de la “sociedad líquida” de Bauman, se sigue enviando machaconamente el mensaje de que ESTAR SOLO es antisocial, deprimente y egoísta.

Se acepta la soledad sobrevenida por desgracias anunciadas: la viudedad, el descalabro laboral, la incompatibilidad de caracteres en un matrimonio. Llega la muerte –de una persona o un sentimiento- y el ser humano queda desvalido, a la intemperie, expuesto a vaivenes dolorosos, porque se ha depositado la integridad emocional en las manos del otro, del fallecido o de lo ausente, reconociendo de rodillas y en la plaza pública que estamos faltos de gracia (desgraciados) porque nos hemos quedado solos.

Hoy en día y entre las gentes que miran mucha televisión, leen pocos libros y reflexionan lo justito, sigue arraigada la creencia de que la soledad es poco menos que una desgracia que destroza al individuo, sobre todo a la mujer. Obviamente no pretendo tirarle piedrecitas con mi honda al Goliat que dicta normas y define situaciones; ya no pierdo tiempo en intentar convencer a nadie de nada por puro convencimiento de la inutilidad de dicha tarea.

Lo que sí puedo hacer es hablar de lo mío, de mis vivencias y experiencias en los últimos años viviendo sola y contenta y equilibrada con la situación elegida. De la misma manera que decidí compartir mi vida –por dos veces con sendos señores firmando papeles ante la autoridad competente-, decisión que tomé con más ilusión que convencimiento, también tuve la libertad de elegir más adelante dedicar mis días a cultivar mi huerto, sabiendo como sé que nadie da lo que no tiene en ninguna situación.

No voy a hacer la lista de las ventajas de vivir sola ni de los inconvenientes –pocos, pero algunos hay- que acarrea tal situación. Lo que sí deseo compartir es que no es tan fiero el león como lo pintan, que el miedo a estar solo se entorpece con el miedo a SENTIRSE solo, que son dos cosas bien diferentes.

Hay quienes llegan a su casa y se estremecen con el silencio, les angustia que nadie salga a recibirles, les desequilibra el vacío. Los hay también –entre los que me encuentro- que suspiran satisfechos al recuperar la paz, la ausencia de ruido abrumador de la vida en la calle; la sensación inefable de sentirse bien con uno mismo y a salvo de la estridencia exterior.

El miedo a la soledad es uno de los miedos con los que se manipula a las personas; “no estés sola”, –me dice alguna bienintencionada amiga- “que podrías deprimirte”. Y yo le contesto que estoy feliz así, que tengo abrazos guardados en el corazón para una emergencia, que sigo viajando sumergiéndome en las historias de mis libros, que me nutro del bálsamo de la naturaleza, que la vida me la da respirar aire puro, sentirme yo misma por encima de todo, tranquila, en paz.

¡Qué alegría sentirse alegre por íntimos motivos que llenan el corazón y acarician el ánimo! ¿Qué evento, fiesta o divertimento te llenará por dentro tanto como la propia esencia que camina en paz, sin sobresaltos? ¡Qué gran placer sacarle placer a la vida desde el interior!

Ya no te tengo miedo amiga soledad, porque eres cálida y amorosa como siempre supe que serías…

“La soledad es peligrosa, es adictiva. Una vez que te das cuenta de cuánta paz hay en ella, no quieres lidiar con la gente”. Carl Jung

Felices los felices.

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jueves, 17 de diciembre de 2020

Dejar marchar

 

Dejar marchar

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No sé por qué pensamos que con el paso de los años tendremos “más” de todo: experiencia, sabiduría, vivencias, recuerdos y amigos. Y dinero, claro está. Recuerdo con cierto rubor cómo en mi entorno se proyectaba el futuro a medio/largo plazo sostenido sobre vigas tales como un buen matrimonio, un buen trabajo, la parejita y una segunda vivienda. Y muchas relaciones, muchos amigos para no tener que estar nunca solos.

Casi todo ha resultado ser un engaño, a ver quién es capaz de negarlo; pero era el acicate para producir más y mejor, para trabajar de tal manera que las prioridades que creíamos elegir fueran exactamente las que los que movían los hilos habían decidido que fueran. Varias generaciones siguieron ese camino convertido hoy en día en autopista de muchos carriles pero con muchos desguaces en las carreteras secundarias.

Cuando echo la vista atrás –lo que procuro hacer cada vez menos puesto que me produce una especie de urticaria emocional- y compruebo que de todo aquello por lo que luché no quedan más que unas cuantas migajas y un par de milongas, me dan ganas de multiplicarme por cero y desaparecer. Me abruma la película de todo lo que se me ha escapado –me recuerda a la tortura de “La naranja mecánica” con los párpados sujetos con pinzas para no dejar de mirar-, de todo lo que podía haber sido y no fue; qué cansancio vital.

Y es que no queremos “dejar marchar”, no sabemos hacerlo porque nos han inoculado que se puede tener todo en esta vida, que basta con luchar por ello lo suficiente; que las personas, los amores, la salud, las situaciones, las cosas incluso, son bienes duraderos y ese es el motivo por el que nos aferramos a todo ello con absurda desesperación.

Los amores se van porque tienen que ser libres. Los amigos tienen sus propios afanes que no tienen por qué coincidir con los nuestros. Los hijos deben volar y los padres ancianos ser lo menos egoístas posibles; nosotros, en el medio, tendremos que aprender a “dejar marchar” a unos y a otros. Y quedarnos solos porque esa es la premisa bajo la que vinimos a este mundo: “solos nacemos y solos moriremos” y más nos vale ir preparándonos para el último acto de nuestra personal tragicomedia.

Aferrarse trae muchos disgustos y provoca no pocas enfermedades en el espíritu de la persona que luego tienen su repercusión en la salud. La gente sigue muriendo de pena, enfermando de rabia, trastocándose por la pérdida. Igual es que es demasiado difícil actuar de otra manera, igual es que somos mucho más débiles de lo que pretendemos. No sé.

Pero lo que sí sé es que si me agarro con uñas y dientes a cualquier situación, persona o cosa que tiende a desaparecer de mi órbita vital, si no lo dejo marchar, estoy yendo en contra de alguna de esas leyes con nombre raro que mantienen el equilibrio universal y, los errores se pagan.

Despide sin pena a quien decide tomar otro camino diferente al tuyo: al familiar que no te habla, al amigo que te ha bloqueado en el whatsapp, al amante que ya no te llama. Todo tiene un porqué que juega a nuestro favor aunque no se perciba a primera vista. Dejemos marchar para quedar en paz.

Felices los felices.

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Emociones enjauladas

 

Emociones enjauladas

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Estoy visionando por segunda vez la serie “The Crown”, ese culebrón basado en hechos reales que es todo un compendio de insensateces y despropósitos perpetrados por el bien de una institución que parece no terminar de autofagocitarse, aunque ya sepamos que el tiempo en la Historia no se cuenta por años sino por siglos, década arriba década abajo.

En esta segunda ronda puedo detenerme en los detalles del guion de cada personaje; detalles que imagino exagerados para hacerlos más apetecibles (nada hay que le guste más al ser humano que cotillear y husmear en la vida del  prójimo) Pero si hay algo que me está chirriando desde el minuto uno del capítulo 1 es la capacidad de represión de los sentimientos y emociones de la que hacen gala los protagonistas, muy en su papel de enlace entre su Dios y los pobres humanos.

Son brutales en su actitud hasta la náusea, sobre todo los personajes femeninos que adolecen de una falta de empatía que espanta al más pintado; en algunos momentos rondan la psicopatía por su alejamiento del mundo e indiferencia ante los sentimientos de los demás. (Léase tanto el pueblo llano como sus propios familiares). Pero a lo que voy.

Suele ser bastante habitual confundir emociones con sentimientos por la costumbre de utilizar el lenguaje llamando a dos cosas distintas por el mismo nombre. Pongamos que un sentimiento es una disposición del ánimo y una emoción una alteración del mismo; como tener sentimiento de amor hacia alguien pero experimentar la emoción de la ira si nos hace algo que nos enfada. Los sentimientos pueden ser buenos o malos y las emociones positivas o negativas. A elegir.

Se reprimen los sentimientos por la incapacidad para expresarlos inducida, aprendida o impuesta; como el niño que no quiere jugar en el patio de la escuela porque ha pasado la polio y sus piernas no le responden. Y se reprimen las emociones por lo que todos conocemos como “educación social y heteropatriarcal”. A saber: “Los hombres no lloran”, “No es correcto que una señorita ría a carcajadas”, “Domina tus impulsos”, “Que nadie te vea triste”, “No seas cobarde” o “Te aguantas aunque te dé asco”. Y así se pudren dentro la tristeza y la alegría, la ira y la rabia, el miedo y el asco.

Imagino que las emociones reprimidas son como aguas estancadas, deseosas de encontrar una escapatoria para su cauce. Pero como toda agua estancada, se pudre y como todo lo que se pudre huele mal y ese hedor es difícil de disimular y más difícil aún de soportar, sobre todo para quien lo lleva consigo como parte de su personalidad.

Reprimimos las emociones porque la sociedad nos empuja en ese sentido ya que si no fuera así nos convertiríamos en seres humanos AUTÉNTICOS, en vez de estos personajes enmascarados que ocultan lo que de verdad sienten en su corazón. Y así no hay manera de entenderse; ni siquiera hay manera de amarse. Y pasa lo que pasa, que se llenan los ambulatorios de personas infelices que piden ayuda a alguien con bata blanca que sólo debería estar para arreglar las enfermedades del cuerpo; las del alma son de otra “especialidad”.

Los de la serie sobre la corona británica son el peor ejemplo y a la vez el mejor ejemplo ilustradísimo. No les imitemos, por favor. Por cierto que mueren varios de ellos de cáncer de pulmón y siguen fumando hasta el momento final. Beben como esponjas y se revientan el hígado; para compensarse a sí mismos tratan a los perros y a los caballos con una amorosa delicadeza que descartan para con los humanos que les rodean. Y lo peor de todo: actúan delante de los servidores domésticos como si fueran invisibles o formaran parte del decorado. Hielo por las venas les corre. Y no solamente en la ficción según cuentan.

Reflexiono sobre todo esto y me sonrío pensando en cuándo veremos en este país la serie equivalente con el peculiar toque surrealista-patrio. Yo propongo que les encarguen el guion a Alex de la Iglesia y Almodóvar y que la produzca Telecinco. Así nos distraemos todos y guardamos en el cajón de los trapos viejos los sentimientos encontrados y las emociones que rompen los cauces: el miedo y la ira.

Felices los felices.

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domingo, 13 de diciembre de 2020

¿Me la juego o me quedo en casa?

 

¿Me la juego o me quedo en casa?

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Estoy acostumbrada a tomar decisiones; la última que alguien tomó por mí, sin tenerme en cuenta, fue a los diecisiete años cuando mis padres decidieron que estudiara lo que ellos creían conveniente en vez de permitirme ir a Pamplona a estudiar lo que yo sabía era mi vocación: periodismo. Juré gritando al cielo que nunca más dejaría mi libertad en manos ajenas. Quien me conoce sabe que ésta sea probablemente la única coherencia que mantengo, siendo el resto de mi vida un cúmulo de contradicciones que mejor no comentar ahora porque no quiero perder la ilación del discurso.

¿Que de qué hablo? ¡Pues de qué va a ser,  si no hay otro tema estas últimas semanas…! De la supuesta, inventada, ficticia y FALSA inmunidad de la Navidad frente a la COVID-19. Hablo de que los diferentes mandamases (propios y ajenos) están perdiendo el sueño a base de decirnos lo uno y su contrario a la vez. Que  no nos juntemos, pero de diez en diez. Que ventilemos mucho, pero mejor cada uno en su casa. Que podemos compartir comilonas con “allegados”, pero sólo si nos caen bien y, sobre todo, que no se nos ocurra abrazarnos ni cantar villancicos.

Un despropósito total y absoluto. Nos tratan como si fuéramos criaturas sin criterio y sin cerebro, aunque igual nos lo tenemos merecido por haberles votado ¿no?

Pero a lo que voy. Mis decisiones las tomo yo, señores “dictadores” (que viene del verbo “dictar”, el BOE o el BOPV, por ejemplo); no hace falta que nadie se tome la molestia de imponerme con quién debo o no compartir langostinos (esto es un tópico, odio a muerte a esos comedores de basura oceánica), que ya lo decido yo solita por la cuenta que me trae.

Así las cosas –y viendo cómo está el percal- he decidido desde la prudencia -aunque con harto dolor de mi corazón-, pasar las navidades tranquila y sola en mi casa; en esta ocasión me puede más la mente que el corazón. Renuncio al viaje previsto a Alemania para llevarle a mi hija en mano el turrón de chocolate que tanto le gusta; renuncio a sumarme al descerebramiento colectivo de hacer “como si no pasara nada” y contando con que del virus “SE CONTAGIARÁN LOS DEMÁS”. No hace ni dos semanas que ha fallecido el esposo de una querida prima carnal y he tomado buena nota.

Las carreteras van a colapsarse de vehículos con gente yendo y viniendo, jugando a la ruleta rusa con el bichito invisible. Si fueran aviones que arrojaran bombas nadie saldría de su casa, pero como el “material bélico” es invisible nos hemos acostumbrado a ser unos “valientes de salón”.

Me fastidia lo indecible haber tenido que tomar la decisión de renunciar a unos maravillosos días de abrazos reales y risas contagiosas; soy consciente de que comeré o brindaré sola en casa porque los convivientes desaparecieron de mi panorama vital hace muchos años y los “allegados” estarán en su casa con sus propios convivientes. Qué lío, por todos los dioses.

Lo que sí tengo claro es que, sea en Navidad o por Pascua Florida, yo tomo mis propias decisiones en pleno uso de mis facultades físicas y mentales. (Por fórmula legal interpuesta, si hace falta).

Vosotros, ya digo, haced lo que os pete o lo que os digan los hijos y los nietos. O lo que dicte la prudencia y el sentido común. O el miedo, tanto da. Lo verdaderamente importante es poder seguir vivos…aunque nos comamos las uvas solos.

Como bien indica el Dr. Miguel Ruiz en su libro “Los Cuatro Acuerdos”:- Cuarto Acuerdo: “Haz siempre lo máximo que puedas”. Y esta máxima que he seguido (casi) fielmente durante muchos años ahora resplandece en su sencillez porque, verdaderamente, con mi decisión estoy haciendo “lo máximo que puedo”, que es cuidar mi salud para que nadie tenga que cargar con mi enfermedad.

Si la decisión que he tomado es la correcta o no únicamente lo sabré a futuro… pero no tengo –nadie tiene- una bola de cristal para anticiparse aunque haya “expertos” que ya estén prediciendo lo que pasará en Enero si nos saltamos la prudencia en Diciembre a la vez que presionan al Gobierno para que permita que cada uno haga (en su caso y en su casa) de su capa un sayo.

A pesar de todo esto…felices los felices.

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