domingo, 3 de abril de 2022

¿La rutina mata o es necesaria?

 

¿La rutina mata o es necesaria?

Dentro de la gran variedad de contradicciones que asolan la mente humana hay una que siempre me ha chirriado muchísimo; porque la he vivido, porque la he dinamitado y porque –finalmente- le he quitado cualquier importancia.

En realidad, la rutina, no es más que la costumbre de hacer las cosas de determinada manera, bien sea ir a trabajar todos los días o amarrarse al yugo de la pareja para formar una familia siguiendo ejemplos y mandatos sociales o religiosos.

Curiosamente sentimos que, de alguna manera, la rutina nos protege a la vez que nos fastidia con su molesto picotazo. Es una relación amor/odio que a todos nos ha asaltado alguna vez y es por eso que se nos vende el caramelo de que seremos más felices si “rompemos la rutina” para acabar deseando volver a la “vieja normalidad” de la que tanto quisimos escapar.

Mi única rutina es vivir, que no es poco. Sí, ya sé que esto es una boutade o una perogrullada, pero me di cuenta hace ya muchos años de que, a partir de cierta edad tenemos la llave de la mayoría de las cadenas que nos oprimen. A veces, esas cadenas, nos las han puesto “los demás”; en muchas otras ocasiones somos nosotros mismos los que nos las hemos colocado. A partir de ahí…ancha es Castilla para tomar decisiones… u omisiones.

La última semana he huido del mundanal ruido propiciando un tiempo de descanso mental, haciendo un “break” en mi rutina –rehabilitación del menisco, limitaciones físicas, ejercicios aburridos-, en un lugar tranquilo, en plena naturaleza, sin más compañía que el silencio y la meditación. Alojarme en una casa rural cómoda y caliente, atendida con mimo por los propietarios y sin más obligación que respirar aire puro, pasear por los alrededores del pueblo, “charlar” con el perro, escuchar a los pájaros y ver nacer las flores de los frutales.

La reacción de amigos, familiares o conocidos ha sido unánime: “¡Qué envidia!, ¡quién pudiera…!” y a todos les he contestado que romper la rutina es cuestión de despejar a manotazos la pereza y la indecisión; que no es algo que sea tan difícil –en condiciones mínimamente favorables-, pero para lo que hace falta un “martillo mental”.

Y romper a “martillazos” ese creernos indispensables para el mantenimiento logístico familiar, darle una “bofetada” al egoísmo de quienes nos retienen con demandas sin fin, buscar la grieta por donde entra la luz que tanto necesitamos. Romper, desatar, liberarse de esas rutinas que matan en vida… para luego desear volver a ellas como refugio, como si fuera “volver a casa”.

“La verdadera vida está detrás de lo que llamamos vida” *

Cuando esto se comprende es como si se nos apareciera el genio de la lámpara portando en sus manos el comodín para todas las jugadas, la llave que abre todas las puertas, el bálsamo que cura todas las penas.

Y las rutinas se desprenden de sus telarañas y pasan a convertirse en hilos plateados que iluminan el caminar.

Felices los felices.

LaAlquimista

  • “Biografía del silencio” Pablo d’Ors. Edi. Siruela 2017 Pag. 17

Sobrevivir en un pueblo sin bar

 

Sobrevivir en un pueblo sin bar

Aunque parezca mentira en este país nuestro que tiene entronizado el alterne, la socialización y el intenso comadreo pegados a la barra de cualquier bar, he ido a dar con mis huesos durante varios días a un pueblo de más de doscientos habitantes, cinco casas rurales “con encanto”, una iglesia que parece una catedral y…ningún bar.

No es que yo sea excesivamente “barera”, pero cuando de algo no hay todos tenemos tendencia a añorarlo. Si cierran el último cine –al que no íbamos hace años-, o la biblioteca de la que jamás tuvimos el carnet o el colmado de la esquina porque preferimos ir de compras a las grandes superficies, sentimos como si algo de nuestra historia se fuera muriendo sin darnos cuenta de que nosotros mismos hemos contribuido a tal defenestración.

El último bar de este pueblo navarro cerró porque no le daba la vida para estar disponible durante muchas horas al día para tan poca parroquia como acudía. Ahora que ya no dan comidas ni bocatas en ningún lado es como si al pueblo le faltara algo de su esencia; como si se hubiera “europeizado”, es decir, despeñado por el barranco social del aburrimiento.

Como bien acostumbrada que estoy a buscarme la vida, a lo largo de mis paseos pueblo arriba pueblo abajo, bordeando prados con ovejas o caballos, siguiendo la estela de las vacas o de los tractores que trajinan hierba, aprovecho los saludos amables de los lugareños para detener el paso y, con la excusa de preguntar cualquier ocurrencia, pegar la hebra y acabar charlando amigablemente de la vida y milagros de cada cual. En cuanto dije que estaba recuperándome de una rotura de menisco se expandió el tema a conocidos y familiares que habían padecido la misma lesión. Hasta hubo quien me invitó a entrar en su casa para tomar un vinito…que no un café con leche para mitigar la fresca de la tarde.

El valor añadido de los bares rurales es que se confraterniza vía charleta con los foráneos, cosa que no hacemos en las ciudades donde, acodados a la misma barra de salvación, hacemos nuestras libaciones o matamos el gusanillo sin importarnos quién esté a nuestro lado. Es que no tenemos término medio: o le contamos la propia vida a una extraña con la que nos topamos de paseo por los caminos de la vida o no damos ni los buenos días a la vecina de larga melena que –todo el mundo lo sabe- lleva viviendo en la casa desde que la construyeron el siglo pasado.

Qué tontos somos…que nos hemos creído que el individualismo es la forma de vida que nos hará felices sin darnos cuenta de que es la manera más rápida de ahogarnos en el fárrago de la falta de sociabilidad. En fin.

Felices los felices.

LaAlquimista

Hacer algo por uno mismo

 

Hacer algo por uno mismo

Sigo rodeada de gente que está agobiada. Que si no tienen un minuto libre en todo el día, siempre de arriba abajo porque si no es una cosa es otra. El trabajo del que cada vez es más difícil desconectarse ya que mandan whatsapps a cualquier hora, incluso los fines de semana. La familia, pidiendo o exigiendo; los hijos adolescentes que van a su bola, los padres ancianos y sus reproches nada velados. La pareja, tan enfurruñada como uno mismo…

Soy más bien de escuchar. Si es cara a cara miro a los ojos de quien habla –aunque esa persona dirija su vista a un punto indeterminado por encima de mi cabeza-; si es por teléfono me suelen preguntar: ¿”Estás ahí? –y yo digo, “claro, escuchándote”. El monólogo de la queja, del lamento que no cesa. Cuando me toca el turno de hablar –si es que me dejan, si es que interesa lo que yo pueda opinar después de haberme “tragado” la perorata, siempre digo lo mismo: “Oye, quizás deberías hacer algo por ti mismo…”. (O para ti misma, que también se da el caso)

No sé de dónde sacan las ganas personas inteligentes (porque la inteligencia se les supone) para adoptar actitudes francamente idiotas. Que ya sé que suena un poco fuerte decir esto, pero me baso en el conocimiento empírico que no es otro que la propia experiencia de los errores cometidos.

Nos quejamos de descuidar la propia vida, lamentamos amargamente no tener un poquito más de libertad o no poder dedicar tiempo tranquilo a nosotros mismos. Ya. “Es lo que hay” –decimos poniendo cara de resignación cristiana (o de la otra).

Sin embargo, existen “carreteras secundarias” por las que transitar sin necesidad de estar siempre expuestos a la locura del ritmo de la vida cotidiana. Da igual estar en el mercado laboral o retirado de la actividad, en ambas situaciones seguimos con la malísima costumbre de no hacer casi nada por nosotros mismos porque no queremos sentirnos egoístas ya que se cae en una especie de chantaje emocional (subliminal o declarado) al que estamos demasiado acostumbrados.

Cada quien sabe dónde le aprieta el zapato y también deberíamos saber que la única manera de dejar de sentir esa opresión es quitándonoslo como lo hemos visto hacer en muchas películas: de un tirón y lanzándolos al aire.

En lo personal ya he aprendido –y lo mío me ha costado- a no aceptar más responsabilidades que las que buenamente puedo soportar. Ya no me importa no ser la “súper-woman” que se multiplica, que se ocupa de todos con la cabeza y el cuerpo hechos un torbellino de actividad. Un buen día me di cuenta de que estaba CANSADA de ocuparme de solucionar las pequeñas cosas DE LOS DEMÁS.

Y decidí hacer algo por y para mí misma.

Sigo en ello.

Felices los felices.

LaAlquimista

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La obscenidad de la indiferencia

 

La obscenidad de la indiferencia

Esto no es de ahora. Ya muchos lustros antes de que cayeran las bombas sobre Ucrania había en el mundo mil y un motivos para desgarrarse las vestiduras. Pobreza, hambruna, guerras, violencia, derechos humanos pisoteados. Casi todas estas barbaridades eran “patrimonio” de países con gobiernos alejados de la democracia y lejanos también en la geografía. Quizás por eso los de mi generación (a partir de los 50) crecimos con llamadas inexcusables a la solidaridad. Fueron los tiempos de las primeras oenegés famosas o conocidas que propiciaron una corriente de generosidad colectiva que espoleaba y vapuleaba conciencias.

Era casi inexcusable ayudar en lo que se pudiera a aquellas criaturas que se morían de hambre mientras nosotros rebosábamos de comida. Las guerras seguían produciendo avalanchas de refugiados, pero en España no nos enterábamos (o no nos queríamos enterar). En aquellos tiempos los medios de comunicación no se habían convertido en “reallities en directo” como ahora. La vida orbitaba alrededor de lo cercano; pocos miraban allende las fronteras.

Fue precisamente en aquellos años 70, 80 y 90 del siglo pasado cuando se instaló en la mente occidental el apestoso concepto de “indiferencia”. Que no es otra cosa que no estar ni a favor ni en contra, ni por lo positivo ni por lo negativo…ante cualquier situación o hecho. Había indiferentes –mal llamados equidistantes- hasta de lo que ocurría en su propia familia, en su casa o en su pequeño país.

No se reaccionaba colectivamente ante casi nada como no fuera algo escandaloso que ocurriera en la puerta de al lado o afectara directamente a los del grupo familiar o tribu política. Fueron años acomodaticios en los que se acomodó quien así lo decidió, pero casi siempre (desgraciadamente) por pura ignorancia o por tener la conciencia anestesiada.

De aquellas gentes indiferentes salieron los hijos indiferentes que ya son adultos ahora mismo. Porque de lo que se mama se cría y eso no tiene vuelta de hoja. Recuerdo el espanto que me produjo que alguien cercano manifestara que no colaboraba con ninguna fundación u ONG porque… ”¿Qué me dan ellos a cambio aparte de la desgravación en la Renta?”

No debería quedarme sin argumentos para avalar las opiniones en las que estoy firmemente asentada por pura necesidad humanista. O humanitaria, tanto da. Es por eso que sigo insistiendo en espolear conciencias y solicitar que la gente se involucre en proyectos de ayuda a quienes lo necesitan porque les haya caído encima una desgracia que a nosotros nos ha perdonado.

No se trata de deprimirse y quedarse en casa encerrados; la vida sigue para quienes tenemos la gran suerte de despertar cada mañana sanos, bien alimentados y con personas queridas (cerca o lejos). Se trata de COMPARTIR en la medida de lo posible. Se trata de erradicar la INDIFERENCIA de nuestra vida. E incluso –ya puestos- de ser un poquito mejores personas, que todo es mejorable.

Estas arengas mías no siempre tienen buena acogida en las redes sociales. Demasiadas veces me castigan con la más pura indiferencia, sin comentarios, sin likes ni emoticonos. No es así cuando hablo de temas con ironía, cuando critico al gobierno o cuando me meto con el ayuntamiento. Ahí saltan todos como jaguares queriendo hincar su colmillo. Cuánto por aprender…

Felices los felices.

LaAlquimista

Ayudar a los que ayudan

 

Ayudar a los que ayudan

Se acerca la primavera y nos pilla de nuevo con el paso cambiado, pero en vez de ser la revolución de las hormonas esta vez nos ataca un brote de solidaridad que surge de una empatía extraña, doliente, que pugna por abrirse paso de la mano de la culpabilidad del superviviente. Como quien pierde un avión que luego se estrella y tiene que vivir con ese “trauma” toda su vida.

Te acuestas con las imágenes cruentas que saltan de la televisión para prenderse como garrapatas al alma y te levantas con el impulso irreprimible de “hacer algo”, lo que sea, por ayudar a los que sufren mientras tú te rompes la cabeza sin saber qué poner el domingo para comer. Hace años, muchos años, cuando removió la conciencia occidental las imágenes del “hambre en Biafra”, aquellas criaturas esqueléticas, de ojos oscuros e inmensos que se utilizaban para espolear el trasvase de dinero de la propia cuenta corriente a las que aparecían por doquier como teloneras del boom de las onegés, no se podía cenar con la tele puesta porque se atragantaba la tortilla de patatas.

Luego se descubrieron las entretelas de algunas fundaciones, se tambaleó el espíritu de la filantropía pasando de la ausencia de ánimo de lucro al negocio encubierto para ayudar –no lo niego- al desfavorecido sin dejar de tener buenos resultados en los balances de fin de año. Aquellos escándalos –y otros modernos- han calado en la mente comunitaria que se escuda en la desconfianza para no ayudar, para no compartir lo que sobra (porque nos sobra, vaya que sí) con quien carece de lo básico para subsistir.

Igual lo que (nos) ocurre es que no sabemos bien cómo llevar a cabo esa pizca de generosidad que eleva su vocecilla desde una esquina del corazón; igual es que no nos fiamos o que da cierto pudor dárselas de solidario o empático en un momento en el que se alzan atronadoras las voces de siempre llamando hipócritas a quienes se estremecen ante la contemplación de la realidad.

En legítima defensa de mi salud mental me niego a seguir la guerra en vivo y en directo como si fuera un torneo de tenis que quieres que gane tu favorito; puedo protegerme del asedio informativo del que viven ahora mismo (y cómo viven) los medios de comunicación y sobre todo me alejo como de la peste (como de la Covid-19 que, por cierto sigue habitando entre nosotros) de esos “expertos” en política internacional que me quieren explicar hasta en la cola de la caja del colmado de la esquina quiénes son los buenos y quiénes los malos en el terrible conflicto que asola Ucrania.

Mi granito de arena: ayudar a los que ayudan. Arrimar el hombro –hablo obviamente de hacer una aportación económica- allí donde está siendo efectiva la ayuda. Si conoces a alguien que está “haciendo algo” por los refugiados, -por cualquier clase de refugiados-, echa una mano, ayuda, no te quedes pasivo escondiéndote detrás de la ignorancia o de la desconfianza. Piensa, aunque sea interesadamente, que esto puede ser un quid pro quo o lo que se llama “hoy por ti, mañana por mí”. No lo olvidemos.

Felices los felices.

LaAlquimista

Qué pocas ganas de casi nada

 

Qué pocas ganas de casi nada

Nunca he sido de deprimirme ante los zarpazos de la vida ni de tirar la toalla cuando veo que voy perdiendo cualquier pelea, pero cada vez va quedando más lejos de mi ánimo aquella actitud positiva de ver siempre el vaso medio lleno que tanto me ayudó en las primeras décadas de mi vida.

Ahora que soy abuela y que mis referentes están todos criando malvas, he vuelto la mirada hacia lo cercano, lo íntimo, lo que me vibra por dentro. Decir que se tiene “vida interior” suena –siempre ha sonado- a pretencioso en este mundo donde la superficialidad es trending topic y alimento básico (comida basura) de cualquier ego.

Pero como aún sigue funcionándome la “visión periférica” y, digamos que, “no se me escapa una”, me llegan los chispazos de estupidez, los fogonazos de ignorancia y los estruendos de las avalanchas de falta de consciencia. Ahora mismo el mundo (nuestro mundo) se dedica a lanzar saetas envenenadas, consejos no pedidos, opiniones agresivas y toda la gama de autoritarismos. La verdad, es que no lo aguanto.

Será que ya he llegado a esa edad o estadio inefable en que lo que “nace” desde adentro tiene mucho más peso específico que cualquier costumbre llevada encima como una chaqueta de quita y pon. Será que observo, reflexiono y concluyo que cada día, irremediablemente, tengo menos ganas de nada.

Menos ganas de hacer las cosas que siempre habían conformado mi “modus vivendi” como salir por ahí, socializar a tutiplén, ir al teatro, a eventos. Asistir a comidas en restaurantes de moda, seguir el calendario social con mi grupo de amistades, ir de aquí para allá sin perderme ni una. Viajar para contar que he viajado –aunque se niegue-, gastar para que se vea que he gastado –aunque se niegue también-; comprar, consumir, alardear con algo de disimulo y como quien no quiere la cosa… Me aburrí de poner caras felices en Instagram o de chafardear con quienes eran tan tontos como yo.

Ahora mismo…qué pocas ganas de casi nada como no sea de escuchar el silencio atronador que rebota en mi interior. No tengo tiempo –ni quiero tenerlo- para nada más allá de cultivar mi mente para no dejarme engañar por los voceros de la guerra, al igual que la tuve que blindar para que no me asaltaran los voceros de la peste.

Ahora mismo me despierto cada mañana sintiendo que todavía me quedan cosas por hacer, pero cosas sutiles, nada espectaculares, esas pequeñas ilusiones de andar por casa que nos hacen felices tan sólo por el hecho de hacerlas…

Lejos del estruendo furioso de las bombas lanzadas con odio todavía nos queda la posibilidad de construir nuestro pequeño fortín emocional con algo de amor. Algo de ello tiene que quedar a quienes lo hemos cultivado en nuestro interior. Rebusquemos.

Por lo demás…Felices los felices.

LaAlquimista

viernes, 11 de marzo de 2022

La desconexión humana

 

La desconexión humana

 

Uno de los mayores retos a los que me he tenido que enfrentar en los últimos veinte años ha sido la aceptación de la soledad. Este logro –si es que lo he logrado finalmente- no ha sido gratis; antes bien, me ha supuesto pagar un peaje mucho más alto del que imaginaba. El manido refrán de que “más vale solo que mal acompañado” tiene truco, como no podía ser de otra manera cuando se trata de buscar el equilibrio (interior) entre lo que se desea y aquello a lo que se puede optar. Muchos sopesarán pros y contras y elegirán en función del pragmatismo que les haya tocado en el reparto de teorías filosóficas; algunos ni siquiera podrán plantearse otra opción que no sea la de seguir tirando del carro al que la vida les ha uncido.

El auténtico riesgo de la soledad elegida es el de ir convenciéndose de a pocos que, tal y como se presentía, uno puede estar a gusto y feliz relacionándose con el prójimo lo justo y necesario, entendiendo cada quien cuánto es justo y cuánto es necesario según le acomode. Porque, para qué engañarnos, solo se vive de coña, sin nadie que te diga qué hacer, ni cuándo, ni mucho menos cómo. Es una opción vital que puede estar perfectamente aquilatada a las propias necesidades sin que signifique –en absoluto- que haya que convertirse en un sociópata.

Me preocupa el tema puesto que observo la inusitada proliferación con la que los seres humanos más cercanos –léase entorno geográfico- se recluyen en su “burbuja”, ese concepto apestoso que impuso la pandemia en los momentos más duros, aquel tiempo no tan lejano como para olvidarlo en que los que vivíamos solos estuvimos más solos que nunca y los que tuvieron que enjaularse con sus compañeros habitacionales no pudieron soportar la tensión de una convivencia llevada al extremo de –en algunos casos- compararse con una tortura medieval.

Unos y otros padecimos una desconexión humana que pegó tan fuerte que ha hecho tambalear los cimientos y esquemas relacionales. No habrá  “nueva normalidad” sino una situación extraordinaria que ya no coincide con lo que hasta entonces era “lo normal”. Un juego de palabras ridículo para dejar constancia de que “ya nada volverá a ser como antes” como bien predijo “El canto del loco”.

“Las soledades serán la causa de la muerte de decenas de miles de personas golpeadas por tristezas ingobernables que se camuflarán en cánceres, infartos, ictus y suicidios sin dar pistas del motivo real: la desconexión humana.”*

Siento como si tuviera que volver de alguna manera a la casilla de salida, recuperar mi posición vital en esta partida a la que estamos abocados a jugar en bucle, hasta que nos llegue el jaque mate o nos saque del tablero la fuerza del destino. ¡Qué difícil recuperar las relaciones de amistad que la pandemia se llevó por delante! Tarea a la que no me siento proclive en absoluto puesto que en mi sentir y en mi forma de ser no está el reabrir heridas sino en dejar que cicatricen sin hurgar en ellas. Así las cosas… ¿qué hacer para volver a los estándares relacionales en los que me movía como pez en el agua?

Quizás lo único positivo, eficaz y viable sea adoptar –una vez más- la actitud de “brazos abiertos” y… verlas venir. Afortunadamente, tenemos cantidad de herramientas para socializar a cualquier edad y en casi toda circunstancia. No seré yo quien deje de aprovecharlas porque mil veces más prefiero acercarme a otros seres humanos que echarme en los brazos de fármacos para paliar el aislamiento al que casi nos hemos acostumbrado.

Felices los felices.

LaAlquimista

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* (“Las ciudades evanescentes”. Ramón Lobo. Pag. 54 Ediciones Península 2020)”

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