jueves, 7 de agosto de 2014

Relaciones tóxicas




Todos sabemos lo que son los productos tóxicos; son los que contienen una cosa llamada VENENO y que, en consecuencia, hay que utilizar con pinzas cuando no queda otro remedio que usarlos. Suelen ser necesarios para erradicar un mal mayor, como los limpiadores y ciertos medicamentos. Luego están las drogas permitidas y legales (como alcohol y tabaco) y las otras, las que lo destruyen todo directamente. ¿Quién necesita aleccionarse en contra de tanto producto tóxico si ya está todo dicho al respecto?

Pero de lo que no se habla apenas es de las relaciones tóxicas. ¿Puede un ser humano ser “tóxico” para los demás? Pues por supuesto, faltaría más…

¿Quién no conoce a alguien que tiene por dentro ese “veneno”que inocula a quienes se descuidan? Veneno llamado envidia, celos, rabia, resentimiento, infelicidad y baja autoestima. Y esa persona que así está conformada y así se mantiene no puede evitar que los demás se den cuenta de lo que tiene por dentro. Al igual que una gripe o un gran resfriado, los virus y microbios flotan alrededor del “enfermo” y van entrando en el espacio vital de quienes le rodean, contagiándoles e invadiéndoles.

Una relación tóxica es aquella que nos envenena de a poquitos. Una relación tóxica es la que mantenemos con personas que no nos quieren y de las que no terminamos de separarnos. Puede ser cualquiera, no hace falta mirar dentro de la pareja necesariamente, porque las personas tóxicas no siempre se casan o no siempre tienen hijos y además casi nunca tienen muchos amigos.

El problema es cuando estamos ahí, en medio de una relación que se ha ido envenenando con el paso del tiempo y de la que cuesta muchísimo salir, casi siempre por miedo a hacer daño o a perder algo que hemos considerado valioso para nosotros.

Pero ocurre como con las cajetillas de tabaco; que por mucho que ponga avisos de peligro, los fumadores siguen haciendo caso omiso. También hay personas que llevan en su rostro el cartelito invisible que pone “Puedo matar” o “Soy seriamente perjudicial para tu salud” y, no nos engañemos, o vemos o lo intuimos, pero seguimos estando ahí, a su lado.

La mayoría de las veces son personas infelices que, como no saben manejar sus carencias y desprenderse de ellas, se dedican a proyectar hacia los demás lo que sienten por dentro. Y si lo que proyectan no es bueno sino malo, es imposible dejar de percibirlo y que nos afecte.

Ocurre pues que se sigue tratando a alguien así por una especie de cariño, en el sentido de que nos da pena ver que esa persona no tiene a nadie más que a nosotros (error estúpido por nuestra parte) o creer equivocadamente que valen de algo restos de relaciones pasadas, brasas escondidas o, simplemente, recuerdos en común. Pero nada de esto es cierto, son nuestros propios miedos a enfrentarnos con quien no nos hace ningún bien aunque de vez en cuando tengamos que intoxicarnos un rato con su presencia. Pensamos,“bueno, ya he cumplido, hasta la próxima” y así, poco a poco, vamos permitiendo que se inocule SU veneno en nuestra alma hasta que creemos estar vacunados… y seamos como no queremos ser.

Afortunadamente, la vida nos pone a todos en nuestro sitio sin remisión y nos envía avisos incuestionables que nos obligan a tomar decisiones que estaban larvadas en nuestro interior, aunque no nos atreviéramos a dar el paso definitivo.

Y cuando ocurre la catarsis, el disgusto, la pelea o todo salta por los aires…hay que aprovechar y echar a correr en dirección contraria y alejarse definitivamente de ese veneno que hemos mantenido junto a nosotros. Hay que atreverse a ROMPER definitivamente la relación, por propia dignidad y por preservar nuestra autoestima.

La responsabilidad de mantener una relación tóxica no es de la otra persona, sino nuestra únicamente.

Huimos, atacamos o nos doblegamos. No queda otra.

En fin.

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Post escrito y publicado en Julio 2012

miércoles, 6 de agosto de 2014

Todavía me sigues amando...



Un requiebro de tu voz, tan fuerte, tan hermosa, cuando pronuncias mi nombre y parece que quisieras acariciarlo, me hace sospechar que me sigues amando.

Me miras entonces desde el fondo de tus ojos que se niegan a pestañear mientras me invitan a pasar al interior de tu alma y creo adivinar que me sigues amando.

Tu mano inicia una caricia temerosa sobre mi piel y activa los recuerdos de cuando eran amigas tu piel y la mía, y el estremecimiento de tus dedos me avisa de que me sigues amando.

El espacio entre tú y yo. Hueco hasta ahora mismo y llenándose de un beso; un beso que son todos los besos que habíamos guardado para este momento en que empezamos a sentir que no hemos dejado de amarnos ni un solo día.

Es el momento de las palabras, porque el silencio es demasiado sagrado y se adivinaría todo el amor guardado en su sagrario. Palabras para contar, palabras para llorar, palabras para perdonar y pedir perdón, palabras, finalmente, de amor.

Hemos dejado en un rincón del jardín tu mente y la mía al pie de un rosal que se está abriendo al verano que se anuncia. Dos mentes racionales, llenas de ideas confusas, pensamientos prolijos y parámetros contradictorios. Tu mente y la mía, eternas enfrentadas, caballos desbocados huyendo del corazón común que ha escapado despavorido de la cruenta batalla librada durante el invierno.

Hemos abierto las puertas tímidamente, como amantes que tienen miedo de reconocerse en lo no dicho, en lo escondido, en el tiempo perdido sin haber expuesto el amor.

Antes de la piel, antes del deseo, en el momento exacto en que he visto que llorabas por dentro, he sabido que todavía me sigues amando…

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Post escrito y publicado en Julio 2012



¿A quién quieres más: a tu papá o a tu mamá?


Cuando yo era niña los psicólogos eran seres de otro planeta que salían en las películas americanas y nada tenían que ver –ni interferir- en la educación que se daba por estos lares a los infantes. Así que crecí –como tantos otros- soportando la culpa de haber preferido por lo bajini al progenitor inadecuado. Es decir: que me devanaba los sesos intentando encontrar la respuesta correcta para quedar bien y no fue hasta muchos años después cuando descubrí que lo erróneo no estaba en la respuesta sino en la pregunta.

Ayer volví a meter la pata (parece mentira, a mis años y no aprendo) y cuando una de mis hijas me preguntó que quién era la persona a la que más amaba en el mundo, durante un nanosegundo, mi mente viajó al pasado y volvió al presente y en ese corto trayecto pergeñó la respuesta equivocada una vez más. (Y me gané una buena bronca y con razón).

¿Por qué no soy capaz de decir en voz alta que la persona a la que más amo en este mundo soy yo misma? Pues porque me he pasado toda la vida con la creencia de que el amor bien entendido empezaba por amar a los demás –o por lo menos a los más cercanos- y guardar los restos (si los había) para mí. ¡Pero si me conozco todas las teorías, si suscribo todos los postulados y he pagado en mis carnes todos los errores! ¿Cómo es posible pues que no acabe de decidirme a ponerme la primera de la lista en el ránking ese de los amores? ¡A ver si va a resultar que tengo la autoestima baja de baterías!

Nos dijeron que si amábamos seríamos amadas. Nos contaron el cuento del amor que todo lo da sin esperar nada a cambio (hasta un avispado mercachifle le dio forma de medalla y se vendieron miles) y que este era un valle de lágrimas y tal y cual. Y a falta de elementos comparativos nos lo fuimos creyendo todo a pies juntillas hasta que la vida vino a contarnos la versión para el extranjero que nos había sido –cuidadosamente- ocultada.

Y resultó –para más inri- que esa historia no se la habían contado a quienes jugaban con tirachinas, sino solamente a las que llevaban una muñeca cogida de la mano. Con el paso del tiempo –mucho tiempo- y la agonía del amor –mucho amor- tantas mujeres han debido enfrentarse a una realidad en la que el AMOR con mayúsculas ya no es lo que era sino que se ha convertido en resabios aprendidos, inercia de mil sacrificios inanes y lo que es peor, la conciencia de haberse dejado engañar.

Nunca es tarde para rectificar. Aunque sea poco a poco y con dolor.

En fin.

(Dedicado a las mujeres que necesitan empezar de una vez por todas a quererse a sí mismas)

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martes, 5 de agosto de 2014

Tomaduras de pelo


La verdad es que, con la edad, no he aprendido gran cosa; sí, ya sé que “debería”, pero es que las lecciones que ofrece la vida las he dejado pasar porque si lo aprendo todo luego ya no tengo que ir más a clase y…¿qué haría? Bromas aparte, hay cosas que no aprenderé jamás, aunque viva cien años, que espero que no. Una de ellas es saber cuándo me están tomando el pelo y cuándo no; quizás es que me falta sentido del humor, ya se sabe, esa rigidez típicamente vasca que me hace entornar los ojos, arrugar el entrecejo y pensar que no entiendo nada. Me pasa en lo cotidiano, me pasa en lo importante y me pasa en el amor.

Que me tomo las cosas muy en serio, porque soy una mujer seria, y no capto los matices superficiales del asunto o interpreto de manera literal lo que puede ser tomado de varias formas superficiales y ahí me doy el golpe yo sola sin remedio. ¿Ejemplos? Uf, a montones.

Desde que me llamen de la tele vasca para participar en un debate y cuando llego me digan: “tú quítale la palabra a los de enfrente y con eso ya vale”, cuando yo pensaba que aquello iba en serio, tonta de mí. Hasta que un tipo con el que estuve varios años saliendo, con anillo de brillante y todo, me dijera un buen día que “no estaba preparado para el compromiso” y yo que pensaba que aquello iba en serio, tonta de mí.

Será que me toman el pelo porque tengo mucho, que si fuera hombre y luciera calva pelada no se atreverían conmigo, digo yo. También me ocurre que soy de las que paga religiosamente todo lo que gasta de un bien común y hay que ver la cara que se me pone cuando veo que los demás se escaquean vilmente y se ríen a mi cara por “ser tan ingenua”. ¡Vaya por Dios, otra tomadura de pelo más!

Sin contar con que casi voy a cumplir los sesenta y todavía no he sido capaz de comprender por qué la gente dice una cosa y luego hace todo lo contrario, por qué quien habla de amor (incluso de amor a DIOS) es incapaz de amar a quien tiene más cerca, cómo se incumplen promesas deshaciéndose de ellas sin pestañear apenas, como si las hubiera formulado otra persona diferente de la que tienes delante, que te mira con cara de y a mí qué me cuentas… Y luego la gente se pelea por un quítame allá esas pajas, por un qué dirán, por un qué pensarán y lo verdaderamente importante, la honestidad, la lealtad, quedan ridiculizadas en los temas que son vitales.

A mí es que es muy fácil tomarme el pelo, de verdad, lo puede conseguir prácticamente cualquiera que se haya ganado mi confianza y mi cariño. ¡Qué le vamos a hacer!

En fin.

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Post escrito y publicado en Julio 2012



El monstruo que todos llevamos dentro


Vacaciones y lectura son conceptos inseparables para quienes tenemos muy clara nuestra lista de prioridades aplicable al tiempo de ocio. El placer comienza en la elección del libro a degustar; como un cocinero sibarita que va al mercado de buena mañana a la caza y captura del producto de temporada fresco y delicioso, así recorren mis ojos ávidamente los estantes de la biblioteca municipal con ciertos deseos en la “lista de la compra” pero siempre dispuesta a dejarme tentar por lo inesperado. Ya con el libro elegido en la mano, acariciándolo y anticipando el disfrute, el siguiente paso consiste en la elección del lugar y el momento adecuado. Justo después de la hora de la siesta y el frondoso jardín me parecen el entorno y momento idóneos; una silla medio reclinable y los pies sobre la yerba hacen el resto.

Características:

• Funciona con motor y batería de 6v

• Acelerador en el pie y freno eléctrico

• Alcanza una velocidad de 3.2 Km./h

• Batería y cargador incluidos

• Marcha adelante y marcha atrás

• Faros imitación xenón

Medidas: 89,5 X 64,5 X 70

Peso: 13,5 Kg.

Del respingo, el libro “El país de las mujeres” de Gioconda Belli, salta por los aires mientras un subidón de adrenalina hace que mi corazón se desboque hacia la estratosfera. Un bramido –mezcla de coche de Fórmula 1 y burro al que apalean los ijares- surge desde el jardín vecino invadiéndolo todo: el espacio, el tiempo y cualquier otra dimensión imaginable. Oteando entre el seto de pinos cipreses que separa mi vida del resto del mundo observo el engendro artífice de tamaño estruendo tripulado por una criatura del sexo masculino y cara de protagonista de un road movie de clase b. Se desliza por el empedrado que circunda la propiedad –la suya-, llega hasta el murete final (con el que topa de frente y sin paliativos), mete marcha atrás (ver características) y alcanza su velocidad de crucero al son de los “bruummm,bruummm” emitidos por el feliz piloto.

Una y otra vez, durante más de veinte minutos, la dulce criatura disfruta de los privilegios de la infancia gracias a la muy rentable inversión de su parentela que les permite librarse del infante sin riesgo alguno (aunque no lleve casco no creo que pueda volcar) durante el tiempo de carga total de la batería del invento.

Odio a los padres, odio a los niños, odio al fabricante de la mierda de juguete ese, odio mi mala suerte, odio al monstruo que todos tenemos dentro y que –en esta tarde que se adivinaba (y deseaba) maravillosa- pugna por salir para cometer cualquier desaguisado.

Cruzo los dedos y elevo mis ojos en muda plegaria al cielo. Calculo las posibilidades del azar y las de una batería de seis voltios. Me encomiendo a Gioconda Belli e imagino mi cuerpo elevándose por los aires, alejándose de la mujer que está sentada con un libro en el regazo y con la cabeza reclinada sobre el hombro derecho. A pleno rendimiento quedan 8 minutos más. A partir de ese momento comienza a escucharse el petardeo inconfundible de una batería que empieza a agonizar.

Doy las gracias a quien sea mientras en el jardín de al lado se escucha el grito desesperado del infante: “Papaaaaa, que el buga se ha quedao sin pilas….!!!”

Qué difícil es acceder a la cultura libremente en este país.

En fin.
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*Post escrito y publicado en Julio 2011

lunes, 4 de agosto de 2014

Mejor una urticaria que una amiga como tú

 
No es que yo tengo muchas amigas, pero las que cuento con los dedos de las manos son de esas mujeres que quieren mi bien y cualquier crítica que reciba de ellas está encaminada a mejorar mi situación. Por eso me quedo extrañada cuando tengo que escuchar comentarios dirigidos a mi persona por parte de quien no me conoce bien y mucho menos es poseedora de mi cariño con mayúsculas. Con este pequeño prolegómeno ya he creado el ambiente necesario para introducir en los próximos dos párrafos a una de esas amigas a las que ves de ciento en viento y que tan sólo se arriman a ti cuando la conveniencia –la suya- toma el timón.

Por cercanía geográfica coincido con “X” un par de veces al año; y como siempre, le invito a mi casa a comer, a bañarse en la piscina o a disfrutar del jardín. (Ahora me paro a pensar si no es ella la que se autoinvita). Como tan sólo nos vemos de higos a brevas y servidora tiene mala memoria para las tonterías se me olvidan las que ella me hace cada año y cuando volvemos a vernos, ese déjà vu me sacude como un calambrazo. Vaya –pienso- ya he vuelto a morder el anzuelo…

Lo primero que me dijo, después de los ósculos de rigor, es que había adelgazado mucho –lo cual es cierto- pero que quizás demasiado, que tenía cara como de haber estado enferma. (Pues no) No obstante, haciéndome un reconocimiento orbital, aseguró que lo que me queda en la tripa, eso, a mi edad, ya sólo se arregla con cirugía… (¡Qué horror, ahora que he conseguido rozar los 60…kgs.!) Y el pelo, ¿cómo lo llevo tan largo? ¿acaso no sé que se debilita y pierde brillo y prestancia? ¡Debería hacérmelo cortar! (Antes muerta, vamos, lo juro). En la playa, en bikini no podía ya esconder nada de mi anatomía y se explayó acerca de las venillas que se me veían sobre las rodillas… aunque bueno, de celulitis no ando mal (no sé si quería decir que voy sobrada o que tengo la justa para la edad). A la hora de la comida –que cociné con mimo y esmero- pidió refresco con burbujas para beber porque “el vino engorda” y de postre quiso que hubiera helado (que no había) así que tuvimos que ir al bar más cercano a tomar café y el helado de marras. (Se me había olvidado decir “no”)

La sobremesa no fue muy fructífera porque, de vuelta a casa, se quedó dormida en el jardín. Durante ese rato de descanso mental que me brindó estuve pensando qué hacía que una mujer que siempre se había sentido feliz con nuestra recíproca amistad, de repente, se volviera crítica y nada delicada en sus apreciaciones y comentarios.

A la media tarde, propuse diéramos un paseo por la orilla del mar y así rematar el día antes de que ella volviera a coger el bus y se fuera a su casa. En mala hora. Aprovechó mis pocas ganas de hablar para hacerme varias recomendaciones de cómo combinar el vestido que llevaba puesto con unas sandalias “más adecuadas”, me insistió en que por mucho que yo los defendiera los hombres son todos unos impresentables y se marchó sin hacer el más mínimo gesto por pagar las últimas consumiciones que hicimos en el chiringuito porque “se moría de sed con la comida que le había puesto”. (Ensalada de aguacate, canónigos y setas, gambas a la plancha y almejas a la marinera. De postre, crema catalana que también se comió.)

Lo más triste fue la sensación de alivio que me invadió cuando le vi marchar.

Ahora tengo que reflexionar sobre si estoy enfadada porque me ha dado cuenta de que es una gorrona o es que no aguanto que me hagan la autopsia estando viva todavía.

En fin.

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*Post escrito y publicado en Julio 2011

Eligir cómo vivir; una decisión comprometida

Está claro que, conforme nos van estragando los años, cada quien se asienta más firmemente en los convencimientos que se han ido madurando en la personalidad como frutos en un huerto que no siempre ha sido bien cuidado y sí muchas veces pasto de granizos y sequías, plagas y parásitos. Lo que para uno son costumbres para el otro son manías y es muy difícil concitar pareceres diversos dentro del mismo redil; mi pequeña libertad se viste de desafuero en el otro y la opresión consentida con resignación (cristiana o de la otra) gritará y romperá barreras según quien sea el sujeto que deba padecerla.

Tener más de cincuenta años y ver que la propia existencia está todavía por encarrilar tiene que ser, si no frustrante, sí por lo menos exasperante, sobre todo cuando se ve a tantas personas que vuelven a “rehacer su vida”, a encarar el día a día con un nuevo talante, con ilusiones renovadas –aunque parezca ingenua la expresión- y con esa sensación inmaculada de tener toda la vida por delante.

En estas –o similares- encrucijadas nos encontramos (y nos saludamos circunspectos) muchas mujeres y hombres de mi quinta, de mi entorno, de mi misma ciudad; gente que nos conocemos “de toda la vida” y que seguimos viviendo con la cabeza alta a pesar de que nos hayan dado unos cuantos pescozones, con una mezcla de orgullo y decepción mal disimulada.

Ahí es donde se nos presenta la decisión más difícil de todas, la de elegir cómo vivir los años que nos quedan por delante sin dejarnos avasallar por los años que nos empujan por detrás. Conozco a más de una persona –hasta la medio docena incluso- que han tirado la toalla y preconizan las mieles de la soledad (el famoso “cada uno en su casa y Dios en la de todos) y han cerrado puertas y levantado barreras a cualquier posible avance afectivo/amoroso.

Luego estamos los otros: los ingenuos que no perdemos la esperanza de que todavía quede en esta ciudad, en este país, en el mundo entero incluso, esa persona (única y definitiva) dispuesta a recorrer lo que quede del camino de la forma en que el corazón ha elegido y la razón ya no tiene mucho que opinar: en pareja de dos.

En fin.
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* Post escrito y publicado en Julio 2011