UNA MIRADA ALTERNATIVA A LA VIDA DESPUÉS DE HABER CUMPLIDO LOS 50. CON UN MARTILLO ROMPE-TÓPICOS Y UNA SIBILINA BARRENA DESTROZA PREJUICIOS. DESDE LA ÓPTICA FEMENINA Y QUIZÁS POR ELLO MÁS INTERESANTE PARA EL HOMBRE.
sábado, 10 de octubre de 2015
Crecimiento personal. "La vida pasa y nos quedamos en el andén"
Pocas cosas hay en este mundo que me den más satisfacción que cuando una persona querida, alguien amigo, cuenta conmigo para realizar algún plan en común. Esa sonrisa que sale del corazón al sentir que somos “especiales” para alguien, que nuestra compañía es deseada, que no nos hemos vuelto invisibles. Pero cuando más feliz me hace esta circunstancia es cuando menos proclive estoy a aceptarla… y me explico.
¡Qué fácil y sencillo es todo si tenemos el viento de popa, la salud en su sitio, la autoestima en el ático y todos los días alguien nos da un abrazo de veinte segundos! Entonces pensamos que todo nos es debido y que, precisamente, que nos llamen para compartir, que nos inviten con cariño, nos parece que forma parte del orden natural de las cosas. Entonces, aceptamos encantados de la vida las propuestas a una salida, una cena, una fiesta o una sesión de cine. Todo está en su sitio y bien ordenado.
Pero la cosa cambia cuando estamos metidos en los recovecos de nuestra conciencia y sentimos que tenemos “la moral baja”. Entonces no valoramos la atención del otro, rechazamos (amablemente, eso sí) participar y compartir, nos recluimos en nuestros aposentos y…dejamos pasar la vida. Incluso, en algunas ocasiones, nos vestimos de auto-conmiseración y enviamos el mensaje de que “no estamos para nada”. Luego, claro está, si nos toman al pie de la letra y no nos vuelven a llamar en tres meses sentiremos que somos tratados con injusto desdén…
Al final, es el eterno tema de girar alrededor del propio ombligo. ¿Que me siento bien en mi propia piel? ¡Todo perfecto, vamos de excursión, contad conmigo! ¿Que no soporto mi propio pellejo? ¡Dejad que me lama las heridas, no quiero hacer ningún esfuerzo!
Es en este tipo de situaciones –que me ocurren con alguna frecuencia- cuando me doy cuenta del PODER que tengo dentro de mí para CAMBIAR las situaciones.
¿Por qué cuando nos ofrecen amor y cariño lo rechazamos en vez de aprovecharlo para sentirnos un poco más felices?
Tenía yo un amigo al que, cada vez que le llamaba para ir al monte o al cine o a silbar a la vía, me salía con que “no estaba bien”, que “no tenía ganas de nada” y lindezas por el estilo. Un día me planté y le dije que si rechazaba a los demás acabaría quedándose solo y me miró con ojos de decirme…”¿Y qué?”. Bueno, hace ya mucho tiempo que no le veo ni sé nada de él; yo dejé de llamarle y creo que los demás también…
Por eso me he vuelto muy cuidadosa a la hora de RECHAZAR muestras de amistad y de cariño por parte de los amigos. Estoy convencida de que el día de hoy, soleado, hermoso, primaveral, no volverá a repetirse mañana por mucho que yo lo desee; soy consciente de que cuando la vida me ofrece sumarme a su fiesta y me pilla un poco “baja de moral”, me compensa con creces hacer el esfuerzo de vestirme de sonrisas e incorporarme a ese tren que hoy está pasando por mi estación y mañana… ¿Quién sabe si volverá a pasar?
Si estoy sola y quiero vivir murrias personales es mi opción libre de hacerlo; pero si en ese momento alguien llama a mi puerta para ofrecerme un regalo y lo rechazo estoy corriendo un riesgo absurdo: el de que no me lo vuelvan a ofrecer…
En fin.
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viernes, 9 de octubre de 2015
Escritura positiva
Ando enfrascada estas últimas semanas en la lectura; una forma como otra cualquiera de empezar el nuevo año saliéndome de la rutina habitual de hacer pequeñas cosas sin tomar demasiada conciencia de ellas. Mi auto-regalo de cumpleaños fueron media docena de libros escogidos con cariño, ilusión y deseo de que me proporcionaran muchas horas de silencioso, fructífero y puro deleite intelectual, mental y espiritual.
A la hora de elegir mis lecturas incido en el mensaje positivo del escritor; no me basta con que me cuente una historia que me entretenga sino que prefiero que, dentro de esa historia más o menos novelada, se encuentre un trasfondo enriquecedor producto de las reflexiones profundas del autor y que me arrastre completamente a participar del festín. No pretendo que atrape mi atención para proporcionarme divertimento, distracción y recreo superficial, todo eso es demasiado fácil. Lo que busco –y no siempre encuentro- son escritores que transmiten desde el positivismo, desde la esperanza, desde la posibilidad de evolución del ser humano.
Los voy conociendo poco a poco –y siempre agradezco que alguien me señale alguno- y disfrutándolos página a página, pensamiento a pensamiento. Y lo curioso es que no suelen ser grandes filósofos ni enjundiosos pensadores sino personas normales y corrientes que quieren compartir sin demasiada alharaca las experiencias sufridas en propia carne.
Y curiosamente son personas que escriben sobre cosas que ayudan a olvidar los problemas en vez de hacerte pensar más en ellos… Los problemas están ahí, presentes cotidianamente, -la falta de trabajo, la falta de amistades, la falta de fuerza- y la paradoja es que, hablando de trabajo, de amigos y de tesón, uno siente que el mensaje es positivo y que surgen nuevas ganas de luchar por superar los pequeños descalabros que nos acontecen.
Cuando alguien deja de quererte –por poner un ejemplo cualquiera- a veces es mejor leer sobre personas que viven el amor con éxito que enfrascarse en la lectura de historias de tristeza y amores turbios. Hay una escritura positiva que llega con la imparable fuerza del mensaje asertivo y directo, porque hay personas que prefieren mirar hacia delante en vez de quedarse estancadas en las brumas del ayer.
En fin.
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jueves, 8 de octubre de 2015
Consejos vendo y para mí no tengo
Seguro que todos conocemos a una o varias personas que tienen por costumbre andar diciendo cómo hay que actuar en determinadas circunstancias y ellas hacen todo al revés de lo que aconsejan. Esas personas –y me ha tocado lidiar con unas cuantas- me han proporcionado una de las mejores enseñanzas que he tenido en esta vida, porque mirándoles hablar y luego actuar me han mostrado el camino que NO he de seguir.
En realidad, el problema surge de cuando alguien quiere acercarse al “camino de perfección” (al de Santa Teresa, no al de Baroja) en vez de quedarse en su sitio, que es el de seres humanos falibles, con defectos, normales y corrientes, de esos que metemos la pata a menudo y vamos aprendiendo las lecciones de la vida, y pretende erigirse en “modelo” y el que no haga como ellos está condenado de antemano.
Servidora, desde el lugar que me ha tocado en el patio de butacas, mira al escenario donde se lucen los protagonistas de esta tragicómica historia.
Como generalizar es malo (y de poco inteligentes) hablaré del tema de uno en uno. ¿Quién no conoce a UNA persona que se ducha con agua bendita –por decir algo- y luego practica la falta de caridad cristiana con los demás? ¿A quién no le ha tocado padecer los consejos de UNA persona que se erige con la verdad absoluta y su vida personal es un auténtico caos? ¿Acaso no conocemos todos a UNA persona que en la calle va como un pincel y en su casa parece un homeless? Y por no hablar de quien cuida y preserva su imagen de ser equilibrado no diciendo una palabra más alta que la otra en público y en la intimidad pega unos gritos histéricos que no hay quien le aguante. Y sin olvidar a quien se reviste de un halo de espiritualidad y en cuanto se escarba un poco tiene su casa interior llena de rencores e inquina.
Pero releyendo el párrafo anterior, en el que se muestra un abanico más que completo de las “miserias” del ser humano, me doy cuenta de que he transitado yo también por esos tortuosos pasillos oscuros, húmedos y con telarañas… y llego a la conclusión de que, quizás, la única manera de resultar mínimamente coherente con uno mismo sea actuar con sinceridad no intentando “vender la moto” de una perfección basada en el tan utilizado aforismo de “consejos vendo, para mí no tengo” y trabajarse uno mismo el tema dejando en paz a los demás.
Así que, visto lo visto, la conclusión –personal- del post de hoy es que me alejo todo lo que pueda de quienes dan consejos de cómo ser perfectos siguiendo el manual de la mesilla de noche en vez de trabajar con las imperfecciones que se despiertan cada mañana con nosotros. Que ahí es donde nos duele a todos; por lo menos a mí.
En fin.
LaAlquimista
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miércoles, 7 de octubre de 2015
Crecimiento personal. "Cómo afrontar una agresión"
La difícil comunicación entre las personas lleva en no pocas ocasiones a situaciones lindantes con lo puramente surrealista. Unas palabras dichas con poco fuste o fundamento o un despiste visual en el cruce entre dos calles, pueden ser interpretadas como una agresión o un desplante inadmisible.
Quizás es que estamos ya todos tan estresados, aceptamos de una manera tan natural el hecho de que vamos a ser objeto de cualquier agresión en el momento menos esperado, que nuestras “antenas” van captando la ofensa incluso antes de haber sido concebida. Todo nos agrede, todo nos ofende; por lo menos con el primer impacto, al que saltamos como empujados por un resorte incontrolable.
Vemos la agresión en el apabullamiento y en la indiferencia, en lo que se da por exceso y lo que se reprime por defecto. Si llamo mucho o no llamo casi nunca, todo es objeto de minucioso escudriñamiento para detectar el posible grado de “intención” de hacer daño. ¡Qué vulnerables nos hemos vuelto, qué susceptibles también!
Estoy aprendiendo últimamente que, ante supuestas “agresiones” hay tres maneras de reaccionar.
- Cambiar
- Huir
- Aceptar
Entendiendo por “agresión” también cualquier situación recurrente, que se alarga en el tiempo, produciendo malestar continuado y sin visos de solución aparente.
¿Cómo cambiar una situación que nos resulta inconfortable si ya sabemos rotundamente que “al otro” no se le puede cambiar? Pues no queda otra que cambiar la PROPIA ACTITUD ante lo ocurrido y… ver qué pasa.
También está la muy común y no siempre práctica
huida de la realidad. Como esos monos que se tapan los ojos, cierran sus oídos y amordazan su boca. Y que se supone que se mantienen en esa posición, impertérritos, años y más años, hasta que la muerte les llama a la puerta y se van sin haber tenido ni pena ni gloria en la jungla de la vida.
La aceptación de una situación que nos resulta dolorosamente agresiva para la dignidad y la paz interior tan sólo puede llevarse a buen fin si la persona tiene “madera de santo” y le importa bien poco en qué posición se halle su ombligo con respecto al resto del mundo. O tenga tan poca confianza en lo que se da en llamar dignidad o autoestima que sus fuerzas se han quedado igual que la tierra cuando se desborda el río: inservibles.
De estas tres posibilidades me quedo –una vez más- con la primera de ellas. De lo poco de lo que soy dueña es de mi propia actitud ante la vida, ante las gentes, ante las agresiones… Es la libertad primigenia y última que nunca nos ha sido quitada ni se nos quitará. En nuestras manos está utilizar este “comodín” tan efectivo como de difícil manejo.
En fin.
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Apartirdeloscincuenta@gmail.commartes, 6 de octubre de 2015
Yo domino el francés si es bajito y se deja
Estaba el otro día sentada en un banco del paseo de La Concha, ensimismada en “el marco incomparable” y con la mente perdida en los espacios siderales cuando un señor, inequívocamente un turista, se dirigió inequívocamente a mi persona y en francés de Molière me preguntó donde estaba la estación.
- “Où est la gare?”.
Ni “bonjour” ni cristo que lo fundó, a palo seco y directo a matar. Le miré con cara de no comprender y él, ni corto ni perezoso, volvió a interpelarme en su lengua:
-“Où est la gare?”.
Ah, bueno, pensé, es el típico espécimen maleducado que se cree que aquí somos tataranietos de Asterix y que todos hablamos su lengua. Así que, me levanté –por aquello de ponerme a su altura- y le dije en francés de Flaubert:
-“Bonjour, Monsieur, voulez-vous quelque chose?”
Entonces él se esponjó y pilló carrerilla para explicarme que tenía que coger el topo para ir a Hendaye pero que andaba un poco perdido… Entonces, haciendo acopio de paciencia, insistí:
-“BONJOUR, Monsieur”.
Pues nada, que vuelta y dale a lo del topo y que de “buenos días” rien de rien. Así que extendí mi brazo derecho –como la estatua de Colón- y señalé inequívocamente hacia el túnel del Antiguo. Cuando ya se alejaba de mí, le dije:
-”De rien!”
Luego me dio un poco de pena y pensé que podía haber sido menos cruel con él; pero eso lo pensé con el cerebro, no lo sentí con el corazón.
Así en la vida, a veces nos avasallan, a veces avasallamos y en ambos casos se restablece el equilibrio que pone las cosas y a las personas en su sitio. Tan sólo hay que esperar un poco y cada pieza vuelve a encajarse. Indefectiblemente.
En fin.
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lunes, 5 de octubre de 2015
Crecimiento personal. "¿Cambiar el mundo? Mejor me cambio a mí mismo
Cada vez soporto con menos paciencia y más incomodidad el discurso que introducen en la conversación esas personas que tienen opinión, juicio y crítica sobre todos los acontecimientos que hacen estremecer la superficie del planeta. Esos que se llenan la boca de adjetivos (des)calificativos y los escupen encima de los demás: de políticos, empresarios, faranduleros, artistas e intelectuales. No dejan títere con cabeza y a todos les sacan pegas y no paran mientes en denuestos continuos. Un castigo para quien tiene que escucharlos.
Son esas personas que “arreglan el mundo” en un pispás, esos listillos de barra de bar que no tienen rubor alguno en proclamar la gran cantidad de “soluciones” que ellos aportarían para dar la vuelta a los problemas de la humanidad…si a ellos les dejaran.
Como casi siempre son estultos reconocidos sin fuste alguno, no pasan sus exabruptos la frontera que separa el territorio de la estupidez del sentido común; no obstante, hay un peligro muy grande. Y es éste que nos estamos acostumbrando a pensar que “el mundo tiene que cambiar” y apartamos –como si una idea apestosa fuera- la posibilidad de cambiar nosotros.
¡Ahí nos duele a todos! Porque… ¡qué fácil es desear con todas nuestras fuerzas que el mundo –y sus habitantes- cambie mientras contemplamos la vida desde el sillón de la sala y frente a la televisión!
¿Cambiar el mundo? Con no poco cansancio he llegado a la ciénaga donde habitan la decepción y el desencanto y no me gusta sentirme así, quiero hacer algo por mí misma para cambiarlo, para cambiarme.
La HUMANIDAD con mayúsculas se compone de Humanos con minúsculas, como yo misma, una hormiguita más cuya labor puede llegar a formar parte del ejército que salve el hormiguero…de sí mismo.
Observo mi camino, las piedras que se me atraviesan, la lluvia que me moja hasta los huesos, escucho la voz que me grita desde dentro y que tanto me enseñaron a acallar con ruidos externos. Observo mis pensamientos, las ideas que producen, los actos que puedo llevar a cabo y que se me abortaban vencidos por el miedo y que descubro con no poca alegría que todavía tienen valor, que puedo mejorar mi “receta vital” añadiendo ingredientes que antes me parecían poco adecuados y dejando de utilizar otros cuyo sabor no hacía más que estragarme el estómago…y la moral.
El mundo no sé si podrá cambiar, pero yo desde luego, sí que puedo cambiarme a mí misma. Le llamo aprendizaje, evolución o crecimiento, tanto da. Lo que me importa es tener la convicción de que el cambio es posible. Y sí, sí que intento convencer a los demás de ello…
En fin.
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domingo, 4 de octubre de 2015
Crecimiento personal. "¿Cuándo se termina de aprender?"
Esta frase tan simple e inocente me la hizo mi hija pequeña hace ya muchos años cansada, quizás, de tanto colegio. Supongo que le contesté en plan “amatxito que lo sabe todo”, pero nunca se me olvidó su inquietud…
Bien es cierto que hay dos caminos (en realidad hay muchos, pero dos básicos): aquel que nos hace estar despiertos, inquietos, experimentando de continuo, el camino difícil, el duro, el que no está demasiado transitado y el otro, mucho más cómodo aunque esté abarrotado de gente, que está lleno de letreros e indicaciones sobre cómo hay que hacer las cosas, con menos necesidad de discernimiento y pensamiento crítico.
No es que yo haya elegido un camino de crecimiento personal que me lleve a pensar que soy más o mejor que nadie; tampoco quiere decir que tenga tantas inquietudes internas que estoy a punto de pasar al otro lado del espejo. En realidad, yo fui muy comodona –como tantas otras personas- mientras viví bajo la férula familiar, mientras me ponían la comida en el plato y se iban cumpliendo los hitos previstos para la hija primogénita de una “buena familia”.
Lo que ocurrió es que, en algún momento entre los diecisiete y los veinte años tomé la decisión de intentar empezar a salir del rebaño, con disimulo primero y con luz y taquígrafos después. Fueron tiempos revueltos en lo interior, de mucha fractura emocional y desescombro afectivo, todo ello bajo las nubes tormentosas de una mente que empezaba a ser “racionalista” justo cuando tan sólo había tenido tiempo de ser un poco “racional”.
¿Por qué no me conformé con vivir la vida que mis padres habían dispuesto –con la mejor de las intenciones- para mí? Mientras yo creía –ufanamente- que tenía mucha “personalidad” andaba buceando en los diferentes niveles que se me ofrecían. Quería “darle sentido a la vida”, pero que fuera MI sentido, no el que convenía a los demás, una elección tomada en libertad lejos de las presiones familiares y de eventuales chantajes emocionales.
Si alguna vez tuve graves problemas de relación con los demás –que los tuve- estoy convencida de que empezaron a larvarse en aquella época adolescente o incluso infantil, en la que mi temperamento no siempre iba al mismo paso que mi carácter haciendo que saltaran chispas que, antes que a los demás, me quemaban a mí…
Luego fui comiéndome los años de cinco en cinco y acumulando lo que llaman “experiencia” que es una palabra rimbombante que lo mismo engloba una existencia rica en estímulos y gozos como una anodina vida con autobiografía casi plana.
Cada situación, cada vivencia acumulada a lo largo de todos estos años ha ido tejiendo una urdimbre complicada e inextricable, imposible de explicar con palabras sobre todo teniendo en cuenta que tampoco tengo muchas ganas de ahondar en ella para incluirla en mi currículum vitae…público.
Hay cosas que no se pueden contar en un blog. De hecho, hay cosas que no se pueden contar casi en ningún sitio, por eso el aprendizaje no acaba nunca, debo seguir “yendo al cole” aunque me crea a veces que ya me sé la lección…
Porque no debemos apoltronarnos creyendo que, a nuestra edad, ya no tenemos casi nada más que aprender.
Yo, la primera.
En fin.
LaAlquimista
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