domingo, 5 de abril de 2015

¿Acabaré pareciéndome a mi perro?


 

Aburrida estoy de escuchar frases manidas con respecto a mi perrillo del tipo: “ya verás cuánta compañía te hace” o “dan mucho cariño”, porque yo respondo invariablemente que, para compañía y cariño, yo prefiero la de las personas/humanas no la de ningún animal por muy leal, generoso y dócil que sea. Ya lo siento, por ahí no paso, igual es que es “corporativismo de género” y me gustan más los humanos que otras especies.

También dicen que son muy inteligentes los perrillos como el mío y no sé yo si son inteligentes, pero desde luego, a cabroncete al mío no le gana nadie, ni siquiera un novio mosqueado. Basta con ver lo que hace cada vez que me voy sin él a la calle, no importa que sea por poco o mucho tiempo, a la compra o de cena por ahí, le explique yo o no adónde y con quién voy –manda narices- o me vaya dando un portazo sin decirle ni adiós. El caso es que a mi vuelta, ya puedo estar segura de que me voy a encontrar con el “regalito” pertinente en la cocina. Y si te descuidas, marca hasta la propia camita donde duerme… (Un poco elemental le veo yo).

Tampoco importa demasiado si le pongo su comida en el cuenco cuando le toca comer y se la traga a bocados sin masticar nada, una auténtica máquina succionadora de lo que le pongas; si al cabo de diez minutos me siento yo a comer, él pide y pide más. Obviamente, darle algo contribuiría a producirle un empacho más que notorio. (Qué elemental es mi perrito)

Ya ni te cuento si se trata de compartir el mismo espacio; estoy viendo una película y me mira con ojillos de cordero degollado; menea la cola y se acerca como pidiendo perdón para ver si le acojo en mi regazo o en el sofá a mi lado. No para hasta conseguirlo, cosa de veinte segundos y ya está otra vez saltando al suelo, habiendo comprobado que puede salirse con la suya y dominarme. (Qué ingenuo eres, pobrecito mío).

Compañía, lo que se dice compañía, más bien poca, excepto que le llamemos así a pasarse unas veinte horas al día enroscado sobre sí mismo durmiendo –otras veces lo hace a lapatalallana, abierto como un pollo esperando a la barbacoa-. Cuando está despierto suele ser porque lo he sacado a la calle en cuyo caso no está pendiente de mí aunque le llame a gritos o le tire de la correa. Él a lo suyo, a olisquear orines o rastros de hembras en celo aunque hayan pasado por ese lugar dos días antes; ¿de dónde saca tanta capacidad de miccionar, aquí y allá, levantando la pata cada dos minutos cada vez que necesita “marcar” el territorio? Porque agua bebe poquísima, se parece a mí, si no hace mucho calor no le gusta ni por asomo.

Algunos días me lo llevo en mis correrías y lo único que quiere es sentarse quieto al lado de la silla donde yo esté; si voy de pintxo-pote va comiendo las migajas de croquetas o tortilla de patatas que caen al suelo –supongo que algo más también pillará, digo porquerías, claro. Cuando se agobia de tanto humano pide cuartelillo y como es pequeño –no llega a 4 kgs. de peso- siempre hay un alma caritativa que lo coge en brazos –es decir, yo- o una amiga con un bolso de Prada que se lo guarda dentro.

Otras veces le hago que me acompañe a patear la ciudad y va con su trotecillo ligero hasta la desembocadura del Urumea sin quejarse. Allí, debe de haber una muga imaginaria canina, se sienta y descansa. Si pasamos por el Boulevard tira de la correa hacia las paradas de los autobuses y, cuando le cojo en brazos preceptivamente, apoya sus patas en la ventanilla y mira pasar la ciudad camino de casa.

Y vuelta a empezar. Todos los días lo mismo. Ni se cansa ni se aburre ni protesta ni está especialmente alegre. Es un perro “de diseño” que ha perdido –si es que alguna vez la tuvo- su conciencia lupina. Ideal para “dar cariño y hacer compañía”, pero después de un año viviendo juntos seguimos sin cogernos el tranquillo. Soy una mujer demasiado movida para el perro tranquilo que es él.

Dicen que los dueños de perros acaban pareciéndose a sus perros; no sé yo si ese es el futuro que me espera, como no sea que se me vuelva todo el pelo blanco, como lo tiene él.

Es obvio que Elur “es” el perro de mi madre; tiene su mismo ritmo de vida, pausado, tranquilo. Si lo hubiera elegido yo en vez de “heredarlo” tendría ahora un podenco andaluz…

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:



 

sábado, 4 de abril de 2015

Libros para leer... o quemar.



Quiero compartir mis últimas lecturas, los libros que me han ayudado a vivir un poco mejor durante estos últimos meses. Quizás mi exhaustiva lista pueda ayudar a alguien a elegir qué libro regalar en el próximo "Día del Libro" o, lo que es más importante, cuáles NO regalar, aunque de esos, de los libros “malos” huyo como de la peste y no tengo demasiada opinión que dar, excepto que me quedan miles de libros por leer y demasiados pocos años por delante como para desperdiciar el tiempo leyendo “best sellers” encumbrados a base de publicidad.

De todas maneras soy una lectora ecléctica, picoteo de aquí y de allá, leo menos filosofía de la que debería y demasiada novela negra –lo sé- y me olvidé a los clásicos que leí en su día en lo alto de la biblioteca. Quiero estar al día y leer a autores actuales y sé que me equivoco muchas veces en la elección, pero en mi descargo tengo el hecho de que, lo intento una y otra vez. También tengo una marcada preferencia por las escritoras; me es comprensible y valioso el punto de vista femenino ya que, en demasiadas ocasiones, he perdido el tiempo leyendo un discurso masculino mal atemperado. Pero no es más que una opinión…
 
Lecturas livianas: (para pasar el rato y sin que inviten a la reflexión profunda)

“La edad de la duda” de Andrea Camilleri. Un Montalbano –uno de mis personajes de ficción favoritos- con casi 60 años se vuelve a enamorar. ¿Por qué de una mujer 20 años más joven? Ay, ay, ay, Camilleri…que se te ve el plumero.                                                                                  7/10

 “Las alas de la esfinge” de Andrea Camilleri. Increíble, pero cierto. He cogido de la biblioteca un libro que ya había leído sin recordarlo. Ya empieza el declive memorístico, ¡paciencia!  Una historia sencilla del Comisario Montalbano, ése que “si come no habla y si habla, no come”. Siempre se aprende algo bueno.                                                                                      6/10

“La palabra se hizo carne” de Donna Leon. Esta escritora de novela negra está desgastando a su personaje, el Comisario Guido Brunetti. Crea buena fama y échate a dormir…                                                                     6/10

“El cuadro” de Mercedes Salisachs. Una novelita excesivamente sencilla, moralizante y costumbrista. Esperaba más de una de mis escritoras icono.                                                                                         6/10

“Los caracoles no saben que son caracoles”  de Nuria Roca. Ni sé cómo he podido tener este libro entre mis manos. La historia tiene tan poco interés que me bajo del tren para la página 50.    ---------------------------------------

“Mi vida de niña soldado «  de China Keitetsi. Deplorablemente escrito. Así que renuncio a enterarme de cosas horribles, violaciones, torturas y todo lo que se supone que va a contar. Es un testimonio real, pero también hay que saber contarlo bien. Lo abandono -------------------------------------------------

“La sonrisa de Ariadna” de José Mª Mendiluce. Este señor puede ser una gran persona, pero en este libro se ha quedado a medio camino como escritor. Absolutamente prescindible. Lo abandono -----------------------------------

“Las sirenas de Bagdad” de Yasmina Khadra. Intento de analizar desde dentro los porqués del “honor” que lleva a algunos musulmanes a convertirse en “mártires” kamikazes. Es el mismo autor de “El atentado”, pero esta novela no es tan buena.                                                                                 5/10

“Muerte en el seminario” de P.D.James. Predecible historia del comandante Adam Dalgliesh. Demasiado larga la novela, pero ambientada entre claustros y oficios religiosos. Me ha traído recuerdos de mi estancia en el Monasterio de La Oliva.                                                                                             6/10       

“Todas las muñecas son carnívoras” de Angela Vallvey. Emocionada por la lectura de “Muerte entre poetas” intento leer esta patochada infumable. A duras penas llego a la pag.100 y tiro la toalla.                  ------------------------

“Yo, Cayetana” de la Duquesa de Alba. Se supone que es su autobiografía, aunque es obvio que se la ha escrito alguien. No hay en todo el libro ni un solo comentario especialmente agudo o inteligente o especialmente cultivado. Ni en lo intelectual ni en lo humanístico. Esta señora es vulgar y corriente, de verdad. Absolutamente prescindible.                                         --------------------
 
 


                                                        
Lecturas enjundiosas: (que ayudan a incrementar el acervo cultural a la vez que estimulan el intelecto)

“Baila, baila, baila” de Haruki Murakami. Escrito en 1989 y editado ahora, nos muestra al autor en tiempo pasado, casi nostálgico. Reconozco que hay que ser adicta a Murakami para seguirle por el errático laberinto de muchos de sus párrafos.                                                                                     7/10           

“El progreso del amor” de Alice Munro. Relatos para leer uno al día. Una candidata al Nobel de Literatura de este año que tendrá que esperar…si sigue viva el año que viene. Maravillosa escritora.                                   7/10                     

“Cuentos completos” de Flannery O’connor. Esta escritora era una de mis “asignaturas pendientes”. Sus relatos, escritos hacen más de 70 años siguen siendo actuales. El ser humano evoluciona tan lentamente….           8/10                                                                                                              

“El color del sol” de Andrea Camilleri. Una fábula irreverente en la que el propio Camillero entable relación con Caravaggio. De una lucidez muy entretenida a la vez que culturizante….                                          7/10

“El ojo sentimental” de Javier Reverte. Sus fotografías más queridas con comentarios profundos. O casi. El autor destaca como viajero y escritor, pero no como fotógrafo.                                                                            6/10

 “El atentado” de Yasmina Khadra (pseudónimo de Mohamed Moulessehoul, excomandante del ejército argelino). Atrapante de principio a fin. Cuando lo terminé, dio para muchas horas de conversación y reflexiones sobre el conflicto palestino/israelí y…cualquier guerra.                                         7/10                                                            
“En el mar hay cocodrilos” de Fabio Geda. Desgarradora historia de un niño que intenta huir de Afganistán y del horror de los talibanes. Para no cerrar los ojos a las agresiones tanto del mundo occidental como del oriental.                                                                                        7/10

“Los enamoramientos” de Javier Marías. Marías se supera a sí mismo con una novela que hace pensar y abre paso al deseo de sentir un enamoramiento como el de la protagonista. Aunque sea para volver a sufrir. Es una novela de intriga estupenda.                                                                                    8/10

“El último cuaderno” de José Saramago. Los posts de su Blog. Artículos cortos y ya leídos en otros foros. Bien vale la lectura.                                 6/10

“Iréne Némirovsky” de Elisabeth Gille (su hija). Biografía perfecta, emocionante, de una autora que me suscita el deseo de leer todas sus obras.                                                                                           8/10

“Por ti lo haría mil veces” de Isabel Sartorius. Este libro mereció un post completo en mi blog. Porque tuve que sacar el martillo rompe-prejuicios y darme bien fuerte con él en la cabeza. Sorprendente manifestación sobre la co-dependencia afectiva. Olvidemos el nombre de la autora y aprendamos porque muchas personas pueden verse reflejadas.                                      7/10

“Muerte entre poetas” de Angela Vallvey. Finalista Premio Planeta. Lo comienzo a leer con un poco de prevención y dudas, pero conforme voy avanzando por la historia la emoción me invade. Una sátira pura y dura de la vacuidad del mundo literario en general y de la poesía en particular.                                                                                   7/10

“David Golder” de Iréne Néirovsky. Primer libro, primer contacto después de leer su biografía. Intento imaginármela escribiendo esta novela basada en su propio padre. Buen comienzo.                                                       7/10

“Jezabel” de Iréne Néirovsky. Terrible novela acerca del egoismo monstruoso de una madre que no quiere envejecer. ¿Habla de la suya propia? Todo en sus novelas tiene tintes autobiográficos.                                               8/10

“El ardor de la sangre” de Iréne Néirovsky. Una pequeña novela inédita en vida, que presenta una intriga cuyos personajes son el paradigma del entorno rural. Hoy igual que en los años 30.                                                7/10

“Extraviada” de Marta Fernández Portillo. Poeta sevillana que me cautivó en un recital personal. Princesa caída de la luna otea el horizonte con sorpresa… y en cada poesía suya encuentro un retazo de mí, de lo que fui, de lo que quiero recuperar…                                                                                   8/10

 

Lecturas con peso específico: (para sustraerles la sustancia a base de neuronas)

“El cisne negro”  de Nassim Nicholas Taleb. Un libro mitad científico, mitad filosófico. De cómo lo no-predecible dicta leyes. Altamente interesante, pero que solapa el disfrute con un espíritu racionalista. Ideal para pragmáticos y alumnos de ciencias.                                                                                  7/10

“Liquidación” de Imre Kertész. Premio Nobel, no se hace fácil de leer ni amable en muchos momentos. De nuevo la crudeza de un superviviente de Auschwitz. Desde el punto de vista húngaro, que no es menos complicado de entender.                                                                                     7/10         

“Cómo ser más feliz viajando” de Alain de Botton. Un libro de viajes sorprendente, otra forma de viajar de la mano de grandes y famosos literatos viajeros: Flaubert, Bodelaire, etc.                                                7/10                                                                                       

“Inteligencia emocional” de Daniel Goleman. Repasando los viejos apuntes de las clases de I.E. Volviendo a subrayar, volviendo a aprender en un trabajo que no acaba nunca. Imprescindible.     8/10  

“Los cuatro acuerdos” de Miguel Ruiz. Relectura imprescindible. Porque los buenos propósitos no deben olvidarse. Un libro de reflexión profunda sobre lo bien que podríamos hacer las cosas.8/10

“Errores, falacias y mentiras” de Meter Villanueva Hering. Un inventario de falsedades y de conocimientos errados, tenidos comúnmente por ciertos a lo largo de la historia y aquí debidamente refutados. Vamos, como para pelearse con todo el mundo.      8/10

* La puntuación es fruto de una opinión personal que no tiene más valor que el que uno le quiera dar…

LaAlquimista

Por si alguien quiere contactar:


viernes, 3 de abril de 2015

Como sobrevivir sin pareja (a partir de los 50)


 

En el tiempo en que el mayor problema de una niña española de comienzos de los sesenta, de familia burguesa en una ciudad de provincias, consistía en terminarse el chocolate con churros de la merienda con tiempo suficiente para sentarse a la mesa a la hora de la cena, ya la educación consistía en regalarle muñecos para que fuera “entrenándose” en su papel de madre –y esposa- futura. Mientras tanto, en la calle, sus hermanos pataleaban balones de cuero.

Cuarenta años más tarde, henos aquí, cansados y pasados de peso, yendo a recoger a los nietos a la salida del colegio y no más cerca del fútbol que del sofá del salón en los días de partido. La vida ha pasado por encima de nosotros –nos ha arrollado, más bien- y se ha instalado en esa rutina acomodaticia que transitan las personas mayores en su inmensa mayoría, los roles definidos manteniéndose en su lugar.

Sin embargo, gracias a “San” Francisco Fernández Ordoñez, ministro de Justicia de UCD (1980-1982) que propició la Ley del Divorcio, desde hace treinta años se ha instaurado en España un nuevo estado civil –o “incivil”- que es el de divorciado. Esta situación tiene muchas ventajas y muchos inconvenientes –exactamente igual que el matrimonio-, pero uno de los más acuciantes es el de la soledad y cómo remediarla. Por eso, la mayoría de personas divorciadas, acceden otra vez -en un plazo de tiempo mayor o menor- al estatus de “emparejados sociales”. Por comodidad y miedo a la soledad y, en algunos casos notables, mis bendiciones para ellos, por amor también.

Pero quedan –quedamos- muchos divorciados, sobre todo muchas divorciadas, recalcitrantes, con el listón puesto bien alto que, junto con las personas solteras de toda la vida o viudas conforman un colectivo de “solitarios” que tienen que “buscarse la vida” de una u otra forma para sobrevivir en esta sociedad de gente en pareja.

Para empezar, hay que luchar contra el “desclasamiento” que se arroja sobre ellos por parte de los que están en ese castillo asediado que es la vida en pareja (del que los que están dentro quieren salir y los que están fuera quieren entrar). Una mujer o un hombre de cincuenta años solo no cuadra bien entre los matrimonios de su entorno; ni por temas de conversación ni por visión de la vida en conjunto. Además… ¿impares en la mesa? Con el tiempo se deja de invitarle a los eventos de antaño y se espera que lo comprenda. Eso sí, si un día da el campanazo e informa de que vuelve a estar con alguien, rápidamente se le reincorpora al círculo social. Ya es apto otra vez, como si hubiera pasado una enfermedad contagiosa y acabado –por fin- la convalecencia.

¿Cómo sobrevivir sin pareja a partir de cierta edad? Casi siempre a base de autoestima bien alta e ideas claras. Es decir, yo soy estupenda o un tío legal a pesar de… la vida que ya ha dejado sus huellas en el alma y en el cuerpo.

 
Y sobre todo por:

 - No tener perro que te ladre.

- Que nadie te monte una bronca al llegar a casa por algo que hayas hecho mal o algo que hayas dejado de hacer.

- Perdonarte por los fallos que cometes y pensar que la siguiente vez lo harás mejor.

- No tener más obligaciones que las que quieras asumir libremente.

- Comer y cenar todos los días lo que te apetezca.

- Poseer el mando a distancia sin discusión alguna.

- Dar cabida en tu mente únicamente a las preocupaciones propias.

- Dormir hasta la hora que quieras.

- No tener familia política.

- Disfrutar de la cama en horizontal y en diagonal.

- Estar con gente sólo cuando se tienen ganas de verdad.

- Ir cada año de vacaciones adonde quieres ir. O no ir.

- Administrar el propio peculio sin interferencias.

 
Y así…hasta hacer una lista más que exhaustiva.

Y cuando llega el frío invierno y la soledad intenta encoger el alma y el cuerpo, ser precavido y tener las suficientes relaciones –familiares, amistosas o afectivas- para ir dosificándolas cuidadosamente alrededor de las necesidades anímicas o físicas.

Que no falte la amiga o el amigo para compartir cuitas; que siempre se tenga a mano quien  “purgue los radiadores” a cambio de una buena cenita cocinada con cariño; que se mantenga el equilibrio entre lo que se necesita y lo que se está dispuesto a dar.

Que sepamos, de una vez por todas, que el auténtico amor es el que vive en nuestro interior y que nunca, pero nunca nunca tiene que llegar desde fuera para completarnos, porque completos ya lo estamos.

Sabiendo estas pocas reglas básicas…doy fe de que se puede vivir felizmente aunque no se tenga pareja conocida o por conocer. A la espera –o no- de lo descrito en el post de ayer.

La vie est belle!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:



 

 

 

 

 

jueves, 2 de abril de 2015

Cuarto Acuerdo. "Haz siempre lo máximo que puedas"


 

 

Magnífico Cuarto Acuerdo de la filosofía tolteca que desarrolla Miguel Angel Ruiz en su libro “Los cuatro acuerdos”.

Parece una verdad de Perogrullo esto de hacer siempre lo máximo que se pueda porque…¿quién no actúa así desde siempre? Y, sin embargo, a poco que nos pongamos a observar –sobre todo mirando en nuestro interior- descubrimos que la forma de actuar del común de los mortales está basada en la ley del mínimo esfuerzo propio o en la teoría del máximo esfuerzo de los demás. Es decir, asentarse en una postura cómoda (y acomodaticia) que evite en lo posible el desgaste tanto físico como mental del individuo.

Sin embargo, están “los otros”, esas personas que sí que son capaces de hacer mucho más que los demás, simplemente porque son ambiciosos. Son los que trepan y llegan a la cima de la montaña porque han deseado el poder, el dinero, el relumbre social. Son los que han escalado hasta la cumbre apoyando sus pies no solamente en los salientes naturales sino también sobre las cabezas de muchos seres humanos.

 
Entre unos y otros, entre los que se dejan domesticar en silencio consentido y los que domestican con látigo sibilino se sitúan quienes tienen conciencia de su propio poder, conciencia de sus posibilidades individuales y actúan en consecuencia desarrollando la capacidad con la que han venido a este mundo.

No hace falta ser un genio para sentirse orgulloso de uno mismo; ni llevarse el premio fin de curso para reconocer la propia satisfacción por las cosas bien hechas. El premio, la medalla, la escarapela, no son más que aditamentos sociales para alimentar la vanidad. El orgullo por el trabajo bien hecho casi siempre se queda en nuestro interior; no necesita realmente ser cacareado a bombo y platillo.

Ahí es donde está el auténtico trabajo, ese “hacer siempre lo máximo que se pueda”, en todos los ámbitos de nuestra vida, en cada ocasión, -importante o cotidiana- sin parar mientes en lo que piensen los demás o en lo que los demás esperan de nosotros que hagamos.

Unas veces haremos mucho, otros días haremos menos en función de nuestro estado de ánimo, de la fuerza que nos sostenga en cada ocasión, pero es tan sencillo como poner “el alma” en todas las acciones que emprendamos por pequeñas que nos puedan parecer. Desde dedicarnos a cocinar echándole mucho cariño al asunto –que es el truco infalible para que los guisos sepan a gloria bendita-, hasta escuchar con una sonrisa en los ojos al amigo que está desahogándose (aunque sea por cuarta vez) con nosotros. Ayudar a los demás cuando nos piden ayuda y hacerlo desde el corazón si así lo sentimos; pero si tenemos que decir “NO”, hacerlo tranquilamente porque eso significa que nuestra esencia habla con palabras sencillas. Y quedarse tranquilo ante nuestra propia negativa porque eso quiere decir que, en ese momento, ese máximo que podemos hacer es muy pequeño, pero es lo real, lo auténtico y mala cosa es forzar el sentimiento y los dictados de la mente para complacer al prójimo.

Hacer siempre lo máximo que se pueda parece muy sencillo, pero no lo es tanto porque estamos acostumbrados a hacer “lo que nos da la gana” sin pararnos a reflexionar si ese dictado de nuestra voluntad no es también el discurso profundo de nuestra propia esencia y hacemos las cosas desde la mente sin sentirlas cuando bien podríamos hacer  coincidir ambas acciones y lograr un resultado mucho más “perfecto”.
 
 

“Di que no cuando quieras decir que no y di que sí cuando quieras decir que si: tienes derecho a ser tú mismo”.

Habrá veces en que no seremos impecables con las palabras y sabremos que tenemos que seguir trabajando en ello; en otras ocasiones sufriremos por tomarnos como personal algo que deberíamos dejar correr y ese dolor nos hará aprender para la siguiente vez. Y cuando caigamos en la tentación de hacer suposiciones por cobardía o mala intención también podremos reconocer nuestra marca personal y decidir qué queremos hacer con todo ello.

Quizás intentar “hacer siempre lo máximo posible” para sentir que llevamos las riendas de la propia vida en vez de dejar que sea ella, la vida, la que nos pase por encima sin que podamos hacer nada por evitarlo. Hoy puede ser el día perfecto para tomar CONSCIENCIA de todo lo que somos capaces de hacer, quitándonos –por fin- todo el MIEDO con el que hemos cargado durante demasiado tiempo. Hoy puede ser el día perfecto para acometer “eso” que nos ha frenado, “eso” que tenemos pendiente, “eso” que nos va a permitir ser un poco más felices.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:


 
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

 

 

 

 

 

miércoles, 1 de abril de 2015

Tercer Acuerdo. "No hagas suposiciones"


 

Magnífico Tercer Acuerdo de la filosofía tolteca que desarrolla Miguel Angel Ruiz en su libro “Los cuatro acuerdos”.

En realidad la mayoría de nuestros pensamientos están dirigidos a elucubrar sobre las cosas y las personas y a dar rienda suelta a la suposición en todos sus ámbitos y posibilidades. Esta afirmación no es gratuita, desgraciadamente. No solamente hablo por lo que tengo comprobado en mi persona sino que en mi vida cotidiana, en el pasado y en el presente, me he visto afectada de forma notoria por las “suposiciones” de los demás que, creyendo que tengo una bola de cristal para leerles el pensamiento, han actuado conmigo de forma poco positiva, reproduciendo una vez más mi propia forma de pensar y actuar. De ahí la inquietud por modificar este esquema erróneo. Como en un círculo –más o menos vicioso- en el que todos estamos enredados en una trama tejida a base de los “yo suponía que”.

¡En cuántas ocasiones hemos hecho una montaña de un grano de arena dejando que nuestra mente se envenene con suposiciones infundadas que lo único que reflejaban era nuestro miedo interior!

¡Cuántas veces nos habremos “comido el coco” pensando en todo lo malo que podía ocurrirnos tan sólo por no recurrir a la sencilla opción de preguntar las cosas! Pero no preguntamos porque tenemos miedo de las respuestas o porque las anticipamos –en nuestra calenturienta imaginación- y de esa forma callamos y perdemos una partida que ni tan siquiera nos hemos aprestado a jugar.

Si no suena el teléfono cuando lo estamos esperando, hacemos la gratuita y perniciosa suposición del: “ya no le intereso”, “es una persona egoísta” o “lo hace para fastidiarme”. Inclumplimos el 2º Acuerdo (No tomes nada personalmente) y caemos en el error de hacer suposiciones haciéndonos un daño gratuito. Tan sencillo como agarrar el teléfono nosotros y preguntar. Quizás entonces descubramos que esa persona estaba enferma o con una sobrecarga de trabajo considerable o, simplemente, con el teléfono estropeado.

Pero hemos “inventado” en nuestra confusa mente toda una historia para responder a preguntas mal formuladas.

Demasiadas veces “suponemos” que nuestra pareja o los seres cercanos “tienen que saber” lo que nosotros necesitamos o deseamos y, si no nos es ofrecido, caemos en el desánimo, cuando no en el enfado. “¿Por qué no se da cuenta de que lo que necesito es esto?” –pensamos-, y damos por supuesto que esa información clarísima para nosotros también tiene que serlo para la otra persona que, evidentemente, no puede leernos el pensamiento.

Siempre que hacemos suposiciones, nos buscamos problemas. Estamos delegando la responsabilidad de conocer nuestras necesidades o deseos en otras personas, como proyección de una inestabilidad interna que no sabemos cómo manejar.

 

Ejemplos hay a montones. Hace poco me llamó un amigo para invitarme a comer un día domingo. Pero lo hizo el mismo día, con poca antelación y, como desbarataba los planes de soledad tranquila que yo deseaba, “supuse” que le molestaría una negativa por mi parte, así que le dije que “no me encontraba bien”. Alarmado, mi amigo me preguntó que qué me ocurría y yo, no sabiendo qué responder sin mentir (otra vez) “supuse” que se iba a preocupar en exceso por mí, así que le contesté un poco crípticamente que “necesitaba estar sola”.

Lógicamente me corroía por dentro el runrún de no haber sido clara ni sincera, de no haber sido capaz de agradecer su invitación con sencillez y explicarle que tenía otros planes. Mi propia inseguridad se la trasladé a él haciéndole sentir mal…!O eso supuse yo! Así que, ese mismo día por la tarde, le llamé para darle -tarde y mal- la explicación que le podía haber dado en su momento. Mi amigo, sin ocultar su sorpresa, me dijo que había hecho mal en hacer suposiciones sobre cómo iba a tomárselo él puesto que no le provocó ninguna incomodidad mi negativa aunque sí mi malestar. Obviamente, comprendí que me había portado estúpidamente.

También he padecido este “exceso de suposición” como arma en mi contra cuando el silencio o la indiferencia ajena me han golpeado por que “los demás” habían hecho suposiciones infundadas sobre mi persona. El caso más ruinosamente doloroso lo padecí con un hombre que me gustaba más que mucho y quien, después de una primera cita agradable y placentera para ambos, no volvió a llamarme en varias semanas. Esperando su llamada no sabía si haría bien llamándole yo –por aquello de que a los hombres no les gusta que les agobien, prefieren casi siempre ser ellos los que tomen las iniciativas y las mujeres estamos –demasiadas veces- abocadas a mordernos las uñas esperando a que suene el teléfono. Como me acordaba de él y de los buenos momentos compartidos, acabé llamándole yo. Su alegría fue manifiesta al escuchar mi voz, no disimuló en absoluto. Así que me dio pie para preguntarle directamente que, si tanto se alegraba de escucharme, por qué no había llamado él en todo ese tiempo…

Me dijo que como le había dicho que tenía “muchos amigos” supuso que estaría “muy solicitada” y no tendría tiempo libre para salir con él.

A lo que yo contesté que no me había dado la oportunidad de decirle que sí ni que no porque no me había vuelto a llamar. Pero él adujo que para qué me iba a llamar si lo más probable es que yo le hubiera dicho que “estaba muy ocupada”, creando una imagen de mi persona absolutamente alejada de la realidad, ya que –como le aclaré- son muchas las tardes y las noches que paso en soledad conmigo misma con toda la tranquilidad del mundo. Pero él insistía en que yo había marcado pautas al decirle que era una mujer “no-dependiente”, así que no me llamó para evitar incomodarme o un posible rechazo.

 

Como tenemos miedo de pedir una aclaración, hacemos suposiciones y creemos que son ciertas; después las defendemos e intentamos que sea el otro el que no tenga razón.

Su respuesta me supo a cuerno quemado porque me demostró que era una persona insegura de sí misma y que había proyectado hacia fuera (hacia mí) sus temores y sus miedos. No volvimos a encontrarnos nunca más.

Pero no es más sencillo cuando ya se tiene una pareja, porque en muchísimas ocasiones damos por supuesto que nuestra pareja sabe lo que pensamos y que no es preciso que le digamos lo que queremos. Toda esta suposición para echarle luego en cara que no ha hecho lo que nosotros esperábamos y reprocharle que “no piensa en nosotros o no nos conoce en absoluto”. ¡Como si los demás pudiesen leer nuestra mente! ¡Como si nosotros pudiésemos leer la mente de los demás!

La mala comunicación entre las personas se nutre de las suposiciones; es más cómodo y menos arriesgado “suponer” lo que el otro quiere, piensa o desea que preguntar arriesgándonos a conocer algo que igual nos incomoda. Así que callamos y seguimos haciendo suposiciones…

También hay que hablar de las personas malintencionadas que toman decisiones que sólo competen a uno mismo y se escudan detrás de un “no te he consultado porque he supuesto que…” quitándote el derecho que te correspondía.

¡Menudo trabajo de Hércules nos queda por hacer!

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:

 
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

 

 

 

 

 

martes, 31 de marzo de 2015

Segundo Acuerdo. "No te tomes nada personalmente"




Magnífico 2º Acuerdo de la filosofía tolteca que desarrolla Miguel Angel Ruiz en su libro “Los cuatro acuerdos”.

En cierta ocasión tuve que compartir con una persona a la que yo había amado mucho los momentos tristes y decepcionantes previos a la conclusión de que la relación afectiva había enfermado, entraba en su plena agonía y presentaba un final más que doloroso. Quería que el corazón no se rompiera en trozos y que la mente se mantuviera clara, a la vez que el espíritu obtuviera la paz suficiente como para poder equilibrarlos a ambos.

Cuando fui a la cita –en la que ya se sabía de antemano que el amor había huido por la ventana de la incomprensión y la falta de entendimiento entre las partes- llevaba, si no como única sí como prioritaria intención, la de “terminar bien” o por lo menos sin hacernos más daño del que ya nos habíamos –consciente o sin quererlo- inferido.

Inopinadamente, la otra persona comenzó a hablar del pasado en común. Sacó de un saco invisible para mí, pero que se veía que había llenado con fruición, toda una retahíla de reproches antiguos y admoniciones presentes. Como no me lo esperaba, no fui capaz de reaccionar y mi silencio le proporcionó el empuje que necesitaba –o quizás ya lo llevaba- para lanzarse a un soliloquio doliente que, en un momento dado y muy sutilmente, se convirtió en una filípica en toda regla contra mi persona.

De los reproches pasó al insulto, de la reconvención a la acusación, convirtiendo los hechos objetivos del pasado en acciones reprobables, culpables, censurables, en poco menos que delitos.

Curiosamente, lejos de enfurecerme –pasada la sorpresa inicial- sentí que tenía que gestionar toda aquella panoplia de invectivas y, haciendo un esfuerzo por relajarme, comencé a ver la situación “desde arriba”, como si yo estuviera flotando y contemplara a dos personas –una de ellas con mi apariencia carnal- sentadas frente a frente a una mesa, mientras una de ellas lanzaba por la boca denuestos, amargura, rencor y desamor mientras la otra –yo- permanecía silenciosa.
 
 

“Esto no tiene nada que ver conmigo” pensé, “yo no soy esa persona sobre la que están volcando odio” sentí; “No me lo voy a tomar como algo personal”, decidí. Y seguí allí sentada hasta que remitió el chaparrón y entonces me levanté y, despidiéndome sucintamente, me fui para siempre de la vida de aquella persona.

Las balas no parece que hacen daño en caliente, tan sólo cuando se enfría la sangre aparece el dolor y los nervios reaccionan haciendo que se produzca la normal reacción física y química. La catarsis llegó, qué duda cabe, pero llegó para bien.

Cuando alguien nos vuelca encima su mal humor y LO ACEPTAMOS nos tomamos su afrenta como algo PERSONAL y sufrimos. “Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura”. Ese sufrimiento se puede evitar si somos capaces de darnos cuenta de que “el otro” lo único que está haciendo es PROYECTAR sobre nosotros –o sobre el mundo- sus propias y más íntimas (y casi siempre ocultas) carencias.

Ese insulto inesperado de alguien que está descontrolado y que hacemos nuestro (el insulto y el descontrol) poniéndonos como basiliscos porque consideramos que nos han faltado al respeto cuando, en realidad, nada tiene que ver con nosotros la mala educación o la irascibilidad de la otra persona. “Haces una montaña de un grano de arena porque sientes la necesidad de tener razón y de que los demás estén equivocados”.

¡Cuántas veces alguien me ha dicho frases hirientes! ¡Cuántas veces he aceptado ese mensaje, lo he hecho mío y he sufrido por ello! “Si alguien no te trata con amor y respeto que se aleje de ti es un regalo”.
 
 

¿Por qué me tomaba palabras que yo sabía eran inciertas como algo personal? ¿Por qué hacía como si fuera MERECEDORA de ellas cuando yo sabía perfectamente que eran mentiras o simplemente envidia?

La rabia de quien no es feliz se puede traducir en insultos hacia quien sí lo es. El rencor hacia sí mismo de quien no tiene paz en su interior se puede expresar en reproches, burlas y desprecio hacia quien está tranquilo y en paz con la vida. Quienes juzgan y condenan MI VIDA y me envían la sentencia con miradas de odio… ¿a quién están juzgando realmente? No a mí, desde luego, puesto que yo no me siento identificada con esa proyección de insania o mala intención.

No digo que sea fácil, ni siquiera digo que consiga aplicarlo en TODAS las ocasiones, pero sí siento la íntima satisfacción de saber alejarme del campo de batalla al que otras personas han querido acercarme, dejándome expuesta, en tierra de nadie, al fuego cruzado de su propia infelicidad.

No me lo tomo como algo personal porque no es nada MÍO, sino de quien siente la necesidad de sacar a pasear sus propios demonios dejando que molesten a los demás. Lo mejor que he hecho ha sido poner este “Acuerdo” en un post-it y pegarlo en la puerta de la nevera para no olvidarlo en ningún momento…

Vamos avanzando poquito a poco.

En fin.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:


 
http://blogs.diariovasco.com/apartirdelos50

 

 

 

 

 

 

lunes, 30 de marzo de 2015

Primer Acuerdo. "Sé impecable con las palabras"



Hace varios años que descubrí a Miguel Angel Ruiz, un “nahual” mexicano que ha sabido profundizar en la filosofía tolteca y la comparte de manera comprensible y sencilla. Casualidad que viva en Teotihuacan, al pie de las pirámides sagradas; casualidad que yo estuviera allí hace unos meses. Causalidad pura y dura todo lo que me ha ocurrido desde entonces (y antes, pero quizás yo no era del todo consciente).

Miguel Ruiz escribió un libro en 1997 “The Four Agreements” (“Los cuatro acuerdos” Ediciones Urano) cuyo mensaje y contenido se extendió como la pólvora entre quienes quieren ir un poco más allá o simplemente mejorar la vida que tienen en este más acá. Yo lo descubrí hace cuatro años –un año por cada acuerdo- y no hay día que transcurra sin que pueda aplicar su filosofía tan peculiar sobre la vida.
 
Son “cuatro acuerdos”, ni de lejos parecidos a esos “Diez Mandamientos” tramposos y con tantas fisuras por donde hacer escapar a la propia conciencia. Son cuatro acuerdos voluntarios, personales, asentados plenamente en el libre albedrío del ser humano.

Me los sé de memoria y me gusta ponerlos en práctica; me complace sorprenderme (todavía) a mí misma dándome cuenta de que hay tantas y tantas ocasiones en el día a día en las que se pueden aplicar estas “normas básicas”, que ni siquiera son normas porque nadie te obliga, es una asunción de responsabilidad desde la pura libertad del individuo.

1.- “Sé impecable con tus palabras”.

2.- “No te tomes nada personalmente”.

3.- “No hagas suposiciones”.

4.- “Haz siempre lo máximo que puedas”.

Sencillo, elemental y entendible. Pero… ¿Somos capaces?

El Primer Acuerdo es el más difícil de entender. ¿En qué consiste eso de la impecabilidad de la palabra? Evidentemente no se trata de “hablar bien” sino de NO HABLAR MAL…a los demás ni a uno mismo.

Lo que nos diferencia básicamente de nuestros amigos los animales llamados no-racionales es la palabra: ese don (divino en unos casos, maligno en muchos otros) que nos convierte en seres casi mágicos, con capacidad para modificar la vida, el mundo; ese poder que nos permite influir, manipular, modelar, dirigir, levantar o destruir a otros seres humanos.
 
La palabra de Jesús de Nazaret; la palabra de Adolf Hitler. Palabras al fin y al cabo. Palabras de amor, palabras de desprecio. Mensaje de paz, levantamiento a la guerra.

Pero nosotros somos seres humanos sencillos, anónimos casi siempre, nuestra palabra… ¿qué valor tiene?

¡Inmenso! Con la palabra somos capaces de levantar a quien ha caído o de tumbar en la lona a quien está sufriendo. “!Tú sí que puedes, tú eres capaz!” y esas palabras de ánimo se convertirán en una fuerza REAL. Por el contrario: “No sirves para nada, eres un desastre” y quien escucha percibirá cómo el frío de la palabra vestida de energía negativa se introduce en su alma, en su mente, para dejarlo todo arrasado a su paso. Animar a las personas en sus proyectos o criticarlos y tirarlos por tierra ANTES de que los lleven a cabo. Palabras.

Proyectar hacia fuera la propia debilidad, dar por sentado que algo va a salir mal, vociferar la baja autoestima expulsando por la boca –o a través de un teclado- el veneno de la propia cobardía. Atreverse a expresar el propio pensamiento letal, considerar que hay derecho a contagiar a los demás con la propia decepción, compartir desde la inconsciencia una visión del mundo y del ser humano indigna. Palabras.

Palabras que ofenden, palabras que denigran al otro; cotilleos, maledicencias, calumnias. Bilis. Palabras.

Su poder es TAN grande que basta una sola para decidir la ruina de un corazón humano. “Ya no te amo”. “Eres un inútil”. “Vete a la mierda”. “No te soporto”. Palabras cotidianas, palabras sociales, palabras inmundas revestidas de supuesta sinceridad.

Ser impecable con las palabras significa utilizarlas únicamente como herramienta para el crecimiento y no como espada para abatir a otro ser humano.
 

Palabras que, una vez pronunciadas, quedarán para siempre en el corazón herido, aunque le cuenten el cuento de que se las ha llevado el viento. Palabras que no se olvidan. “Nunca llegarás a nada”, me dijo alguien hace muchísimos años… y lo recuerdo sobre todo cada día en que me siento feliz.

Mi Acuerdo conmigo misma es intentar ser yo también impecable con las palabras. Callar las que puedan dañar al prójimo, reflexionar sobre las que pueden dañarme a mí misma. Utilizarlas para ayudar a extender las alas, que puedan ser bálsamo de las heridas del amor o suave brisa en un atardecer melancólico; y también compañía amigable en la soledad, susurro enamorado que llena el alma… Elegirlas, cuidarlas, no decir ni una sola que enturbie la paz interior.

Un acuerdo magnífico que se puede experimentar hoy mismo, simplemente poniendo atención en nuestras palabras. Que HOY sean IMPECABLES.

Y sobre todo, hablar menos y abrazar más.

LaAlquimista

Por si alguien desea contactar:
apartirdeloscincuenta@gmail.com