El primer coqueteo con el maquillaje lo tuve a los catorce años con la artera intención de parecer mayor de lo que era, lo que constituía una necesidad anímica, casi vital. Ser una cría –y aparentarlo- no entraba en mis planes de la época. La paradoja obvia es, que ahora que soy mayor, (¿mayor que qué?) y tendría que utilizarlo para parecer más joven, no me decido a ello, mi forma de ser me lo impide; vamos que he cambiado o evolucionado que diría aquel.
Pero aunque no utilice maquillaje “al uso” debo confesar que últimamente me veo obligada a alterar algo para mejorar mi apariencia. (Que es lo que significa maquillar).
Es un maquillaje difícil de encontrar en el comercio, por supuesto de elevadísimo precio, y cuyos componentes, por raros e inusuales, tan sólo se obtienen en mínimas cantidades y en determinada estación del año. Deja la piel radiante, la mirada fresca y vívida, la sonrisa renacida y el aura toda entera brillante y perfumada.
Sólo lo utilizo en situaciones de emergencia, cuando siento que el alma se me encoge y me veo borrosa en el espejo.
Hoy me lo he puesto para salir a la calle y nadie se ha dado cuenta.
Bien. Funciona.
En fin.
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