jueves, 12 de noviembre de 2020

Cuestión de actitud

 

Cuestión de actitud

0

Cada vez que me tropiezo con alguien que se enroca en el discurso cerril de que  “cada uno es como es y no se puede cambiar”, como si esto fuera tan verdad como que la tierra gira alrededor del sol, me contagio y me cierro en banda. Quiero decir que me pongo en “modo avión” y no emito ni lo más parecido a una vibración. Sigo viva pero parezco zombi; me agarro al silencio como si estuviera esperando la presencia de mi abogado. ¿Para qué voy a discutir y desgastarme como un estropajo que lleva miles de cacharros fregados?

La mejor prueba que he llegado a tener jamás de que es perfectamente posible “cambiar” está tecleando en este momento lo que tú estás leyendo. Me miro –es todo un trabajo mirarse al espejo y “verse” realmente- y no solamente no me reconozco ahora en lo que fui sino que me siento contenta (mucho tiempo anduve triste),  fuerte (pasaron los tiempos de la debilidad), como si hubiera superado una enfermedad de negro diagnóstico (la tuve, aunque no salía en las ecografías); Y moderadamente feliz… lo que no es poco.

Me he dado cuenta a tiempo de que, si bien es difícil hacer mella en esas vigas recias y dolorosamente ancladas que forman la maraña de la personalidad, lo que sí está en mi mano –y deduzco que en la de cualquiera porque no estoy yo bendecida por ningún santo- es modular a mi conveniencia la disposición interior para comportarme de una manera o de otra, moviendo mis propios hilos interiores sin dejar que nadie se atreva a acercarse vulnerando la distancia de seguridad que necesito.

Se me ha ido cayendo la “actitud beligerante” como un viejo y reseco maquillaje; ya no propicio que se me hinchen las venas del cuello y me galope un aviso de infarto por el brazo derecho. También se me cayó –el otoño ayuda- la “actitud complaciente”, aquella que iba amarrada a la sonrisa de porlapazunavemaría y que me producía los mismos réditos que el dinero guardado en la cartilla de la caja de ahorros: cero patatero.

He ido probando y eligiendo entre diversas actitudes, como si fuera ropa de nueva temporada, sintiendo cuál es la que más me conviene, la que más tranquilidad me produce. Digamos que he descubierto “mi propio estilo” –frase que las mujeres entendemos muy bien- escondida en el “templo de las verdades”, un templo al que cualquiera puede acceder y en el que todos somos bienvenidos: el de la libertad de elegir la propia actitud ante la vida.

Me he ido despojando de certezas como me arrancaría la ropa si se me llenara de hormigas. No he podido evitar ir perdiendo la fe en el ser humano como humanidad, -demasiada información, quizás-  como rebaño, como marabunta inconsciente que sigue al líder más votado de turno, y me he quedado con lo justo para no tirarme del tren antes de llegar a mi estación. Me marea el barullo de voces airadas que saltan de las letras, de las pantallas, de los altavoces mediáticos que atruenan el sentido común; me taladra el oído bueno –el derecho- el graznido de la queja racista o sexista. Tienen estas voces tal potencial de vatios por canal que no me queda más alternativa que desenchufarme aunque sea arrancando los cables de cuajo.

Si hace sol, hago la “fotosíntesis”; si llueve, me lavo. Si tengo hambre doy gracias por poder llevarme algo a la boca. Si tengo un amigo valoro el privilegio (si es un amante, doy volteretas de contento). Si mis hijas lloran gasto la caja entera de clínex y si están felices me emborracho con ellas. Si me llega una multa por haber rodado a toda pastilla por alguna carretera lejana me río porque puedo pagarla; si me duele la cabeza agradezco el bálsamo del silencio y cuando me deja de doler me acuerdo de cuando me dolía y entonces me siento mejor todavía.

Quizá sean actitudes raras las mías, ni lo sé ni me importa,  les doy forma a mi imagen y semejanza porque puedo, las gesto y las paro (de parir) para mi mejor acomodo emocional y sigo pegando saltos (pequeñitos) en el camino a ninguna parte que tantas veces es la (mi) vida. Mejor una actitud que me llene de contento que un blíster de ansiolíticos. Por cierto, que lo de la actitud es igual de adictivo pero sin efectos secundarios adversos.

Felices los felices.

LaAlquimista

“Mermaids” by http://www.amandaarroutea.com/

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Un día tonto

 

Un día tonto

2

Ayer limpié el coche, que es algo que me fastidia tanto como que me lo caguen las palomas; bueno, pues a la noche, con toda la alevosía del toque de queda, se puso a jarrear y por la mañana mi peculiar F.Y. (Forever Young) amaneció lleno de churretes como cuando lloras con el rímel puesto: un asco, vamos.

De vuelta de sudar la camiseta a golpe de zapatilla y bastón, mientras me duchaba, cortaron el agua media hora ANTES de lo anunciado en un papelajo pegado al espejo del ascensor para no sé qué faenas de mantenimiento que las tienen que hacer justo a la hora en que las amas de casa cocinan y las que no cocinamos hacemos la toilette diaria. Al mediodía, hay que tener mala sombra y ganas de fastidiar al personal, pero cualquiera abre la boca para protestar, menudos son los del gremio de las tuberías como para decirles a qué hora tienen que hacer sus cosas.

El cartero aporreó la puerta justo cuando salía del “bañus interruptus”, me traía un certificado el bueno de Tomás, que ya se conoce mis horarios (madrugo, salgo a patalear por el monte y vuelvo a la hora del ángelus –las doce para quien no haya ido a colegio religioso en los años sesenta). Salí con el albornoz en plan burka –ninguna mujer abre la puerta medio desnuda, qué imaginación tienen algunos para mentir- y le canté el DNI para que me entregara una mierda de certificado con acuse de recibo de… ¡la Generalitat de Catalunya!

Durante unos segundos pensé que el apocalipsis zombi estaba ya rondándonos hasta que rasgué –medio histérica- el sobre y me encontré con una foto en blanco y negro de mi F.Y. (ver traducción más arriba) con la matrícula bien visible. Cien euros por circular a 75 kms. donde la limitación era de 60 Km/hora. Me dio por carcajearme ya que soy muy consciente de que hace un mes, por la autopista del Mediterrani, se me puso el pedal del acelerador medio loco y marqué los 170 (sin querer, lo juro).

Cuando el día viene torcido lo enderezo a bofetadas, así que me puse un vermú de Reus –el mejor del mundo mundial-, abrí una lata de berberechos y me di un homenaje mientras se calentaban las lentejas recién descongeladas. Les puse unas guindillas y un trozo de morcilla –la sobriedad me mata- y rematé la faena con un trozo de queso y sus correspondientes sacramentos (para quien no lo sepa: nueces y dulce de membrillo).

El descanso por prescripción facultativa de después de comer (léase siesta) fue interrumpido a los quince minutos por el telefonillo de la cocina en plan alarma antiaérea. No suelo hacer ni caso porque casi siempre son los de “propaganda, me abre” que abusan de llamar al timbre de arriba a la derecha con una gran falta de imaginación habiendo como  hay otros cuarenta timbres en el teclado. Pero como la murga seguía descolgué en plan “WTF” (esto no lo traduzco, quien no sepa qué significa que lo busque en Google) y, mira tú por donde, el repartidor de Amazon que me traía el último libro pedido (la librería del barrio no puede proveerme de lo que quiero porque no se lo sirven del almacén -dicen).

Como un libro nuevo me emociona casi tanto como un piropo de los de antes, me acomodé para hojearlo primero (el olorcillo del papel, que me alborota las papilas gustativas como un queso camembert) y ojearlo después leyendo la carátula, la sinopsis de atrás, la contraportada, fijar en mi memoria los datos de la autora o el autor –me sorprende lo jóvenes que son ahora quienes publican libros y los venden; en fin, ponerme otra vez en paz conmigo misma en particular y con el mundo en general.

Cuando abrí el PC para ver mis páginas de socialización (léase Facebook y etcétera) me encuentro un email de Atención al Cliente de RENFE en el que me indican –para pasmo mío- que atienden la reclamación que realicé con fecha 15 de ABRIL y que próximamente abonarán en la tarjeta xxxxx el importe demandado. Me da un subidón porque sé que soy una privilegiada. Por cierto que estaría bien que me reembolsaran antes de que la pandemia acabe con todos nosotros.

Soy una persona moderadamente feliz –me gusta expresarlo así-, que cuando me preguntan que como estoy contesto “quitando lo malo, bien”, así que hoy también, aunque haya sido un día tonto… la vie est belle!

Felices los felices.

LaAlquimista

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

Por si alguien desea contactar.

apartirdeloscincuenta@gmail.com

Fotos para mis nietos del “Año de la Pandemia!

Sacrificios

 

Sacrificios

6

Tengo que confesar que me he tenido que “sacrificar” en  situaciones contadas con los dedos a lo largo de los lustros consumidos; y no lo digo para ponerme medallas sino con la humildad de quien sabe que le han dado un premio equivocado. No me apunté al cuento de amargura que escribían algunas mujeres jóvenes de mi quinta que, por haber sido madres, se creían abocadas a un continuo sacrificio. A mí me parecían más “gajes del oficio” que penosos esfuerzos. Si acaso, cuando mi perrillo Elur comenzó su declive imparable, por estar a su lado hasta el final, “sacrifiqué” un viaje sabrosón,  pero fue por lealtad debida y amor, así que tampoco cuenta.

El concepto de “sacrificio” es un ramalazo religioso de la cultura costumbrista que nos cayó encima a los que nacimos a mediados del siglo pasado, que venía “de serie” en el pack femenino llegando a ser una especie de medalla de bronce que debíamos ganar en plena lucha contra nosotras mismas. Aflojábamos en el sprint final para que llegaran descansados a la meta aquellos que tenían reservada la medalla de oro y la de plata: cónyuge, descendientes y ascendientes, por ese orden.

Ahora pintan bastos. Las cosas ya no son como eran, sino mucho peores y las campanas que llaman al sacrificio comunitario repican sin cesar desde hace meses aunque la mayoría hagamos oídos sordos a ese requerimiento. “Que se sacrifiquen los demás, faltaría más” – pensamos poniendo cara de póker mientras vaciamos los estantes de la sección gourmet del súper.

Queríamos seguir yendo a bares y restaurantes porque pensábamos que es un sacrificio absurdo privarse de algo que ayuda a sobrevivir psicológicamente  y además lo justificábamos en aras de la economía de la hostelería. Cero dejación de derechos hasta que llegó el edicto fatal e impuso el sacrificio comunitario.

Como seguir yendo al cine, a comprar ropa nueva, de escapada de fin de semana  –después de haber disfrutado cumplidamente las vacaciones reglamentarias de verano- y a casa de los amigos a celebrar cumpleaños, aniversarios y cumpleaños de los hijos y/o nietos. Con la excusa de “burbujas”, “convivientes” o “reuniones de menos de seis personas” y “sitios ventilados”. Hasta que se ha impuesto un nuevo Mandamiento y ya no se puede “viajar” más que dando la vuelta a la manzana. Solo o en compañía de otros que compartan el baño contigo.

Pues muy bien. Aquí estamos ahora, discutiendo que si a las once o a las diez (de la noche) –cuando las tres cuartas partes de la población está a las nueve cenando en sus casas-; que si está bien o muy bien que sigan viniendo turistas extranjeros a nuestras islas soleadas, que si mejor la Universidad cerrada y los estudiantes todo el día dando vueltas por ahí sin saber muy bien qué hacer. Parecemos pollos sin cabeza alborotando el gallinero mientras el gallo sigue mirando hacia otro lado como si la cosa no fuera con él.

Antes de llevar a cabo el más mínimo sacrificio personal miramos por encima del hombro del vecino a ver qué está haciendo él. Y nos dejamos arrastrar por la riada social que a veces marca un buen camino y otras, las más, se desmarca de lo que supondría el beneficio común. Condición humana –dirán algunos-, o ignorancia individual, que en este país el más tonto hace aviones.

Los que no somos “convivientes” tenemos muchísimo menos sacrificio en perspectiva; los que no estamos “familiarizados” –de tener familia cerca- ya tenemos amortizado el sacrificio de la aceptación de mascar arena en el desierto de la soledad. No abrazar a hijos y nietos es el pan nuestro de cada día y, como a la fuerza ahorcan, las ausencias se transforman en callos que se liman de vez en cuando y ya. “Cada familia infeliz lo es a su manera”, ya lo dejó dicho el gran Tolstoi.

Habrá que volver a actualizar la cultura del sacrificio, aquella que pasó de moda cuando nuestras madres dieron un puñetazo encima de la mesa de la cocina a la hora de la cena. No sé cómo lo haríamos, de verdad.

Felices los felices.

LaAlquimista

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

*** Banksy 2020 (Súper héroes de hoy)

 

Deseos insatisfechos

 

Deseos insatisfechos

8

De repente me canso de leer novelas –gracias Juan Gómez Jurado por las muchas horas abducida- y siento como si me estuviera de alguna manera haciendo trampas a mí misma. Cuando me aprieta el alma –caso de que exista algo parecido- tengo que aflojar la presión como sea y el camino más fácil que encuentro suele ser “distraerme” para que la mente descanse en su frenético deambular hacia ninguna parte.

Sé entonces cuál es la dirección que debo tomar, el golpe de timón que necesito aunque me suponga tropezarme con un oleaje desfavorable y a merced de vientos agresivos. Es en esos momentos en los que busco la quietud, el silencio, ese “retirarme a mis aposentos” cuando se abren las compuertas que habían estado conteniendo la avalancha de emociones, pensamientos constreñidos y deberes por hacer.

Me canso entonces de leer novelas, ver series de misterio y hacer comidas con demasiada sal y paso directamente a esas lecturas trabajosas que me pueden dejar los sesos hechos gelatina pero que van inoculándome esa paz, esa tranquilidad que tanto necesito para dejar de sufrir los días pares y estar inquieta los impares.

Mi “fondo de armario” libresco guarda muchas páginas de filosofía, religiones y todos esos “rollos” con los que es muy difícil bailar porque te cambian el paso sin avisar dejándote sola en medio de la pista de baile de la vida, desorientada y con ganas de llorar.

Es entonces cuando Siddharta Gautama me recuerda que “todo sufrimiento proviene de los deseos insatisfechos” y releyendo la vida del príncipe que se buscaba a sí mismo me sacude las entretelas y me pone en mi sitio (más o menos). ¡Cuánto habré sufrido por no poder conseguir mis deseos, por no llegar a transformar en realidad mis anhelos! Y cuánto sigo sufriendo porque esa lección se me sigue atragantando inmersa como estoy en un mundo que me empuja a lo superficial penalizando la introspección y la reflexión… Quiero estar con mi familia, la añoro, la necesito; quiero ser abuela de mi nieta, amatxo de mis hijas, reunirnos cada dos domingos a comer y cocinarles lo que más les gusta; quiero, quiero, quiero… y de ese deseo imposible de realizar surge el sufrimiento que ningún divertimento me apacigua…

Es entonces cuando Jidu Krishnamurti (“La libertad primera y última”) me obliga a repensar qué hago con mi vida, con mi tiempo, con mis acciones y omisiones y me aplasta un incómodo espejo contra la cara para no convertirme en una cobarde plañidera que desperdicia su tiempo en quejas y condolencias en vez de aprovechar el privilegio de SER…todavía.

Esta cultura nuestra (me refiero a la “cultura de la incultura”) que empuja a la satisfacción, lo más inmediata posible, de los deseos dejándonos abandonados ante la frustración que se deriva de la no obtención de esos objetivos superficiales, materiales o de pura soberbia y egotismo personal. El ego manipula, se infla y se desinfla y, como si te arrancaran las uñas una a una, comienza el sufrimiento imparable, imposible de contener.

Echamos mano entonces de paliativos para ese sufrimiento –o placebos- en forma de terapias, pastillas de colores o un vale regalo de muchos euros para gastar en nuestra tienda favorita. Nada sirve, nada, pero hace falta haber quemado muchos kilómetros por la “Ruta 66” para darse cuenta de que habíamos tomado la carretera equivocada. Al final, también la descatalogaron….

Así que, poquito a poco, voy tachando deseos de la larguísima lista que he ido componiendo a lo largo de la vida, eliminando unos, añadiendo otros, para ver si tienen razón esos sabios que no amaban las sinfonías de este mundo sino que vibraron con el silencio de su interior, de ese hueco que todos tenemos dentro y al que tanto miedo nos da acceder a pesar de formar parte de nuestra propia esencia.

Pero hay un deseo al que no pienso renunciar jamás mientras viva y es que mis hijas estén bien y me superen en sus afanes. Que no sufran más que lo justo y que no deseen más de lo que puedan abarcar con sus brazos. Para que no les pase como a mí.

Felices los felices.

LaAlquimista

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

*** “Sobrevolando la ciudad” Marc Chagall 1924)

El arte de perdonar

 

El arte de perdonar

4

Por lo que recuerdo de mis años de infancia y adolescencia una de las enseñanzas con la que más me machacaron los que ejercían poder sobre mi persona (padres y monjas) fue la de la tranquilidad que debía guiar mis (malos) pasos en esta vida porque TODOS mis pecados serían PERDONADOS. Así las cosas, no parecía muy difícil bandearse entre los vericuetos de la vida porque, total, bastaba con arrepentirse, pedir perdón et voilà! pelillos a la mar.

Pero esta magnanimidad divina no tenía su correspondencia en las actitudes humanas, ni muchísimo menos. Porque en lo de andar por casa, en lo cotidiano con sus errores, faltas y demás pequeños desatinos que me empeñaba en cometer, a mí no me perdonaba ni dios, valga la anecdótica paradoja.

Mis padres y las monjas tenían memoria de elefante –o un pc en la mente- para acordarse de todas y cada una de las “fechorías” que yo cometía, presuntamente con mala intención, por rebeldía o por opuesta voluntad a la autoridad competente. Y no me pasaban ni una, no perdonaban ni aunque hincara las rodillas, agachase la testuz y derramase litros de lágrimas de arrepentimiento. “El que la hace, la paga”,- decían- y otro domingo castigada sin salir.

Curiosamente, cuando crecí lo suficiente, me empezaron a insuflar conceptos contradictorios en cuanto a lo de “perdonar”. Es decir: a mí no se me pasaba una, pero yo tenía que “tragar” con lo que me quisieran ofender los demás. No entendía nada hasta que me casé y mi primera suegra (cada marido que se precie lleva una suegra en el ajuar) me dejó bien clarito que “las mujeres casadas tenemos que aguantar”, así en general, aunque yo me di cuenta enseguida de por dónde iban los tiros.

Así que, por la paz un avemaría y todo eso, aprendí a “perdonar” aunque no se me pidiera perdón. Todo un arte que fui desarrollando en los siguientes lustros como experiencia impagable que sumar a mi currículo vital, no únicamente matrimonial.

Porque tuve que perdonar los desafueros para los que no había “perdón de Dios”, como se decía; callar ante humillaciones de alcoba, tragar carros y carretas del parque móvil familiar. Perdonarlo todo, así en general y sin especificar demasiado, porque eso era lo que se esperaba de mí.

A mis padres por el maltrato –físico y del otro- recibido y la ausencia de cariño que fueron enseña de muchos años de la convivencia (en realidad de todos, hasta que me invitaron a marcharme de casa); a mis empleadores por abusar descaradamente de mis conocimientos y aptitudes pagándome menos que a mis compañeros varones por realizar el mismo trabajo; a mi primer marido y a mi segundo marido por faltarme al respeto con descaro manifiesto por aquello de que ellos “sí podían” y yo “no debía”.

Aprendí tan bien el “arte de perdonar” que ahora mismo, a mi provecta edad, ya no hace falta que nadie venga a pedirme perdón por nada porque ya sé perdonar de antemano, sin necesidad de que se me pongan de rodillas con lloriqueos de reptil.

Quizás “perdonar” signifique lo que dicen que era en su origen: “per” “donar”, es decir, dejar de dar a alguien lo que le correspondía por derecho o por ley. Quitar un castigo, evidentemente, borrar una multa, eximir de una culpa. Renunciar a un derecho, en resumidas cuentas.

Así que me temo que ya ando sobrada de sabiduría para “perdonar” de esta manera; y si se me olvida ya vendrá alguien raudo y veloz a recordarme que tengo que tener –como siempre- la manga muy ancha para no tener en cuenta lo que me pueda parecer que me ofende.

Total, que cuando alguien “me pide perdón” me da la risa. Como si fuera algo que yo tuviera y al otro le falta…

Felices los felices.

LaAlquimista

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com

 

El virus como lotería

 

El virus como lotería

6

He comprado ya la Lotería de Navidad, antes de que se me cruce el cable y concluya, como todos los años, que es dinero arrojado a la hoguera de las ilusiones. Pero como siempre pienso –con acertado sentido común- que “a alguien le tiene que tocar” ahí he dejado unos cuantos euros para compartir con mis hijas.

Efectivamente, “a alguien le tiene que tocar” contagiarse de la Covid-19 en una lotería que funciona de manera aleatoria además de seguir rigurosamente la Ley de Causa y efecto que se nutre tanto de las casualidades como de las causalidades. Ahí está la madre del cordero, que la lógica no funciona tanto como la Ley de Murphy.

Esta lotería no queremos que nos toque, eso seguro, no hay nadie tan torpe ni tan estúpido, entonces… ¿por qué compramos los décimos, por qué “jugamos” si el premio es la enfermedad e incluso la muerte…?

Me niego a hacer oídos sordos a esas noticias de gente “fuerte y sana” que se ha contagiado, que está gravísima e incluso que ha fallecido. Aparte de pensar en el dolor que han padecido y en el sufrimiento que queda para siempre en sus allegados, no puedo evitar mi pequeña reflexión sobre la  fuerza de este virus que no distingue entre jóvenes y mayores, ni entre sanos y enfermos, ricos y pobres ni mucho menos entre inteligentes e imbéciles.

Porque ahí estamos todos, expuestos a que se nos cuele por cualquier rendija de la vida cotidiana un virus que es el enemigo total y absoluto de toda la humanidad en estos momentos. Si fuera un gas letal que flotara en el ambiente… ¿acaso no cerraríamos puertas y ventanas? ¿Acaso no nos protegeríamos a nosotros mismos y a los nuestros de la manera más estricta y efectiva posible?

Vuelvo a retomar el hilo de mi reflexión pensando en la pareja de un familiar directo que está luchando por su vida en la UCI, mientras cruzamos los dedos o rezamos -cada uno a su manera- para que consiga salir de ésta. Pienso también en la hermana de una querida amiga que sigue padeciendo las consecuencias de haber pasado la Covid-19, curiosamente, sin haber contagiado a nadie de su familia directa. Y pienso en los amigos que están encerrados en casa, ella en una habitación y él en otra, cuidando el que está “limpio” al que se contagió, sin saber cómo ocurrió ni por qué tuvieron la mala suerte de que les tocara a ellos que siempre iban con mascarilla y no se reunían más que con la propia familia.

A mí no me ha tocado (toca madera) ni a mis seres queridos; pero somos muy conscientes, MUY CONSCIENTES, de que esto es una lotería perversa en la que te puede tocar incluso aunque no hayas pagado por una participación. Ya ni te cuento si te la has jugado consciente… o estúpidamente.

Lo veo cada día en las terrazas de la ciudad, la alegría y despreocupación de quienes se toman sus aperitivos, sus rondas de siempre, sin distancia de seguridad (pensarán que forman parte de una “burbuja de amigos” inmunes), con las mascarillas de adorno. Pienso que seguirán haciéndolo hasta que cierren los bares, esos templos intocables, hasta que nos confinen de nuevo en nuestros domicilios…o hasta que  alguno de la cuadrilla se ponga a morir en el Hospital.

¡Qué jolgorio ayer en el barrio con cada golazo de la Real! ¡Saca otro patxarán! ¡Qué arriesgados somos! ¡Qué absurda inconsciencia la de jugar a la lotería de la Covid-19! ¡Qué soberbios en la creencia de que somos inmortales! Y sobre todo… ¡qué ejemplo para nuestra juventud si somos los propios adultos mayores los que aparcamos la prudencia durante unas horas por no hacer el mínimo sacrificio solidario que nos está exigiendo la terrible realidad!.

Así que, como cada día que pasa entiendo menos  ciertas actitudes individuales me centro en las mías, en las que atañen a mi persona y de rebote a la comunidad en la que habito. Me cuesta muchísimo y además me afecta emocionalmente no relacionarme con mis amistades como antes, pero las circunstancias requieren una profunda reflexión y una toma de conciencia inapelable. No me apetece jugar a más lotería que a la de Navidad…

Felices los felices.

LaAlquimista

También puedes seguir la página de Facebook:

https://www.facebook.com/apartirdelos50/

Por si alguien desea contactar:

apartirdeloscincuenta@gmail.com