martes, 5 de mayo de 2015

Más barato


 

Con el paso de los años una va agarrándose a pequeñas muletillas para la supervivencia mental y espiritual. Son mínimos “cuentos chinos” que me voy contando para reafirmarme en la inestabilidad que conforma la aventura de vivir. Ahora le llaman resiliencia, pero en mi quinta le llamábamos capacidad de adaptación a secas.

Ocurre muchas veces que los planes se nos desbaratan, que un proyecto no llega a buen fin, que hay ilusiones que se desvanecen antes de ver la luz. Bueno, pues a falta de otra compensación primera, me digo a mí misma: “esto no ha podido ser, pues ¡más barato!”

Sí, ya sé que es triste consuelo, pero consuelo al fin y al cabo, eso de darle un toque “material” a una desilusión, a lo que pudo haber sido y no fue… y pongo mis ejemplos.

¿Que se anula una cita para salir a comer? Pues…más barato.

¿Que no me invitan a un boda a la que creía me iban a invitar? Pues…más barato.

¿Que el planeado fin de semana cultural se viene abajo? Pues… más barato.

¿Que me quedo sin plan para el sábado por la noche? Pues… más barato.

Es bastante difícil aprender a no considerar como rechazo personal las circunstancias que sacuden negativamente nuestro devenir. Convencerse racionalmente de que, cuando algo ocurre, es porque tiene que ocurrir por la necesidad de otras personas y no porque sea un hecho dirigido a agredir nuestra autoestima o nuestra estabilidad emocional.

Aceptar las cosas (poco agradables) no suele tener demasiadas compensaciones, excepto si le dedicamos una reflexión profunda con empeño de alumno aplicado. Pero no siempre es así, y no tiene por qué ser así, bastante hacemos con sobrevivir con una sonrisa (o media) en la cara.

Cuando se me tuercen las cosas, cuando no salen como estaba todo previsto, tengo que consolarme de alguna manera diferente de enrabietarme o compadecerme de mí misma. Entre el cabreo o la tristeza elijo lo pragmático.

Y así, lo que consumo en desilusión, lo ahorro en dinero.

Seguramente es una tontería, pero a mí me sirve.

En fin.

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sábado, 2 de mayo de 2015

¿Cómo se hace para vivir sin amor?



 


“La carne se conforma con poco, pero el corazón es insaciable” Iréne Némirovsky

Ahora debería especificar que la del título, es una pregunta retórica, pero sé que no sería del todo sincera, así que vamos a por uvas que cualquier excusa es buena para poner las cosas (y los sentimientos) en su sitio.

Mi cuerpo es agua y mi espíritu amor. Mi mente ideas con luces y sombras y pensamientos que vuelan con el viento. Todo este conjunto se sostiene con la estructura ósea y las ilusiones. Sujeto por la piel y decorado con más o menos gusto y acierto. Pero mi cuerpo es agua y mi espíritu amor. Sé que mi esencia más íntima está compuesta de ese sentimiento que tanto nos cuesta definir,
-porque definir es limitar y tontería al fin y al cabo- y que se me torna inefable la mayoría de las veces que lo siento, cuando late en mi corazón y me marca el paso de los instantes en que me rehúye.

¿Cómo se hace para vivir sin amor? Y digo más: ¿cómo se hace para vivir sin el amor de un alma gemela? Pues muy sencillo: conformándose y con el consuelo de que muchos son los llamados y pocos los que escuchan la llamada.

¿Qué hilos invisibles hacen que unas personas conozcan a quien será su amor grande en la vida mientras que otras personas no coinciden con él? ¿Por qué en similares condiciones y circunstancias tú has encontrado el amor y yo no me lo he tropezado?

Aquí entraría el torrente de toda una serie de filosofía explicando que bla bla bla y otros dirán que ya basta con el amor que tenemos en nuestro interior, el amor a la familia, a los hijos, a los amigos, a la naturaleza, el amor a lo divino incluso… y todo aquel que recorra la vida de la mano de otro ser se encogerá de hombros mirando al que camina en solitario, pensando que algo habrá hecho mal el otro para tener que seguir cocinando sólo para uno…

¿Por qué si tenemos la posibilidad de trabar conocimiento con muchísimas personas, no aparece ÉSA en concreto que es con la que estábamos soñando? ¿Es un azar? ¿Es el destino? ¿Es la nada que llama a la nada? ¿No somos suficientemente buenos, suficientemente hermosos, suficientemente simpáticos o inteligentes?

Me he pasado la vida manifestando que “yo no sé vivir sin amor” y para demostrarlo, me he embarcado en unas cuantas “historias de amor” que, a la vista está, acabaron siendo una mezcla de tragicomedia y camarote de los hermanos Marx.

Ahora viene el discurso de las personas que viven felizmente en soledad sin sentir que les falta nada (ni nadie); ahora vienen los consuelos intelectuales de quienes prefieren no tener que cargar con lastres ajenos, y también el discurso compasivo –o casi- de quienes siguen con su pareja de toda la vida aunque estén llenos de cicatrices.

¿Es que hemos puesto el listón tan alto que ya nadie quiere jugar a saltarlo? (En mi caso, se me cuelan por debajo, que conste). ¿Es que nos hemos convertido en seres tan fríos por dentro que nos conformamos con el calor que dan las plumas de ganso nórdico? (Y no pocos, no tienen más que lo sintético).

¿Cómo se puede vivir esta vida sin el amor de la mano?  Las personas jóvenes me entienden y comprenden; ellos “saben” que el amor va a llamar a su puerta –si es que no ha llamado ya- y se visten de sueños compartidos y de quimeras ilusionadas, y también de alguna realidad confortadora.

Hemos crecido en una cultura en la que no se propicia la soledad del individuo, en la que –muchas veces a cualquier precio- se propugna la compañía aunque no sea del todo grata, aunque haya refranes que lo desmientan, como el “más vale solo que mal acompañado”. Y ahí nos duele a todos los que no hemos querido estar “mal acompañados” ahora andamos casi convencidos de que estamos bien así, de que no necesitamos a nadie al lado, de que podemos vivir sin amor finalmente.

Y eso es una falacia. Y espero que el tiempo me dé, no la razón, sino una buena ración de amor romántico antes de que sea demasiado tarde.

En fin.

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miércoles, 29 de abril de 2015

¿Qué demonios es eso de "feminazi"?



Conozco a un hombre que las ha pasado canutas en su separación matrimonial. Con dos hijos de por medio, parece ser que ha tenido que batallar como un condenado en todos los frentes para conseguir hacer valer sus derechos como padre separado. Él siempre habla de las “feminazis”, aludiendo a una “ideología imperante” y yo me revuelvo ante el vocablo puesto que me parece asquerosamente peyorativo si es que intenta incluir en su contexto también a la mujer normal y corriente.

Así que me pongo a investigar un poco y encuentro que el vocablo es la mezcla de “feminista” y “nazi”, obviamente. Es decir, una forma de etiquetar a aquella mujer que tiene un comportamiento extremo y radical tanto en sus tesis feministas como en sus tesis nazis.

Aquí ya encuentro la tontería patente: el nazismo persiguió y condenó el feminismo alemán de una forma atroz, encarcelando a sus mayores defensoras. (Ver la historia, leer la historia). Hitler decretó que el aborto era un “crimen contra el estado” chocando frontalmente con las tesis feministas. La verdad es que no quiero extenderme más dando referencias que cualquiera puede encontrar en Internet (tan sólo hace falta saber inglés o alemán puesto que el tema no está abundantemente traducido a nuestro idioma).

El caso es que es muy fácil inventarse nuevas palabras y lanzarlas a los cuatro vientos como si fueran confetis. El “inventor” de la palabreja fue un locutor de radio llamado Rush Limbaugh quien, en 1990 lo utilizó para definir a las “feministas militantes extremas”. Es una palabra detonante; detonante porque nos explota en la cara a las mujeres que no somos ni feministas ni nazis (faltaría más) y que está siendo utilizada en abundancia –por colectivos masculinos mayormente- para etiquetar a aquellas mujeres que, en contenciosos de separación o divorcio con hijos de por medio, utilizan argumentos extremos, denuncias falsas, maltrato psicológico e incluso físico contra el hombre con el fin de obtener mejores condiciones económicas o quedarse con la custodia de los hijos en detrimento del padre, dando carta de naturaleza a toda una “ideología feminazi” alrededor de este comportamiento.

Es un término despectivo, criminalizante incluso, que me chirría cada vez que lo escucho o lo leo por ahí. También dicen –quienes lo utilizan- que esas “feminazis” son las responsables de miles de suicidios de hombre –esposos o padres- desesperados por haber sido arrojados a la calle o privados de sus hijos en un contencioso de divorcio o separación. Me envían información de que son MILES los hombres que han puesto fin a su vida: …” denuncias falsas, el síndrome de alienación parental, la exclusión social y el despilfarro de dinero publico magnificando unos datos orwellianos cada vez que hay una victima femenina. Datos del pensamiento único y lo políticamente correcto, pero mas falsos que Judas. Estamos en un mundo de ideología FEMINAZI donde 8.000 suicidios de hombres en exclusión social por procesos de divorcio no valen lo mismo que 43 victimas de violencia de género.”

¿Es esto cierto? ¿Se nos están ocultando las cifras de los hombres que se suicidan inducidos –de alguna manera- por estas “feminazis”?

¿Es la sociedad actual “feminazi”, favorecedora de la mujer en detrimento del hombre en situaciones de injusticia legal? ¿Puede la injusticia ser legal si la Ley es injusta?

La eterna pelea entre el hombre y la mujer –enfrentados a la debacle matrimonial- y donde jueces, leyes y costumbres hacen que haya víctimas y verdugos con posiciones muy difíciles de esclarecer y definir.

En este tema –como en tantos otros- cada uno contará la feria según le va en ella y este amigo mío –a quien valoro y respeto y ofrezco mi cariño- le ha tocado sufrir de una manera injusta y kafkiana. También a mí, en mis procesos de divorcio (año 1984 y año 1995) se me aplicó la Ley que estaba vigente en su día, lo que supuso menoscabo de mis derechos e intereses con respecto a la parte contraria –el hombre- que se llevó la parte del león porque así lo permitía la “interpretación” de la legislación en su momento. Las “triquiñuelas legales” siempre han estado ahí, de hecho, el conocimiento exhaustivo de la jurisprudencia –e incluso sentar una nueva- es lo que hace a los abogados que, en un momento dado, puedan llegar a ser “pequeños dioses” para decidir sobre el destino humano.

Los tiempos cambian, el ser humano evoluciona al ritmo de sus Leyes - o quizás sean más correcto decir que son las Leyes las que evolucionan al compás del ser humano- y en cualquier caso nunca estaremos todos conformes porque siempre habrá damnificados y víctimas. Eso por no hablar de los hijos que quedan en la mitad del campo de batalla.

Lo que importa para mí, y léase aquí, mi más profundo rechazo y firme protesta al uso y aceptación de la palabra “feminazi”. Me parece deleznable y terriblemente injusta. Porque ya puestos, lo mismo a alguien con mala intención se le ocurre inventar una palabra “portmanteau” con los vocablos “masculino” y “fascista” y acabamos de liarla.

En fin.

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martes, 28 de abril de 2015

La autoestima y los implantes mamarios

 

Salo hace un tiempo a los medios el escándalo del fabricante francés P.I.P. que vendía implantes de silicona de baja calidad a bajo precio con posibilidades más que certeras de “autodestruirse” y arrastrar consigo la salud de la paciente que las lleve en su seno. (Me ha salido la ironía sin querer, lo juro). El ministerio de la Salud francés se ofreció a retirar las prótesis de esta marca y sustituirlas por otras no dañinas corriendo los gastos de hospitalización y nueva reconstrucción mamaria a cargo de las arcas del Estado. Como tiene que ser, faltaría más. El Estado es el último Responsable de lo que autoriza, de aquello para lo que da licencias, de todo por lo que cobra impuestos; que sea capaz o no de gestionarlo bien, controlarlo y regularlo es obligación suya, que para eso están los Ministerios y sus Ministros.
 
Hasta aquí vamos bien. Una noticia más con su morbo añadido y su polémica servida. Y al leerla, muy poca gente cae en la cuenta de que estamos hablando de miles y miles de mujeres que han tenido que implantar en su cuerpo un asqueroso trozo de silicona en forma de prótesis mamaria porque han padecido un CANCER de seno que a ello les ha obligado. Que parece que hablamos de modelos, actrices, faranduleras y culibobas en general que se hacen una “escultura pectoral” a medida porque forma parte de su trabajo y no les queda otro remedio. Que tampoco hablamos de esos miles de mujeres normales y corrientes que sufren complejos por tener los pechos pequeños y a las que la sociedad (en forma de un compañero intransigente y nada respetuoso) les empuja a “abrirse el pecho” –literalmente- para poder equilibrar su autoestima y dar gusto –visual y táctil- a los demás y sentirse mejor, más felices y más seguras ante la vida.

Porque no todas las mujeres que llevan un implante mamario lo llevan “por necesidades del guión”, es decir, como consecuencia de una horrible y traumática mastectomía que socava, sin lugar a dudas, cualquier moral, cualquier autoestima, cualquier gana por vivir que pueda quedar después de ello. Son muchas más las mujeres que han recurrido voluntariamente a la cirugía para “verse más guapas” que las que han arrastrado su cuerpo por mesas de operaciones intentando salvar la vida, sencillamente. Y no me parece justo. No me parece justo que la sociedad eleve a la categoría de culto los pechos de las mujeres, instándolas –subliminal o directamente- a creerse “menos” o “más” en función de la talla del sujetador.

Reían algunos (y algunas) en mis años adolescentes con chistes del tipo “campeona de natación: nada por delante, nada por detrás”. Se hicieron habituales –entre adolescentes estúpidos que luego serían adultos estúpidos también- las frases “más vale tener que desear” y “más lisa que una tabla de planchar” y las altas y delgadas no teníamos con qué competir frente a las bajitas y rechonchas como no fuera una natural inteligencia, una desbordante simpatía y nos quedábamos en la lapidaria frase de: “la suerte de la fea la guapa la desea”, entendiéndose por “fea” la que tenía las tetas más pequeñas, faltaría más.


Pero de aquellos polvos –no literales- vinieron estos lodos y ahora resulta que se habla de las prótesis mamarias como si fueran zapatos para no ir descalzas, como si aquellas mujeres que no fueron capaces –que no lo son todavía- de mantener su autoestima al nivel del mar, creyendo que serían mejor aceptadas por el hombre, por el espejo, por la sociedad y por ellas mismas si tenían una talla 110, fueran a pasar por la vida “de rositas” frente a todas aquellas que han sufrido una amputación traumática y la prótesis forma parte del mínimo paliativo necesario para volver a recuperar la sonrisa.

Porque el escándalo no viene únicamente del abuso y negocio del fabricante P.I.P. vendiendo porquería a cuatro euros (o cuatrocientos) sino que lo que se cuestiona es si la Seguridad Social tiene que correr con los gastos de arreglar el entuerto en las mujeres afectadas. Pues faltaría más, pues claro que sí, incluso para las que pasaron por el quirófano por cuestión puramente estética, que de estos desaguisados –y de muchos otros- somos responsables civiles subsidiarios todos sin excepción. Por la parte que nos toca o nos pueda tocar en el futuro. Y al que le vuelva oir lo de “ante la duda, la más tetuda” me lo como crudo por imbécil y desconsiderado.

En fin.

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domingo, 26 de abril de 2015

Se me cae la cama encima

 

No, el título no es una errata digital –de mis dedos-, no, no he tecleado la “m” en vez de la “s”, es la cama la que me pesa desde el canapé hasta el relleno nórdico, pasando por los sueños que habitan debajo de la almohada y los reflejos de la bombilla que me provee de luz para leer. Llevo ya un mes entero durmiendo en la misma cama y me ha surgido la inquietud al filo del amanecer, propiciada quizás por una granizada violenta que nos ha sobresaltado –a Elur y a mí- cada uno a un lado de la puerta. Él queriendo entrar y yo queriendo salir…

Me vuelve el espíritu nómada a susurrar al oído y me alienta las ganas de respirar otro aire; soy fuerza dentro de mi piel, energía desde la punta del último cabello, ilusión que vuela desde el corazón hasta las manos que teclean, acarician, cocinan con amor. Llevo treinta días esperando a que se abra la última orquídea de mi cumpleaños, treinta días enteros retando a la vida cada mañana cuando ha hecho falta –durante la enfermedad y convalecencia de mi perro Elur-, treinta noches y dos lunas llenas que pesan como las piedras.

A pesar del tiempo inestable de la primavera tengo ganas de ponerme al volante de mi coche rojo y partir a darme una vuelta por la vida que bulle al otro lado de mi ventana, fuera de estas paredes acogedoras que me protegen del desatino circundante. Desatino, bonita palabra que significa “locura, despropósito o error” y a la que algunas personas que todavía están en mi órbita dan carta de naturaleza con sus acciones. ¿Qué tendrá que ver conmigo todo lo que cuentan, lo que callan y lo que hablan, lo que inventan y lo que maquinan?

Casi todos estamos “atados” por cuerdas invisibles –pero resistentes al paso de los años- a afectos espurios que no han podido superar la famosa “prueba del algodón”, esas relaciones que presentan una superficie pulida y brillante, pero tras las que se ocultan las asperezas del rencor y la inquina. ¿Qué otra cosa podemos hacer –como me decía mi buen terapeuta- sino alejarnos de ellas lo máximo posible?

Ah… ¿no he contado nunca en este blog que estuve acudiendo a terapia durante casi un año en un tiempo lejano a este tiempo presente? Bueno, pues lo digo ahora. Si cuando el coche hace ruidos lo llevamos al taller, cuando la mente emite pitidos y chirridos también hay que hacerle una revisión de urgencia antes de que la solución tenga que estar en manos de neurólogos o psiquiatras. Un buen psicólogo es una joya; uno malo te puede llevar a la ruina (emocional y económica).

Me voy de la ciudad amada a la naturaleza más amada todavía. Me voy adonde no llega la envidia ni la rabia. Como una huida inteligente y necesaria para librarme del tsunami emocional que se avecina. Aquí dejo, protegidas en su capullo inviolable, a las personas que no me quieren bien. Hay que saber renunciar incluso a ciertos afectos que creíamos para siempre… o alejarnos de ellos como medida prudencial en evitación de males mayores que, por desgracia y casi siempre, va a sufrir quien esté ahí en medio del campo de batalla.

Maravillosa libertad que me permite desaparecer del mapa durante los días que necesito para reforzar mis tesis, airear mi mente y dejar que mi espíritu fluya sin opresiones ni ningún tipo de –predecible- chantaje emocional.

Seguramente que mis palabras resonarán en algunas personas como algo conocido, un déjà vu que es tan común al ser humano, pero creo que hay que ser valiente y decirlo claramente: “me voy porque lo necesito, me voy porque busco aire limpio y gestos amables, me voy porque adonde me llevan mis pasos me espera el cariño sincero de quienes forman parte de mi vida afectiva.”

Ya siento abandonar el “campo de batalla”; pero la primera sorprendida en no querer seguir participando en ninguna lucha soy yo. Será que los años me están dando la posibilidad de contemplar la vida de una manera más “pacífica” o de demostrarme que no vale la pena ninguna guerra, que las victorias pírricas duelen casi tanto como un jaque mate emocional. Antes enrocaba mi rey y dejaba la partida en tablas; mucho antes me despellejaba el alma buscando el triunfo. Entre aquel tiempo en el que no sabía nada y éste de ahora en que sé menos todavía hay una importante diferencia: ya no me siento a jugar.

Felices vacaciones para quienes las disfruten en lugares hermosos; felices días también para quienes permanezcan con sus seres queridos. Lo importante no es el dónde, sino el con quién… Ah, y este post NO es para que me deseéis feliz viaje sino para que cada quien se plantee el suyo…por si le hace falta.

En fin.

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martes, 21 de abril de 2015

Avaros, tacaños y rácanos




Siempre me he preguntado dónde reside el impulso que a una persona le hace ser generosa y a otra le impide serlo absolutamente. Se podrá decir que es algo educacional, que quien lo ha mamado lo reproduce, pero también hay muchísimos casos en los que el ejemplo recibido no tiene nada que ver con la disposición natural a disfrutar de los bienes o enterrarlos bajo tierra.

Hay quien sufre gastando y eso está más allá de cualquier entendimiento; el avaro lo es por naturaleza y poco más hay que añadir. Allá él y sus miserias que también encuentran su disfrute a la luz de una vela en un cuarto oscuro contando monedas roñosas.



Luego están los tacaños en general; esa especie que mira el céntimo –o el chocolate del loro- a la hora de hacer cualquier gasto, pero que no son personas con economías escasas, sino normales e incluso holgadas. (Ser pobre y tacaño ya tiene que ser la repera). Siempre compran lo más barato, aunque para ello tengan que gastar en gasolina yendo al quinto pino a por la oferta del mes; lo más barato que no siempre es lo mejor, pero con lo que consiguen un disfrute que quieren compartirnos con una especie de “superioridad”, como diciendo, “mira qué listo soy yo y que tonto eres tú que no sabes comprar bien y barato”. Es esa gente que decide para los restos que la merluza congelada es igual o mejor que la merluza fresca, que el vino del año (de cualquier año) está igual de bueno que los crianzas DO, que se pasa igual de bien en el pueblo “de gratis” que en un crucero o que –esto es lo peor- que las flores de tela hacen el mismo efecto que las naturales.

No se te ocurra llamarles tacaños, hasta ahí podríamos llegar, cuando les ves pedir una pizza para dos y agua del grifo o llevar a la oficina un bizcocho de polvos hecho en casa para celebrar el cumpleaños. Ni cuando te invitan a la barbacoa en su jardín y siempre toca cerdo a cambio de las chuletas que tú pusiste la última vez o llegan las navidades y traen regalos en paquetes caseros con objetos que vete a saber tú de dónde han sacado, pero de una tienda, no, desde luego.



Pero los que rizan el rizo son los rácanos (también llamados ratas). Son esos a los que se les queda enganchada la mano en el bolsillo cuando les toca pagar la ronda –si no se han marchado antes con prisas -; los que nunca te invitan a cenar a su casa aunque de buen grado vayan a la tuya pero con las manos vacías y una disculpa de “no sabía qué traer”. Los que hacen sopa de pescado con cualquier tipo de sobras, los que guardan los papeles de regalo por si los pueden volver a usar, los que rellenan la botella de Chivas que les regalaron una vez con güisqui del barato del que viene en la cesta de la empresa (cuando había cestas de empresa); quienes tienen el frigorífico lleno de restos de comida que comerán haciendo de tripas corazón “porque aquí no se tira nada”. (Este papel casi siempre reservado a la madre de familia)

¿Me olvido de alguien? Ah, sí, de los que nunca llevan a sus hijos al cine, ni a merendar por ahí, ni les compran un huevokinder, porque antes no han invitado a su pareja a un baile, a un restaurante, ni le han regalado jamás flores o una colonia con olor a tabaco. Los que compran toallas nuevas (de oferta) y las guardan sin estrenar en el armario, los que cogen un mueble “en perfecto estado” de las basuras y lo enseñan a las visitas, (a las que nunca ofrecen nada), los que tienen un trastero o un garaje lleno de restos de mil naufragios (por si acaso) y que no tiran ni los aparatos que han dejado de funcionar.

De la gente generosa no hace falta hablar; ellos brillan con luz propia.

En fin.


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domingo, 19 de abril de 2015

Nunca es tarde para cambiar


 
 
Nunca es tarde para cambiar; ni siquiera aunque estemos convencidos de que es inútil intentarlo.

 !Qué bien nos han domesticado y cómo lo hemos aceptado! Desde nuestra más tierna infancia, padres, maestros y educadores nos han ido mostrando el camino con sus piedras, cada una de ellas con el letrerito correspondiente a: pecado, prohibido, culpa, malo. Y un árbol con frutos difíciles de alcanzar: esfuerzo, deber, obligación, bondad. Entre ellos, la barrera infranqueable  e ineludible del premio y el castigo. Un planteamiento simplista pero altamente efectivo, prueba de ello es que empezó a funcionar bien hace más de dos mil años y todavía siguen publicándose las mismas ediciones de ese libro del “bien y del mal” con el que nos enseñaron a comportarnos como “ellos” consideraban correcto.

Des-aprender lecciones profundamente enraizadas en el fondo de nuestro cerebro no es tarea fácil; un arduo trabajo para el que haría falta más de un hierro candente y más de dos amenazas de excomunión. Tan difícil es que pocos valientes se atreven a emprender la hazaña y de esa manera, el orden estatuido sigue en vigor y quienes mueven los hilos pueden dormir tranquilos sin lanzar soflamas que a ellos también les desgasta, por aquello de gastar energía en promover falacias  sabiendo en lo más profundo lo que son: puras mentiras enmascaradas.

 El juego de la domesticación del hombre adquiere su punto más álgido y retorcido cuando es el propio hombre el que ya es capaz por sí mismo, sin ayuda de nadie, de auto-domesticarse con éxito notorio. Se alcanza esta plenitud hacia el sexto mes de embarazo o cuando se paga el primer plazo de la segunda vivienda –o el segundo de la primera; no falla. A partir de ahí, todo va rodado, el ser humano ya no necesita de admoniciones ni de maestros que le marquen o recuerden el camino hacia la total y absoluta falta de libertad interior. De hecho, le importa bien poco o casi nada.

 Afortunadamente, en toda historia que se precie existen disidentes que cuestionan y se rebelan frente al orden establecido y como ya no hay hogueras reales donde consumir -o consumar-  la protesta, se va perdiendo (bien es verdad que muy poco a poco) el miedo atávico a separarse del rebaño, “dar la nota” o, simplemente, “cambiar”.

 Cambiar lo que nos aprieta el alma y nos impide respirar aunque sea con dolor. Cambiar de ideas, de principios (o de finales), de opinión o de forma de ver las cosas. Cambiar de país, porque la patria se lleva dentro, de trabajo, porque el dinero huele igual en todas partes, de amante, porque hay amores que matan y aquí hemos venido a vivir.

Cambiar de amigos, cambiar de aspecto, cambiar de dieta, cambiar de familia o de credo, cambiar la playa por la montaña, lo negro por lo verde, los gritos por el silencio, el sentimiento trágico de la vida por una risueña y no tan quimérica intención de cambiar.

 Porque nunca es tarde para cambiar; ni siquiera aunque estemos convencidos de que es inútil intentarlo.

 En fin.

 LaAlquimista

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