Ya sabía que no me iba a aburrir
de la rutina cotidiana mañanera de: paseo kilométrico por la orilla del mar con
baño incluido. Unos días el agua está “epela” (tibia tirando a calentorra) y
otros de un fresco que te eriza la piel. Unos días el baño es vigoroso y otros
muy lánguido, como flotando en el espacio ingrávido. Pienso mientras paseo,
reflexiono en el agua; vamos, que son mis dos horas diarias de “meditación”
que, como bien dice mi respetado Pablo d’Ors, lo puede hacer cualquiera siempre
que tenga disciplina. Y en esas estoy; madrugando en plenas vacaciones para
sentirme satisfecha de mí misma, que ya aseguro yo que a veces cuesta saltar de
la cama en medio del silencio que parece que ni han puesto las calles todavía.
La rubia sigue disciplinas diferentes, más duras pero menos estrictas, cuestión
de juventud que ella tiene y yo tuve y no retuve, pero en fin, bien está así
que cuando vuelvo de mis “abluciones matutinas” podemos compartir el rato del
desayuno, el mío tirando a tradicional del siglo pasado, el suyo completamente
verde, sano y muy cool. (A la moda de lo que se lleva ahora desayunar entre el
personal nacido en los 90) La playa se la come a bocados mientras yo
intelectualizo lo que puedo en la terraza; la comida, a medias y el fregoteo
para ella… Nos llevamos bien. Todo un lujo para lo que se ve en estos tiempos
en los que las madres hemos madurado más deprisa que nuestros hijos corriendo
el riesgo de “apocharnos” también con mucha rapidez. Estos días no toco los
pinceles porque me da “vergüenza” hacerlo delante de una profesional como ella.
Qué le vamos a hacer, siento que me va a corregir todos los fallos que cometo y
no me apetece invertir los papeles, jejeje ¡la madre soy yo, la que “sabe” soy
yo! Bromas aparte, me llevo bien con los cambios de ritmo. Hoy hemos celebrado
el encuentro anual con nuestros amigos catalanes de toda la vida: Laia y Rubén.
Comiendo, bebiendo y arreglando el mundo. En una terraza de una buena pizzería
con las mesas distanciadas, pero con mucha cercanía en el corazón. Es lo que
tiene el cariño, que se pelea con la prudencia, la razón y cualquier virus que
ande suelto por ahí. La tertulia con mojitos y luna roja impresionante, para
cuando nos damos cuenta son casi las dos de la mañana. Otro día completo,
sencillo y armonioso. Mañana ya veremos, lo que caiga bien estará. Felices los
felices. (Fotografía: luna roja desde el puerto)
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